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PISA y la pedagogía emocional

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Nuevo informe PISA y la noticia sigue siendo la misma de siempre, el fiasco educativo en la mayor parte de España y, en lo que afecta a Canarias, el panorama continúa definiéndose como desolador. Hemos sido muchos los que hemos hecho nuestra la lucha por desenmascarar las supuestas bondades de la pedagogía emocional, desde la temprana aparición del Panfleto antipedagógico de Ricardo Moreno Castillo, por nombrar a alguien que supuso un punto de inflexión en la denuncia de la realidad educativa nacional, hasta la actualidad.

En los años noventa, nos tildaban de retrógrados, docentes anclados en el pasado (“profesaurios” se llegó a decir de nosotros en la década siguiente) y, por lo tanto, un claro estorbo para el desarrollo de la urgente reforma pedagógica. Nos redujeron a una simple anécdota dentro del sistema pese a que, prueba tras prueba, diagnóstico tras diagnóstico, los resultados nos daban la razón. Aunque eso era lo de menos, la racionalidad de unos argumentos incontestables a la luz de los datos empíricos. Lo que realmente importaba era la política, el componente ideológico en la enseñanza. En este último informe PISA, la situación es tan evidente, escandalosa sería aún mejor, que ya nadie pone en duda que la educación española y, por extensión, la canaria vive un mal estructural.

Sin embargo, nada cambiará porque no hay intención de hacerlo. Por eso, es el momento de poner las cartas boca arriba. La pedagogía emocional, ese cambalache ideológico arbitrado para maquillar las cifras del fracaso escolar, ha saltado por los aires y, con él, la soberbia de unos iluminados que han terminado por llevar a generaciones de jóvenes españoles a la ignorancia bajo el falso pretexto de la búsqueda de la felicidad en el aula. Las estadísticas del informe internacional, así como las serias advertencias sobre el uso de los dispositivos electrónicos en la enseñanza, han señalado a los idólatras de las pantallas como urdidores de un mal que no ha dejado de crecer. Estos gurús de la moderna pedagogía, que han llegado a afirmar en mi presencia que los libros deberían desaparecer de las escuelas, son los que tendrían que responder ante la sociedad. Me figuro que no lo harán, como tampoco pedirán disculpas por el daño causado, entre otros, a tantos docentes que poníamos el grito en el cielo al eliminar el conocimiento como meta de la educación.

Lo voy a decir meridianamente claro, dejando a un lado la literatura, Canarias es una autonomía que tiene mucho talento entre su juventud, pero, desgraciadamente, al convenir en el facilismo y el aprobado general, de alguna manera se la condena a la mediocridad. Es la hora de ajustar cuentas con los falsos profetas de la pedagogía y los adoradores del becerro tecnológico. Sí, la hora de las dimisiones en cadena, aunque dudo que las haya, si no las ha habido en el pasado. En fin, ya va siendo hora de que algún chiripitifláutico dé la cara ante el bochorno educativo.

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