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¿Eres un padre o madre "quitanieves"? Estos son los riesgos de evitar las dificultades a los niños

A pesar de las buenas intenciones, sobreproteger a los hijos puede hacerlos miedosos y poco autosuficientes.
Miércoles, 24 de abril de 2024
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© ADOBE STOCK

Prepararle la mochila antes de irse a entrenar aunque sea ya un adolescente, evitar que resuelva sus conflictos con un compañero de clase interviniendo a la primera de cambio, hacer con él o ella sus deberes sin dejar que se equivoque… Son ejemplos de los progenitores «quitanieves», un término acuñado hace más de una década por el profesor David McCullough en su libro Tú no eres especial.

Hace referencia a los padres que intentan evitar hasta tal punto las frustraciones de los hijos que acaban allanándoles el camino de forma extrema, algo que tiene consecuencias. «El aprendizaje por ensayo y error es imprescindible. No podemos pretender que un niño crezca de forma saludable sin permitirle equivocarse, enfrentarse a retos, dificultades o situaciones que son más dolorosas para los padres que las observan que para el propio niño», explica Enric Soler, profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). «Sobreproteger equivale a inutilizar. Los padres ‘quitanieves’ son fábricas de niños inútiles», sostiene.

Enric Soler: "

Sobreproteger equivale a inutilizar. Los padres 'quitanieves' son fábricas de niños inútiles

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Para la psicopedagoga Sylvie Pérez, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, los padres o madres «quitanieves» son progenitores que quieren mucho, pero se comportan de forma excesivamente controladora. «En el padre sobreprotector en el fondo hay mucha necesidad de control permanente. Incluso en el colegio, con los amigos… Si algo va mal, hay que cambiar al profesor. Si no consigue hacer los deberes, es que los deberes están mal mandados. Y, si no juega todo lo que deseamos en un partido, el entrenador no vale nada», ejemplifica.

Los expertos encuentran varias explicaciones a que este tipo de parentalidad sea más frecuente en la actualidad. Pero la principal es que hoy abunda más «la ansiedad, que ya se ha convertido en el trastorno más generalizado de nuestra sociedad», afirma Soler. Añade que si los padres se liberan de la ansiedad de ver lo que ellos consideran un sufrimiento, aunque en realidad sea un aprendizaje, quizás puedan soportar mejor otros focos de ansiedad que provienen de distintas fuentes, como el trabajo, la instrumentalización del día a día cuando se tienen hijos, las subidas de los tipos de interés o cualquier otro elemento externo frente al cual el adulto no puede hacer gran cosa. «Es más fácil sobreproteger al niño que enfrentarse a retos propios de los adultos», señala.

Además, en opinión de Sylvie Pérez hoy en día hay más miedos que hacen que se tienda a la sobreprotección. «La sociedad actual se percibe como más insegura. Y aquella cuestión tribal o de pueblo, cuando todos cuidábamos un poco de todos y bajar a la calle no era un peligro, porque la vecina de enfrente o el señor de la tienda también echaban un ojo, ya no se da en la ciudad», describe.

Por último, además de la ansiedad o los miedos, muchos padres se encuentran con falta de tiempo. «Algunos padres estamos tan estresados y vivimos con tanta aceleración que a veces hacemos las cosas a nuestros hijos para ganar tiempo. Les solucionamos los problemas de cada edad porque no tenemos tiempo de que ellos lo hagan y lo hagan mal», mantiene la experta.

Consecuencias para los hijos

A pesar de las buenas intenciones, evitar a los hijos cualquier posible situación de dificultad o frustración supone un freno a su desarrollo. «Les infantiliza e impide de forma muy grave su desarrollo normativo, en cualquier aspecto. Da igual si es en la gestión de emociones desagradables como la frustración, en la creatividad o en la capacidad de resolución de problemas. Lo importante es que con toda la buena fe del mundo nos convertimos en su peor enemigo y frenamos su desarrollo», explica Enric Soler.

Concretamente, puede afectarles negativamente en estos aspectos:

  • Herencia de miedos. Como explica Sylvie Pérez, al percibir todo el entorno como amenazante se tiende a traspasar los miedos propios a los hijos. «Si tengo miedo de algo y hablo de ello como amenazante, mi hijo, para quien eso mismo podría ser algo neutro, acabará viéndolo seguramente como amenazante. Por ejemplo, dormir fuera de casa. Si a los padres les da miedo y lo manifiestan, el niño seguramente también tendrá el miedo de irse de campamento o a casa de un amigo», comenta la experta.
  • Inseguridad. Otra consecuencia de ser un progenitor «quitanieves» es que fomenta que los hijos se vuelvan inseguros. «Les han enseñado, aunque sea inconscientemente, que ellos solos no pueden hacer las cosas, necesitan siempre de alguien. Serán niños, jóvenes y adultos a los que les cueste tomar decisiones y tenderán a ir con otros niños más líderes», sostiene la psicopedagoga.
  • Dependencia. Igualmente, les costará más afrontar problemas, ya que al ser dependientes precisan de que otro les ayude a solucionar los problemas. «Lo ideal sería que nosotros primero solucionáramos un problema, pero luego, cuando crecen, les enseñáramos cómo pueden solucionar ellos ese problema. Y, a medida que se van haciendo más mayores, deberíamos enseñarles a pensar en cómo solucionar las dificultades», señala la profesora de la UOC.
  • Intolerancia a la frustración. La incapacidad para lidiar con la frustración es otro riesgo que corren los hijos de padres y madres «quitanieves»; una frustración que, en opinión de los expertos, es beneficioso experimentar de vez en cuando para poder aprender. «Los niños tienen derecho a frustrarse«, afirma Sylvie Pérez. «Si evitamos constantemente que hagan las cosas y les salgan mal porque no les hemos ayudado, no serán autosuficientes. Necesitan equivocarse para ser autosuficientes. Tienen derecho a pasar por una frustración para experimentarla y poder aprender de ella», recuerda la profesora de la UOC, que también añade que, aunque la sociedad invite a no equivocarse y esté orientada a resultados, lo ideal no es centrarse en los resultados, sino en el proceso. «Como no valoramos los procesos, no dejamos que se equivoquen. Pero tienen derecho a ello, es una forma de aprender», concluye.

No solo los hijos sufren las consecuencias de la parentalidad sobreprotectora. También hay consecuencias para los adultos. Como explica Enric Soler, «si se lleva al extremo el mito de la paternidad perfecta, muy bien ilustrado en la serie Esto no es Suecia, aparte de generar una ansiedad insoportable, hace que haya padres que incluso se olviden de alimentar su relación de pareja».

El profesor colaborador de la UOC afirma que pocos padres son conscientes de que tienen dos relaciones simultáneas entre ellos: la conyugalidad y la parentalidad, además de una relación consigo mismos como seres humanos individuales. La aparición de un nuevo miembro de la familia requiere adaptaciones, pero en ningún caso poner en riesgo las relaciones que ya existían. «El peligro más frecuente es olvidar la conyugalidad en pro de la parentalidad entre ambos adultos, y poner toda la atención en la relación paternofilial que cada adulto tiene establecida con su hijo o hija. Este entramado de relaciones debe estar en un equilibrio armónico», comenta el experto.

Cómo actuar

Aunque haya una fuerte tendencia a sobreproteger a los hijos, algunos consejos pueden ayudar a combatirla. Según los expertos, se trata de intentar evitar los extremos entre excesiva permisividad y excesivo control, buscando el equilibrio:

  • Promover la autonomía. Promover que el niño tenga conciencia de la gestión del tiempo, recordando las primeras entregas de trabajos, o fechas de exámenes, puede ser beneficioso. Sin embargo, hacerlo durante toda su vida académica «implica dejar de ser padre para ser el secretario personal del hijo. De este modo, nunca aprenderá a gestionarse por sí mismo», recuerda el profesor colaborador de la UOC.
  • Enseñarles a gestionar problemas. También es lícito, según los expertos, verbalizar los miedos propios, pero siempre que se acompañe de formas de combatirlos. «No puedo únicamente trasladar el miedo; lo que puedo trasladar es la gestión de aquello que me da miedo. Es decir, si me da miedo la noche, es lícito decirlo, pero acompañado de lo que se puede hacer para combatirlo: encender una luz, poner música, ser consciente de que alguien está al lado…», explica Sylvie Pérez.
  • Darse tiempo para descansar como padres. Con frecuencia, los padres sobreprotectores están cansados, porque la sobreprotección genera un desgaste al intentar controlarlo todo. Por eso, otro consejo es intentar descansar de esa sobreprotección y ver qué pasa. «Si no puedo controlar el miedo que tengo a que mi hijo vuelva solo a casa, una opción es dejarle ir solo y quedarme en la esquina. Se trata de ir comprobando que nuestros hijos salen adelante y, si no lo hacen, ver en qué han fallado e intentar ayudar. Para enseñar a volar hay que darles alas», afirma la profesora de la UOC.
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