Javier Urra: "La vida no es Disney, hay que afianzar el carácter para cuidar la salud mental"
«Posiblemente me conozca», dice ante la cámara. «Yo fui el primer defensor del menor, Javier Urra». Se presenta sin aspavientos y marca distancias: no es tertuliano ni opinador de actualidad internacional. «No me pondré un pinganillo para hablar de Irán o de Trump», advierte. Él habla de lo que sabe, y sabe «muchísimo de psicología, de infancia». Desde esa autoridad profesional y ese compromiso con la infancia, el videopodcast se titula con intención: «Buscando afianzar la salud mental».
Urra recurre a una idea que atraviesa toda la conversación: la vida «no es Disney». No es un parque temático permanente, ni una sucesión de estímulos diseñados para evitar el dolor. Es amor y belleza, pero también desamor, sufrimiento y pérdida. «Usted y yo sabemos que vamos a morir», afirma con crudeza pedagógica. Por eso, sostiene, es imprescindible educar en carácter.
En esa línea enlaza con su obra ‘Educar es enseñar a vivir‘, donde insiste en que la educación no puede limitarse a transmitir contenidos, sino que ha de preparar para afrontar la adversidad. Porque, como repite, «la vida puede dar lo que puede dar, no más».
Uno de los momentos más sobrecogedores del videopodcast llega cuando evoca a Irene Villa. Recuerda el atentado de ETA que la dejó sin piernas y cómo, años después, compartiendo mesa en Oviedo, ella le confesó: «Ahora sí me siento en el hogar». ¿Qué significaba aquello? «Que cuando llego a casa me quito las piernas», le explicó.
La escena, narrada con respeto, se convierte en una lección de resiliencia auténtica y perdón sin olvido. Urra subraya que se puede perdonar, pero «jamás olvidar». Y a partir de ahí enlaza con una pregunta central: ¿cómo fomentar un carácter capaz de resistir el dolor sin quebrarse?
El psicólogo utiliza una metáfora gráfica. Algunos jóvenes, dice, son «como el cristal»: aparentemente fuertes, pero frágiles ante el impacto. Frente a ello propone ser como una pelota de tenis, que se deforma al golpear el suelo pero recupera su forma. Esa es la resiliencia: no evitar el sufrimiento, sino aprender a volver.
En la salud mental en la escuela como reto compartido se insiste en la necesidad de dotar al alumnado de herramientas emocionales antes de que lleguen las crisis. Urra coincide: «Esto hay que haberlo preparado antes». No se improvisa un paracaídas emocional en mitad de la tormenta.
Otra de las claves del videopodcast es el desplazamiento del foco. «Lo importante no es el yo», afirma, «es el tú y, en todo caso, el nosotros». Educar implica enseñar a pedir perdón, a dejarse perdonar, a reconocer la culpa cuando corresponde y a aceptar la propia vulnerabilidad humana.
Habla de llevar a los niños a la naturaleza, de mirar las estrellas, de entender que «somos humus». De acompañar a una abuela con Alzheimer o de ayudar en un hospital pediátrico. Esas experiencias, sostiene, actúan como un «airbag emocional» frente al ruido social, la presión publicitaria y la cultura de la inmediatez.
Urra distingue entre religiosidad y espiritualidad. No impone creencias, pero sí invita a hacerse preguntas: ¿qué es la muerte?, ¿qué es el universo?, ¿qué significa vivir entre ocho mil millones de personas? Esa búsqueda de sentido conecta con Viktor Frankl y con la idea de que la última pregunta no debería ser «para qué he vivido», sino «para quién».
En un contexto en el que preocupa el aumento de conductas autolesivas y el malestar adolescente, como ha analizado el aumento de la ansiedad y la depresión en adolescentes, el mensaje es claro: no recurrir a «atajos» como el alcohol o las drogas. La fortaleza interior, el sentido del humor y la capacidad de pedir ayuda son herramientas preventivas.
El videopodcast concluye con una imagen sencilla: educar es como enseñar a mirar a derecha e izquierda antes de cruzar un semáforo. Preparar para la vida real, no para una ficción edulcorada. «La vida es larga», recuerda, con una esperanza de vida que ronda los 86 años en mujeres y los 84 en varones.
Entre música tranquila de cierre, Javier Urra deja una invitación exigente: fortalecer el carácter para que, cuando lleguen las «aguadillas» de la vida, el niño —ya adulto— tenga criterio, constancia y coherencia. Y, sobre todo, tenga a otros por quienes vivir. Porque, insiste, la verdadera salud mental se construye en relación.


