El vacío cognitivo: Cuando aprobar ya no significa aprender
Después llega la pregunta sencilla, la que no pretende poner en evidencia a nadie: “Explícame por qué has elegido este enfoque”. Y entonces aparece el silencio. No un silencio de reflexión, sino un silencio vacío, como si la respuesta no tuviera autor.
En ese momento surge una pregunta incómoda, pero inevitable:
Si una máquina puede aprobar por el alumno, ¿qué estamos evaluando realmente?
En los últimos meses, el debate educativo se ha centrado en el fraude, la copia o el uso indebido de herramientas de inteligencia artificial. Es una preocupación comprensible, pero insuficiente. El problema de fondo no es que existan tecnologías capaces de generar respuestas correctas, sino que el sistema de evaluación llevaba tiempo premiando aquello que ahora una máquina puede producir con facilidad: un producto formalmente válido.
La inteligencia artificial no ha destruido la evaluación. La ha puesto en evidencia.
Cuando evaluamos únicamente el resultado final, perdemos la información pedagógica más valiosa: el proceso. Desaparece el rastro del pensamiento, las decisiones tomadas, las dudas, los errores, las rectificaciones. En definitiva, desaparece el aprendizaje como construcción personal.
Este fenómeno puede describirse como un vacío cognitivo: productos correctos sin comprensión, respuestas aceptables sin pensamiento propio, resultados que no permiten inferir qué sabe realmente el alumno. Este concepto, que desarrollo con mayor profundidad en mi libro El factor humano, no alude a una falta de capacidad ni de inteligencia, sino a la ausencia de apropiación cognitiva del conocimiento cuando el sistema educativo deja de exigir procesos y se limita a certificar resultados.
La evaluación no ha perdido rigor. Ha perdido capacidad para comprender al alumno.
Durante años hemos aceptado, casi sin cuestionarlo, que una calificación resume el aprendizaje. Sin embargo, una nota solo tiene sentido si mide algo relevante. Hoy, en demasiadas ocasiones, mide sobre todo la capacidad de entregar algo correcto, bien presentado y ajustado a un formato.
Un alumno puede obtener una calificación excelente sin haber construido comprensión propia. Puede cumplir con todos los requisitos y, al mismo tiempo, haber delegado completamente su pensamiento.
El vacío cognitivo se instala precisamente ahí: cuando el alumno obtiene reconocimiento académico sin haber tenido que sostener, defender o reconstruir sus ideas. La evaluación basada en productos ha generado una ilusión peligrosa: confundir la corrección formal con el aprendizaje profundo. La inteligencia artificial ha hecho visible esa confusión, al demostrar que es posible llegar a un buen resultado sin haber recorrido el camino intelectual que debería sostenerlo.
En el fondo, hemos confundido evaluar con verificar. Verificar consiste en comprobar si una respuesta coincide con un criterio establecido. Evaluar debería implicar algo mucho más complejo: comprender qué sabe el alumno, cómo lo sabe y qué puede hacer con ese conocimiento.
La verificación es rápida. La evaluación exige tiempo.
La verificación se centra en la respuesta. La evaluación se centra en el pensamiento que la ha generado.
Cuando la evaluación se reduce a una comprobación final, se vuelve vulnerable por definición. Da igual quién haya producido el texto si el texto cumple. Da igual quién haya resuelto el problema si el resultado es correcto. El sistema no distingue entre comprender y reproducir.
El mensaje implícito para el alumnado es claro: lo importante no es pensar, sino entregar.
La principal novedad que introduce la inteligencia artificial no es la copia, sino la posibilidad de llegar al final sin haber transitado el proceso. Antes, producir un texto aceptable implicaba leer, organizar ideas, escribir y reescribir. Hoy ese recorrido puede desaparecer.
Cuando el proceso desaparece, el vacío cognitivo se normaliza sin hacer ruido. El alumno obtiene una validación externa sin haber construido significado interno, y el sistema carece de herramientas para detectarlo porque dejó de mirar donde debía.
Este hecho obliga a una decisión profesional: seguir evaluando como si nada hubiera cambiado o replantear qué merece ser evaluado en un contexto donde la respuesta ya no es una evidencia fiable de comprensión.
Evaluar debería implicar fricción. La fricción que obliga al alumno a justificar una decisión, defender un razonamiento, explicar por qué descarta una alternativa, reconstruir un error o argumentar con sus propias palabras.
La fricción cognitiva incomoda, pero es precisamente ahí donde el vacío cognitivo se rompe. Sin fricción, la evaluación se convierte en un trámite administrativo: entregar, cumplir, pasar.
Evaluar no es recoger evidencias. Evaluar es provocar pensamiento.
Si queremos que la evaluación vuelva a cumplir su función educativa, es necesario un cambio de foco:
- Del producto al proceso. No basta con valorar lo que se entrega. Es imprescindible observar cómo se ha llegado hasta ahí: borradores, decisiones, versiones intermedias, dudas y correcciones.
- De la respuesta a la explicación. La pregunta clave deja de ser “qué” y pasa a ser “por qué”, “cómo”, “con qué criterios” o “qué otra opción se descartó”.
- De la nota al diálogo evaluativo. La evaluación necesita espacios de conversación: defensas orales, razonamiento en voz alta, contraste de ideas. No como interrogatorio, sino como lectura del pensamiento.
En este contexto, el valor del docente no está en corregir productos, sino en acompañar procesos. El profesor se convierte en lector del pensamiento del alumno, en alguien capaz de detectar comprensión, confusión, avance o bloqueo a través del diálogo y la argumentación.
Este cambio exige renuncias: menos rapidez, menos estandarización, menos obsesión por calificarlo todo. Pero también ofrece algo irrenunciable: evaluaciones pedagógicamente honestas que impidan que el vacío cognitivo se consolide como norma.
La evaluación basada en productos es cómoda. Permite corregir rápido, comparar resultados y cerrar unidades. Pero hoy ya no garantiza verdad educativa. Puede certificar rendimiento sin aprendizaje.
La evaluación centrada en procesos es más exigente. Obliga a escuchar, a preguntar, a observar el pensamiento en construcción. Sin embargo, es la única capaz de distinguir entre comprender y cumplir.
Educar siempre ha exigido decisiones incómodas. Repensar la evaluación es una de ellas. No porque la inteligencia artificial sea el problema, sino porque nos obliga a volver a la pregunta esencial: qué significa aprender.
Si la evaluación no protege el pensamiento, alguien más lo hará por nosotros. Y entonces la escuela habrá renunciado a su función más importante: formar personas capaces de pensar con autonomía, criterio y humanidad.
