Docentes: alfa y omega de la transformación educativa en Iberoamérica
La experiencia regional muestra que las reformas educativas más sostenibles no son las que modifican únicamente el currículo o la gobernanza del sistema. © Ron Lach
Expertos en la región iberoamericana auguran que el camino posterior a 2030 no será una simple prórroga de metas actuales, sino una redefinición de prioridades para nuestra región. La transformación digital, la innovación pedagógica y la inteligencia artificial ya no son tendencias futuras, son realidades presentes que tensionan los sistemas educativos.
En Panamá, las recientes conversaciones en torno a una posible reforma educativa han reactivado debates de fondo. Evaluaciones como PISA, ERCE y otras mediciones internacionales han dejado conclusiones claras: es necesario redireccionar el rumbo para lograr un cambio profundo y sostenido. Pero detrás de los indicadores, los currículos y las políticas públicas, existe una figura que permanece en el epicentro del debate y, paradójicamente, se antoja como el núcleo de la solución: las y los docentes.
¿Qué significa hoy ser docente? Es una pregunta que no es retórica y que aparece cada vez con mayor frecuencia en diversidad de escenarios. Su respuesta no es abstracta, ya que se construye en un contexto donde los estudiantes están hiperconectados, la inteligencia artificial está literalmente en sus bolsillos y los problemas sociales, económicos y ambientales de nuestra actualidad no llegan organizados por asignaturas. Exigimos en ellos innovación, resultados y capacidad de adaptación constante, pero pocas veces actualizamos en serio el debate sobre su formación, su acompañamiento y su rol estratégico dentro del sistema educativo.
Con frecuencia el debate se presenta como una falsa elección: ¿queremos docentes profundamente especialistas en su disciplina o profesionales capaces de integrar saberes y mediar aprendizajes complejos? En la práctica, esa dicotomía es engañosa.
Un docente sin dominio sólido de su materia pierde rigor y credibilidad. Pero un docente que se limita a su especialidad, sin capacidad de diálogo, contextualización y conexión con otros saberes, tampoco responde a los desafíos actuales.
El aula real exige ambas dimensiones: profundidad académica y capacidad de integración. El debate ya no se limita a qué contenidos enseñar, sino a qué tipo de relación establecemos con el conocimiento en el aula. La tensión entre especialización e integración no se manifiesta igual en todo el sistema educativo.
En educación básica el desafío es aún más complejo. No se trata solo de evitar la fragmentación de contenidos, sino de acompañar procesos de formación integral. Estamos hablando de niños, niñas y adolescentes que están construyendo de manera simultánea conocimientos, habilidades sociales, criterios y formas de comprender el mundo. En esa etapa, el docente no puede limitarse a transmitir asignaturas aisladas; debe ayudar a integrar aprendizajes, conectar experiencias y dar sentido a lo que se aprende mientras se crece.
En educación superior, la tensión adopta otro matiz. El riesgo ya no es la fragmentación temprana, sino la hiperespecialización. ¿Estamos formando expertos que dominan un área específica, pero con escasa capacidad para dialogar con otras disciplinas?
En ambos niveles, no obstante, la pregunta es la misma: ¿Cómo formar con profundidad, sin aislar el conocimiento?
La inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana y está transformando la manera en que accedemos, producimos y validamos conocimiento. En un contexto de abundancia informativa, donde las respuestas pueden generarse en segundos, la enseñanza no puede seguir organizándose únicamente en torno a la transmisión de contenidos. El valor del docente se desplaza hacia dimensiones más complejas: ayudar a formular preguntas relevantes, contextualizar información, evaluar críticamente fuentes y conectar saberes dispersos. La tecnología eleva la exigencia profesional, pero también abre una oportunidad histórica para redefinir la función docente como una tarea estratégica en la formación de criterio y comprensión profunda.
La experiencia regional muestra que las reformas educativas más sostenibles no son las que modifican únicamente el currículo o la gobernanza del sistema, sino aquellas que fortalecen de manera sistemática el desarrollo profesional docente, el liderazgo pedagógico y el acompañamiento continuo en el aula.
En un mundo saturado de información, “saber enseñar” implica guiar el discernimiento, implica formar criterio. Si aceptamos que la educación atraviesa una transición estructural, entonces la pregunta es inevitable: ¿qué competencias debe tener el docente hoy y en el futuro próximo?
El modelo tradicional de aula ha permanecido relativamente estable mientras los entornos externos evolucionan aceleradamente hacia escenarios digitales, colaborativos e híbridos. La hipótesis no es que el docente deje de dominar su disciplina, sino que además desarrolle competencias transversales: pensamiento sistémico, capacidad de integración, alfabetización digital crítica, habilidades comunicativas y liderazgo pedagógico. El docente del presente y del futuro debe saber activar el conocimiento en contextos cambiantes y transmitirlo con sentido.
En el centro de cualquier reforma educativa o más allá de nuevas metas que se acuerden a partir de 2030, permanece una certeza: no habrá transformación profunda sin una transformación docente. Y esa transformación no implica sustituir su rol, sino fortalecerlo para que responda a los desafíos de un mundo que ya no viene organizado por materias o por facultades, sino por problemas complejos que exigen comprensión, criterio y conexión. Podemos rediseñar currículos, introducir tecnología y multiplicar indicadores, pero si no fortalecemos la formación, la liderazgo y la capacidad de integrar saberes de nuestros docentes, cualquier reforma será superficial. Porque al final, la educación no se reduce a sistemas ni a métricas: se trata de formar personas, ciudadanos capaces de comprender el mundo que habitan y de actuar con criterio dentro de él.
Después de 2030, la verdadera discusión no deberá pasar solo por qué metas fijamos, sino qué tipo de docentes estamos formando para sostenerlas.
Sherryl Girón M. es coordinadora de Proyectos en la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) en Panamá.
