Metamorfosis de la figura docente cinematográfica: del maestro autoritario al guía pedagógico
Desde los inicios del cine, la figura del maestro ha funcionado como espejo y a la vez como ficción aspiracional. El maestro aparece en pantalla como una figura que, en la vida real, todos hemos tenido y que, de un modo u otro, ha modelado nuestras formas de pensar. Por ello quizá el cine lo aborda con tanta insistencia: el docente sintetiza la relación entre saber, poder y subjetividad. Lo interesante es observar cómo, con el paso de las décadas, la representación cinematográfica del maestro ha transitado desde el modelo disciplinado y autoritario hacia figuras más horizontales, afectivas y facilitadoras. Asimismo, este desplazamiento no solo habla de cambios estéticos, sino de transformaciones profundas en la pedagogía y en la cultura educativa.
Durante buena parte del siglo XX, el maestro cinematográfico era la encarnación del orden, pues en filmes como: Adiós, Mr. Chips (1939), se muestra al profesor querido pero distante, cuya legitimidad proviene del respeto y la tradición; o en La versión de Browning (1951), donde el docente carece de carisma, pero ejerce autoridad, por lo que el drama surge cuando su figura rígida y obsoleta ya no encaja en un mundo que reclama sensibilidad ya que su escuela funciona como lugar de disciplina, y el maestro como guardián; la enseñanza no es negociable, se recibe. Incluso en filmes bélicos como El milagro de la campanas (1948), la escuela aparece como espacio de moralización patriótica, lo cual consolida la idea del profesor como figura paternal, destinada a moldear al alumnado según la sociedad de aquella época.

El giro cultural de los 60 y 70 comenzó a cuestionar esta visión. Las pedagogías críticas de Freire, Dewey o Neill irrumpían en el discurso educativo, mientras movimientos sociales ponían en jaque la obediencia como valor primario. El cine acompañó esta transformación, en Rebelión en las aulas (1967) se muestra a un profesor que decide abandonar el trato rígido para apelar a la dignidad y el interés de su alumnado, frente a la indisciplina, opta por la conversación: “Me tratarán como adultos, y yo los trataré como adultos” llega a decir el profesor Thackeray. Algo similar ocurre en Summerhill (1979), basada en la escuela experimental británica, donde el maestro desiste de ser una figura de gran autoridad para transformarse en guía.
A fines de los 80 y 90 emerge uno de los arquetipos más populares: el docente salvador y El club de los poetas muertos (1989) es su emblema. El profesor, al recitar “carpe diem, aprovechen el día, muchachos, hagan sus vidas extraordinarias”, se vuelve impulsor del despertar de sus alumnos, pues la escuela ya no es espacio de reproducción cultural, sino de independencia. En esta época se graban muchos filmes con la misma temática, la de la lucha unida: en Escuela de rebeldes (1989), se aclama contra el deterioro institucional; en Con ganas de triunfar (1988), se eleva el rendimiento de estudiantes latinos pobres; en Mentes peligrosas (1995), la docencia se enfrenta a la desigualdad y la violencia; y, en Los chicos del coro (2004), el profesor Mathieu utiliza la música para transformar un internado rígido y hostil. Todas estas obras cinematográficas comparten una premisa: un docente excepcional cambia la vida de estudiantes vulnerables. El cine instala en una posición heroica a la educación donde la eficacia del maestro se basa en su carisma, compromiso y sacrificio.

Ahora bien, el arquetipo alcanza tonos cómicos con Escuela del Rock (2003) donde el docente sustituto se convierte en un facilitador del talento creativo mediante el rock, exclamando: “no estoy aquí para enseñarlos, estoy aquí para crear estrellas”. Esta figura también alcanza dimensiones deportivas o militares: en Coach Carter (2005) o en Whiplash (2014), el profesor exige disciplina académica para formar carácter y rendimiento, respectivamente. Todo ello nos recuerda que el tránsito del autoritarismo al guía no es lineal pues la pedagogía del éxito se basa en prácticas disciplinarias.
En el siglo XXI, surge un nuevo arquetipo: el docente vulnerable. En La clase (2008), el maestro François se enfrenta a conflictos interculturales, problemas de disciplina y a su frustración personal; el film presenta la docencia como trabajo emocionalmente costoso, donde la autoridad se negocia. Sin embargo, El profesor (2011) va más lejos: el profesor Barthes, quien se define como un visitante, no es capaz de vincularse afectivamente con la escuela, la cual se muestra como una institución absorbente y fracturada. En Profesor Lazhar (2011), el docente debe gestionar el duelo de una clase sin ayuda de nadie; el maestro intenta sostener su escasa disciplina. En mi opinión, creo que estas obras cinematográficas son claves porque relatan la verdad pues des-romantizan la vocación y muestran a la docencia como trabajo condicionado diariamente.

En paralelo en este siglo, crece la figura del docente guía, afín a pedagogías constructivistas: en La profesora de parvulario (2014), la maestra es capaz de estimular la sensibilidad poética de un alumno, planteando dilemas éticos sobre el significado de “descubrir talento”, mientras que en Capitán Fantástico (2016) la educación se desplaza fuera de la escuela; el padre-docente promueve autonomía, pensamiento crítico y trabajo intelectual riguroso, lo que conlleva a ver el giro hacia una educación dialógica y familiar.
Lo más interesante es que este gesto de salirse del aula no elimina el problema de la autoridad, sino que lo transforma. Un caso peculiar es La ola (2008), filme que comienza como experimento didáctico para reflexionar sobre el autoritarismo y que acaba reproduciendo sus mecanismos; la escuela puede emancipar, pero también puede adoctrinar. Los mejores años de Miss Brodie (1969) ya mostraba algo similar donde la maestra carismática, convencida de crear élites, termina manipulando al alumnado hacia el extremismo.

El cine produce efectos en la percepción social de la docencia, pues para muchos, las representaciones cinematográficas constituyen su principal fuente de imaginarios educativos. Ello, impacta en las dimensiones de la educación: vocación: actuales profesores nos cuentan haber elegido su profesión inspirados por Keating o Gruwell; expectativa: la escuela real no se asemeja a la ficción heroica que trasmite el cine; legitimidad: el cine eleva el carisma por encima del conocimiento didáctico, haciéndonos ver que la idea de enseñar es cuestión de aptitudes y no de actitudes; emocionalidad: el docente-guía opta por lo afectivo por encima de lo curricular; y autoridad: el cambio desde la obediencia hacia la autonomía impulsa el rol docente no-autoritario.
En definitiva, la metamorfosis del maestro cinematográfico -de comunicador autoritario al salvador carismático y guía facilitador- llena los debates actuales sobre pedagogía y subjetividad; pues la docencia en sí nunca es neutral ni universal. Lo que el cine pone en escena es la pregunta por el sentido de educar, siendo el maestro el único capaz de conducir.


