El regalo como estrategia compensatoria: qué hay detrás del llamado síndrome del niño hiperregalado

El consumo, la gratificación inmediata y la falta de límites influye directamente en el comportamiento de los niños y en su capacidad para gestionar la frustración, el deseo y las expectativas.
Alba BartoloméLunes, 26 de enero de 2026
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Reducir la cantidad de estímulos, espaciar las novedades y acompañar el juego favorece la creatividad y la regulación emocional. © ADOBE STOCK

En un contexto marcado por el consumo acelerado, la sobreestimulación constante y la dificultad de conciliación familiar, cada vez más profesionales de la psicología infantil alertan sobre el impacto emocional que estos factores pueden tener en la infancia. Los cambios bruscos de ritmo, la gratificación inmediata y la abundancia de estímulos materiales no solo influyen en el comportamiento de los niños, sino también en su capacidad para gestionar la frustración, el deseo y las expectativas.

Hablamos con Irene López, psicóloga de ANDA CONMIGO, sobre cómo afecta la sobreestimulación emocional a los niños, qué hay detrás del llamado “síndrome del niño hiperregalado” y qué herramientas pueden utilizar las familias para fomentar un desarrollo emocional equilibrado y una relación saludable con el consumo desde la infancia.

En determinados momentos del año o tras periodos de mayor estimulación, ¿cómo suele afectar a los niños el cambio de ritmo y la reducción de estímulos emocionales?
–En determinados momentos del curso o tras etapas especialmente intensas a nivel emocional y social, muchos niños experimentan un impacto asociado al cambio brusco de ritmo. Hablamos de periodos en los que se concentran más estímulos de lo habitual: cambios de horarios, mayor actividad social, expectativas elevadas o un aumento de recompensas materiales y emocionales.

Cuando este pico de estimulación desaparece y se retoman las rutinas habituales, el sistema nervioso y emocional del niño necesita un tiempo de reajuste. Este proceso es completamente normal y forma parte de la adaptación a un entorno más estructurado y menos estimulante.

¿Qué señales pueden aparecer en los más pequeños durante ese reajuste?
–Es frecuente que aparezcan señales de desregulación transitoria, como mayor irritabilidad, menor tolerancia a la frustración, cansancio, dificultad para concentrarse o una mayor demanda de atención por parte del adulto. No se trata de un retroceso ni de un problema en sí mismo, sino de una respuesta esperable ante la pérdida de estímulos intensos y la vuelta a una mayor exigencia cotidiana.

Comprender este proceso desde una mirada evolutiva permite a las familias acompañar al niño con más calma y menos preocupación, evitando interpretaciones negativas o respuestas punitivas.

En este contexto, se habla cada vez más del llamado síndrome del niño “hiperregalado”. ¿Qué es exactamente y por qué ha cobrado tanta relevancia?
–El llamado síndrome del niño “hiperregalado” no es un diagnóstico clínico ni un trastorno reconocido, sino un término divulgativo que describe una realidad cada vez más frecuente: la exposición excesiva a regalos, estímulos materiales y gratificación inmediata en la infancia.

Se habla cada vez más de este fenómeno porque muchos niños reciben en periodos muy cortos una gran cantidad de objetos nuevos, lo que puede generar una sobrecarga sensorial y emocional. Lejos de aumentar el disfrute, esta acumulación puede dificultar que el niño valore los objetos, profundice en el juego o mantenga el interés durante más tiempo.

En consulta observamos niños que pasan rápidamente de un estímulo a otro, se frustran si la novedad desaparece o muestran dificultades para tolerar la espera y el “no”. Cuando los objetos se convierten de forma habitual en la principal fuente de satisfacción o regulación emocional, el niño puede aprender a calmar su malestar desde lo externo, en lugar de desarrollar recursos internos como la paciencia, la creatividad o la gestión emocional.

Por eso, más que hablar de un “síndrome”, es útil entenderlo como una señal de alerta educativa, que nos invita a reflexionar sobre el ritmo de consumo, el valor que damos a los objetos y la importancia de priorizar experiencias, vínculo y juego compartido.

¿Existe una edad especialmente sensible al impacto del exceso de regalos o recompensas materiales?
–No existe una edad concreta en la que recibir muchos regalos sea, por sí mismo, perjudicial. Sin embargo, las primeras etapas del desarrollo, especialmente entre los 0 y los 6 años, son más sensibles al exceso de estímulos y a la gratificación inmediata.

En estas edades, los niños están construyendo habilidades fundamentales como la autorregulación emocional, la tolerancia a la frustración, la capacidad de espera y el juego simbólico. Un entorno con estimulación constante y muy intensa puede dificultar la consolidación de estos procesos, acostumbrando al niño a depender de estímulos externos rápidos y cambiantes para sentirse bien.

Además, el sistema nervioso infantil necesita ritmo, repetición y previsibilidad. Un exceso de opciones, objetos y novedades puede generar desorganización, irritabilidad o dificultades de atención, especialmente en niños con mayor sensibilidad emocional.

A partir de edades más avanzadas, el impacto depende menos de la cantidad y más de cómo se gestionan los estímulos: el significado que se les da, los límites establecidos y el acompañamiento adulto.

¿Hasta qué punto la culpa parental influye en la tendencia a regalar o compensar en exceso?
–La culpa parental tiene un peso muy relevante. Muchas familias viven bajo altos niveles de estrés, exigencia laboral y dificultades de conciliación, lo que genera una sensación constante de “no llegar”. En ese contexto, el regalo puede convertirse en una estrategia compensatoria, muchas veces inconsciente.

El objeto adquiere un valor simbólico: aliviar la sensación de ausencia, calmar el malestar del niño o reducir la incomodidad emocional del adulto. El riesgo aparece cuando este recurso se utiliza de forma repetida como sustituto del vínculo, del acompañamiento emocional o de la puesta de límites.

La culpa también dificulta decir “no”, cuando en realidad los límites coherentes aportan seguridad y estabilidad emocional. Los niños no necesitan compensaciones materiales, sino adultos disponibles emocionalmente, aunque sea en tiempos breves, capaces de sostener, acompañar y poner límites desde la calma.

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Muchas familias viven bajo altos niveles de estrés, exigencia laboral y dificultades de conciliación, lo que genera una sensación constante de "no llegar"

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¿Qué señales pueden alertar a las familias de una dependencia excesiva de las recompensas materiales?
–Existen señales cotidianas que conviene observar con atención. Una de las más frecuentes es la dificultad para disfrutar del juego sin estímulos nuevos: el niño se aburre rápidamente, cambia constantemente de objeto o pierde interés si no hay novedad inmediata.

También puede aparecer una baja tolerancia a la frustración, con enfados intensos ante la negativa o el retraso de una recompensa, así como una asociación constante entre buen comportamiento y premio material.

Desde el punto de vista emocional, algunos niños muestran dificultades para calmarse sin objetos, necesitando compras o estímulos externos para regular su malestar. Detectar estas señales a tiempo permite revisar rutinas y reforzar el acompañamiento emocional antes de que el patrón se consolide.

¿Por qué cada vez es más frecuente que los niños se aburran rápido o pidan objetos de mayor valor?
–Este fenómeno está muy relacionado con la sobreexposición a estímulos intensos y a la gratificación inmediata. El sistema de recompensa se acostumbra a niveles altos de estimulación, haciendo que los objetos pierdan atractivo con rapidez.

No se trata de falta de imaginación, sino de dificultades para sostener el deseo y el juego en el tiempo. Además, la publicidad y la comparación constante refuerzan la idea de que “más” o “mejor” equivale a mayor disfrute.

El disfrute infantil necesita tiempo, repetición y vínculo. Reducir la cantidad de estímulos, espaciar las novedades y acompañar el juego favorece la creatividad y la regulación emocional.

¿Cómo pueden las familias poner límites sin que los niños lo vivan como un castigo?
–La clave está en cómo se comunican los límites. Anticipar, explicar y validar la emoción, aunque el límite se mantenga, ayuda a que el niño no lo viva como algo arbitrario.

Separar afecto de consumo es fundamental: el vínculo, la atención y el reconocimiento no deben depender de objetos. Ofrecer alternativas y priorizar experiencias compartidas transforma el límite en una oportunidad de aprendizaje emocional.

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Separar afecto de consumo es fundamental: el vínculo, la atención y el reconocimiento no deben depender de objetos

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Tras periodos de alta estimulación, ¿puede aparecer un bajón emocional en los niños?
–Sí, es algo relativamente frecuente. No suele manifestarse como tristeza verbalizada, sino a través de cambios conductuales: irritabilidad, cansancio, menor motivación o mayor demanda de atención.

No es un problema emocional, sino una respuesta adaptativa. Rutinas claras, descanso adecuado, validación emocional y presencia adulta calmada suelen ser suficientes para que el equilibrio se restablezca de forma progresiva.

¿Qué papel juega la educación emocional en todo este proceso?
–La educación emocional es clave para aprender a gestionar el deseo, la frustración y las expectativas. Ayudar al niño a identificar y nombrar lo que siente, sostener el “no” con calma y ofrecer modelos adultos de regulación permite transitar estos procesos de forma más saludable.

Además, ayuda a desvincular el bienestar de lo material y a reconectar con el disfrute de lo cotidiano, el vínculo y el juego compartido.

¿Cómo trabajáis desde ANDA CONMIGO con las familias?
–Desde ANDA CONMIGO acompañamos a las familias desde un enfoque preventivo y respetuoso, ayudándolas a comprender cómo influyen las rutinas, los mensajes adultos y el entorno en el desarrollo emocional infantil. Trabajamos la puesta de límites sin culpa, la validación emocional y la reducción del uso de recompensas materiales como forma de regulación. Fomentamos hábitos de consumo saludables, priorizando el vínculo, el juego libre y las experiencias significativas.

Nuestro objetivo es que las familias se sientan acompañadas y cuenten con herramientas realistas para construir un entorno emocionalmente seguro y equilibrado para sus hijos.

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