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La encrucijada sobre la elección de centro

Jesús Asensi
Profesor de Religión
5 de octubre de 2022
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Toda persona tiene la posibilidad de mejorar en algún aspecto de su vida, sin olvidar que sus limitaciones son reales y palpables. De ahí la imposibilidad de que existan centros educativos perfectos, ideales y sin ningún tipo de tacha. Por eso, cuando una familia se decide a buscar un colegio para sus hijos ha de tener una serie de criterios claros, realistas y que se adecúen lo más posible al modo de vida que ya se respira en su casa.

Lo más lógico es que una familia cristiana, donde Dios está presente continuamente en su hogar, se fije en aquellos colegios donde también la presencia palpable de Dios se puede respirar en cada uno de sus rincones; y no sólo en su capilla u oratorio por un tiempo determinado.

Una vez puesta su mirada en esos centros educativos con ideario cristiano donde podrían matricular a sus hijos, las familias deberían dar un segundo paso: ver si la verdad de Dios que se vive en su casa, la única posible, coincide con la realidad que se percibe en el colegio. ¿Y cómo se puede saber esto? Pues muy sencillo: primero, teniendo a mano, y en el corazón, el Catecismo de la Iglesia Católica y segundo, abriendo los ojos y observando cómo se suelen comportar fuera del colegio sus docentes, discentes y padres, preguntando sin recato alguno en las jornadas de puertas abiertas o hablando con otras familias pertenecientes a esa comunidad educativa.

Acertar en la elección de un centro educativo para nuestros hijos, algunas veces no habrá otra que aceptar una opción impuesta por la normativa legal, no supone una garantía de éxito en el enriquecimiento personal de todos los miembros de la familia, pero sí que resultará de gran ayuda para poder poner empeño en lo importante y no desgastarse en correcciones fraternas de cara al colegio que, en muchas ocasiones, resultarán estériles. Por eso, si se diera el caso de que en un colegio de ideario cristiano se respirara una realidad distorsionada de Dios, mejor sería matricular a nuestros hijos en un colegio público, aunque la presencia de Dios se limite tan solo a la clase de Religión.

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