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La dichosa palabra

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Escribo este artículo todavía consternado por lo sucedido en el IES Elena García Armada de la localidad gaditana de Jerez de la Frontera y lo que voy a proponer, más próximo a la locura para algunos, no tardará en mudar en dramática verdad para los protagonistas. De lo poco que sabemos, apenas la noticia de una agresión en un centro escolar, lo cierto es que hay varios alumnos con heridas por apuñalamiento y unos docentes, igualmente víctimas de la ira de un adolescente fuera de sí, que muestran sobre sus cuerpos la consumación de la fiera, parafraseando el famoso poema de Miguel Hernández. Sin embargo, lo ahora evidente, la existencia de unas víctimas objetivas, en menos de lo que cabría esperar, llegará a difuminarse por la presión social y mediática.

Pensarán que flaquea la inteligencia de este modesto columnista, acaso entorpecida por la ocasional nubosidad mental. Pero, les aseguro que no es así. Uno de los problemas más arraigados en nuestra educación es la pérdida de la responsabilidad como horizonte moral, aunque, las cosas como son, este mal procede y anida en la propia sociedad. Una sociedad que rehúye el hecho mismo de que un chico, en el uso del libre albedrío, elija la peor de las decisiones y la emprenda a cuchillazos con el primero que encuentra. Es más, si el motivo que explica o justifica remotamente la agresión no existe, como todo parece indicar, se inventa. Antes adormecer las conciencias, antes oscurecer o negar el problema, que dar verosimilitud a la posibilidad de que el muchacho tomase la fatal resolución con pleno conocimiento.

Vivimos en una sociedad enferma de hipocresía, más que horrorizada con la sola idea de que un menor sea responsable de sus actos, especialmente los de índole criminal

Vivimos en una sociedad enferma de hipocresía, más que horrorizada con la sola idea de que un menor sea responsable de sus actos, especialmente los de índole criminal. Y, a partir de ahí, se elaboran leyes sin pies ni cabeza, mientras los políticos, que deberían atajar de raíz el problema, echan balones fuera. Y otro tanto ocurre con las instituciones que, ante la demanda de medidas urgentes, optan por lo fácil. Y lo más fácil es mirar al profesorado. De este modo, estos compañeros que han sufrido el escarnio de la violencia extrema, actuando con increíble profesionalidad en un momento agónico, serán la diana de muchas voces al considerarlos responsables últimos de la actitud del muchacho, o bien por negligencia manifiesta o bien por omisión del exigible celo en sus funciones. “¿No lo vieron?” o, tal vez, “¿no estaba entre sus deberes observar cualquier anomalía en el comportamiento del alumno?”. Ojalá me equivoque, y lo digo honestamente, pero la respuesta a las anteriores se conducirá por esta senda: de auténticos héroes, que contuvieron al presunto criminal poniendo sus vidas en riesgo, pasarán a una categoría muy distinta, la de los que no supieron hacer su trabajo. Y, la verdad sea dicha, no es justo.

En sus Ensayos, Montaigne señalaba que “los más valientes son muchas veces los más desafortunados” y me temo que estos profesionales, sobre todo, la profesora que casi pierde un ojo por la brutal agresión, experimentará el rigor de este pensamiento en menos de lo que canta un gallo. Y todo por evitar la dichosa palabra, la palabra que acusa a toda una sociedad, la responsabilidad.

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