El gran error del igualitarismo

El igualitarismo reinante desde hace décadas en el mundo de la enseñanza nace de considerar que todos los alumnos son iguales y, por lo tanto, todos han de estudiar lo mismo y obtener el mismo título.
Antonio JimenoLunes, 16 de febrero de 2026
0

Imagen generada mediante IA

Por qué no va bien nuestro sistema educativo

Los bajos resultados de nuestros alumnos en las pruebas internacionales de enseñanza, como son las pruebas PISA, TIMSS y PIRLS, nos demuestran que nuestro sistema educativo no funciona bien y que llevamos más de veinticinco años yendo mal. Pese a todo ello, ningún ministro de educación del PSOE ha querido rectificar nada significativo en su modelo educativo, ni ningún ministro del PP ha sido capaz de aplicar los cambios imprescindibles para mejorar la enseñanza, ante las protestas de los principales sindicatos de docentes. Es decir, no es que no se sepa lo que se debería hacer, sino que nadie se ha atrevido a hacerlo, porque los representantes de los docentes, de los alumnos y de los padres de alumnos, además de muchos profesores universitarios de pedagogía y de psicología, se niegan a aceptar cambios. Concretamente la llamada comunidad educativa no quiere aceptar que no todos los alumnos pueden estar en las mismas aulas, aprendiendo las mismas cosas y promocionando juntos al curso siguiente, porque los alumnos tienen diferentes capacidades intelectuales, diferentes ritmos de aprendizaje y diferentes intereses.

Un buen sistema educativo es aquel que ofrece diversos itinerarios educativos, para que cada alumno pueda seguir aquel que mejor se adapte a sus capacidades e intereses. Además, ofrece una segunda oportunidad en septiembre para intentar recuperar los suspensos de junio y ofrecer la posibilidad de la repetición de curso para aquellos alumnos que lo que necesitan simplemente es disponer de más tiempo para aprender lo establecido. Por otro lado, un buen sistema educativo siempre ha de promover la cultura del esfuerzo, porque además de conocimientos, el período escolar ha de servir para que los niños y los adolescentes adquieran hábitos de trabajo y capacidad de esfuerzo.

El igualitarismo educativo

El igualitarismo reinante desde hace décadas en el mundo de la enseñanza nace de considerar que todos los alumnos son iguales y, por lo tanto, todos han de estudiar lo mismo y obtener el mismo título. Se argumenta que si un alumno no llega a las calificaciones mínimas para aprobar es por alguna causa ajena a su deseo de estudiar, como por ejemplo el bajo nivel económico y cultural de sus padres, o el que lleva poco tiempo en nuestro país, o que está atravesando un momento delicado, o que tiene tal o cual deficiencia y hay que ser más comprensivo, etc. El resultado es que se promociona al curso siguiente a muchísimos alumnos que no tienen la preparación mínima para aprovecharlo, por lo que a partir de ese momento dejan de poder aprender nada y, por lo tanto, dejan de esforzarse en intentarlo. Ese fracaso escolar se intenta disimular regalando títulos a todo el mundo, aunque no hayan alcanzado los objetivos mínimos establecidos.

El ejemplo más evidente de este igualitarismo es la llamada escuela inclusiva, que consiste en que en la misma aula también están algunos alumnos que antes iban a la escuela especial. Estos alumnos constatan continuamente que sus compañeros son más inteligentes, que lo hacen todo mejor que ellos, que no necesitan la ayuda de un profesor de apoyo al lado que le explique lo que los demás entienden a la primera, etc. Es una situación humillante y continuada que se podría evitar si fueran a un aula en la que el resto de los alumnos tuvieran unas capacidades parecidas. Por otro lado, en cuanto el país llega una situación económica difícil, lo primero que se suprimen son los profesores de apoyo, como ya pasó con los profesores de apoyo para el tratamiento de la diversidad durante la última crisis económica, mientras que por el contrario los centros de educación especial sí continuaron funcionando. Para entender por qué se hace esto no hay que olvidar que la escuela inclusiva es la más económica para un Estado. Por último, cabe recordar que la eficiencia de un profesor aumenta cuando más parecidas son las capacidades y los intereses de los alumnos que hay en el aula.

El origen del igualitarismo

El origen del igualitarismo en la enseñanza surge en Europa a partir del concepto de “igualdad social” de la ideología comunista. Sus defensores consideran que si los alumnos se separan en función de los que aprueban y pasan al siguiente curso y los que suspenden y tienen que repetir curso, los centros educativos serían los generadores de las futuras clases sociales, ya que los más listos accederán a estudios superiores y serán los que acapararán los medios de producción, mientras que los menos listos no llegarán a cursar estudios superiores y serán los que trabajarán en las empresas de los primeros. Para evitar esta situación, los defensores del igualitarismo en la educación, defienden que todos los alumnos han de ser promocionados de curso, aunque no hayan aprobado muchas asignaturas ni sepan los mínimos establecidos y, así, que todos obtengan la misma titulación.

El planteamiento anterior da lugar a situaciones muy negativas como que los alumnos con capacidades medias y altas no se esfuercen en aprender más, ya que constatan que haciendo muy poco también van a ser promocionados al curso siguiente, al igual que los que no aprueben los exámenes. De esta manera se generan alumnos con menos conocimientos de los que podrían tener, sin deseos de aprender más y sin cultura del esfuerzo. Otra consecuencia negativa es que una parte del profesorado se niegue a que haya recuperaciones en septiembre, ya que las familias de clase media o alta podrían apuntar a sus hijos a cursos de verano o a ponerles un profesor particular y, gracias a ello, aprobarían en septiembre, mientras que los padres con pocos recursos no lo harían y, por lo tanto, en septiembre sus hijos suspenderían, lo cual sería socialmente injusto. La consecuencia de este posicionamiento es que se han quitado los exámenes de septiembre con lo que se impide que ningún alumno suspendido pueda aprovechar el verano para estudiar, superar sus déficits y empezar el curso siguiente bien preparado. Otra consecuencia negativa es que parte del profesorado ahora sea partidario de no recomendar la adquisición de libros de texto ni de libros de lectura porque, a lo mejor, las familias con pocos recursos económicos no los podrían adquirir, por lo que sus hijos aprenderían menos y obtendrían peores calificaciones. La conclusión es que en lugar de encontrar mecanismos para que los alumnos con menos recursos también dispongan de todos los medios educativos, optan porque nadie disponga de ellos.

El gran error del igualitarismo es que confunde la igualdad de oportunidades para todos los alumnos con la igualdad de resultados. La igualdad de oportunidades es buena porque permite que los alumnos que viven en ambientes desfavorecidos, a través de una buena enseñanza puedan progresar y llegar a los puestos de trabajo más altos de la sociedad, es decir posibilita la llamada escalera de ascensión social. En cambio, la igualdad de resultados es un sistema de injusticias sucesivas que desanima a los más capaces, engaña con falsos aprobados a los menos capaces y les hacer perder a ambos el único tiempo que la sociedad les ofrece para formarse gratuitamente.

El ministerio y las consejerías de educación deberían abandonar la ideología del igualitarismo y hacer lo que hacen los padres respecto a la educación de sus hijos. Los padres saben que sus hijos son diferentes y no intentan que todos estudien lo mismo hasta los 18 años, obtengan las mismas calificaciones, practiquen las mismas aficiones y se apunten a las mismas actividades extraescolares, sino que respetan sus diferencias y se alegran por igual de los éxitos de los más brillantes, como de los éxitos de los menos brillantes, aunque unos éxitos sean más difíciles de conseguir que otros. Entienden que sus hijos son diferentes, que solo son iguales en cuanto a su dignidad personal y a su derecho a la igualdad de oportunidades. Entienden que en una sociedad equilibrada ha de haber personas con altas capacidades intelectuales, otras con grandes capacidades manuales, otras con capacidades artísticas, etc., y que es gracias a la complementariedad de todos ellos como se puede construir una sociedad equilibrada.

Combatir los errores del igualitarismo

Para combatir los errores del igualitarismo educativo en primer lugar hay que conocer dónde nació, por qué resulta tan atractivo, cuál es su extensión, el tiempo que lleva establecido y cuál es su objetivo final. En el artículo La vía de Gramsci aplicada a la enseñanza se explica que el promotor de esta ideología fue el activista e ideólogo italiano Antonio Gramsci (1891-1937). Él consideró que el comunismo, según él, el mejor sistema de vida para una sociedad, no se conseguiría mediante un enfrentamiento violento, revolucionario, entre una clase empobrecida, el proletariado, y una clase adinerada, la burguesía, que permitiera a los primeros apoderarse de los medios de producción, como proponían Karl Marx y Friedrich Engels, ya que eso duraría poco tiempo, porque no iba acompañado de un cambio de mentalidad. Lo que él propuso fue una lucha contra la hegemonía cultural de la clase dominante, es decir contra los valores culturales que la favorecen, y una defensa de los valores culturales contrarios, que son los que favorecen a la clase dominada. Según él, para que las clases bajas alcancen y perduren en el poder y así se llegue a la sociedad comunista, primero hay que transformar las instituciones culturales, como son las escuelas, las universidades, los colegios profesionales, las asociaciones de intelectuales, los medios de comunicación, el mundo del cine y del teatro, las parroquias, etc., para que solo transmitan los valores y los intereses que favorecen a las clases bajas. Para ello, básicamente se trata de defender al pobre, al que está abajo, al alumno que no aprueba los exámenes, al divergente, a las minorías, etc. Se trata de que todos ellos sean considerados las víctimas de nuestra sociedad. Porque ¿Quién puede estar en contra del pobre, del inmigrante, del alumno anímicamente hundido porque ha suspendido, del que padece disforia de género, etc.? El éxito del gramscismo en el siglo XXI es innegable, sobre todo si se tiene en cuenta que el wokismo es parte de él.

Existen varios aspectos que revelan si estamos en un ambiente ya dominado por el gramscismo, wokismo o comunismo cultural. Uno de ellos es que cuando en nuestro lugar de trabajo alguien expresa una idea que no coincide con lo que para los demás es políticamente correcto, no se inicia un debate abierto y franco, sino que primero se crea un silencio de desaprobación, luego, si el interviniente insiste, alguien dice alguna frase crítica pero sin argumentación y, finalmente, si el interviniente sigue insistiendo, sufre un ataque no a la idea que ha expresado sino a su persona, con descalificaciones e insultos como xenófobo, racista, homófobo, fascista, etc., lo cual es la antesala de la retirada de relaciones. Todo ese conjunto de acciones es lo que se conoce como cancelación social. Esto es lo propio de una sociedad que no tiene argumentos contra la crítica recibida. Generalmente nadie sale públicamente en la defensa del que hizo la crítica, no porque nadie piense como él, sino porque consideran que es mucho mejor callar. Prueba de ello es que algunos que piensan lo mismo, le advierten en privado de que no vale la pena expresar ideas políticamente incorrectas, porque en ese lugar ya se ha establecido la hegemonía cultural de la izquierda.

La propagación del igualitarismo

Una vez que el igualitarismo ha dominado el mundo de la educación y de la cultura, el siguiente paso es imponerse en el mundo laboral y económico. En ellos sus consecuencias son igualmente nefastas. Como el ser humano no se esfuerza en trabajar durante mucho tiempo seguido si no consigue algo para sí mismo y, sobre todo, si constata que otros que trabajan mucho menos consiguen lo mismo, deja de esforzarse en trabajar. En este contexto, las personas hasta entonces más emprendedoras, también dejan de esforzarse y, en consecuencia, dejan de haber nuevas empresas y las existentes cierran por falta de buenos trabajadores. Sin empresas eficientes deja de generarse riqueza y con ello deja de haber recursos para el mantenimiento de los servicios educativos, de los servicios sanitarios y de las infraestructuras del país, los sueldos de los funcionarios y las pensiones no aumentan al ritmo que lo hace el coste de la vida, etc. Actualmente nuestro país ya es un claro ejemplo de todo ello.

Otro síntoma del empobrecimiento resultante del igualitarismo es el alto paro laboral, que los sueldos sean insuficientes para llegar a final de mes, que por ello las parejas tengan pocos hijos, que los jóvenes no se puedan emancipar y que este problema se intente apaciguar con las pagas del mínimo vital a los parados, lo cual genera que los jóvenes no luchen tanto como antes en conservar un empleo y en no dejarlo hasta que se tenga otro trabajo, etc.

Otro síntoma revelador de la hegemonía cultural de la izquierda es que cuando los funcionarios docentes y los funcionarios sanitarios hacen manifestaciones y huelgas para defender la mejora de la sanidad y de la enseñanza, no lo hacen a favor de la sanidad en general y de la educación en general, sino solo a favor de la sanidad pública y de la educación pública, como si la sanidad privada y la educación privada fueran los culpables de sus problemas, sin entender que sus sueldos salen de los impuestos que se aplican a las empresas, incluidas las sanitarias y las educativas. Esta posición se alinea pues con el objetivo de un Estado que lo controle todo, como se establece en el comunismo. La consecuencia de ello es que aunque los países europeos son democráticos, si al poder llega un partido político no partidario del igualitarismo, los gobernantes no pueden aplicar las medidas imprescindibles en la educación, porque los dirigentes de este sector son mayoritariamente partidarios del igualitarismo.

Las tres medidas imprescindibles

Las tres medidas imprescindibles que habría que aplicar para tener un buen sistema educativo son:

1.- Establecer dos o más itinerarios educativos de diferente dificultad a partir del segundo curso de la ESO, para que los alumnos puedan elegir, en función de sus resultados académicos, el que mejor se adapte a sus capacidades e intereses.

2.- Realizar una evaluación externa al final de la enseñanza Primaria y otra al final de la ESO por parte del Ministerio, en cooperación con las comunidades autónomas, con valor académico, es decir que su superación sea imprescindible para poder acceder a la siguiente etapa educativa. Estas evaluaciones permitirían asegurar a los padres que las calificaciones que sus hijos reciben de los centros educativos, realmente reflejan los conocimientos adquiridos por ellos y que los alumnos llegan a la siguiente etapa con la preparación suficiente para aprovecharla. Las evaluaciones finales de ESO deberían presentar dos modalidades según se quisiera acceder a la Formación Profesional o al Bachillerato.

3.- Realizar una misma prueba de acceso a la Universidad en todas las Comunidades Autónomas por parte del Ministerio con la cooperación de las Comunidades Autónomas, en base a los contenidos comunes a todas ellas de los dos cursos del Bachillerato.

Sin las tres medidas anteriores es imposible tener un buen sistema educativo. No se trata pues de aplicarlas a medias o de aplicar solo una o solo dos, porque sin ellas en muy pocos años no tendremos suficiente gente preparada para dirigir las empresas, para innovar, para investigar, ni suficiente gente preparada y con responsabilidad profesional para realizar el resto de los trabajos. Sin estas personas nuestro país volverá a ser un país muy pobre como ya lo fue durante mucho tiempo.

Antonio Jimeno Fernández, presidente del sindicato AMES

0
Comentarios