Rankings de colegios: Entre indicadores y propósito

Cada año aparecen nuevas listas con los “mejores colegios” de España en medios como Forbes, El Mundo o El Español. Y es lógico que generen interés: orientan a muchas familias y reconocen el trabajo de muchos centros. Pero también conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando aparecer en un ranking se convierte en un objetivo en sí mismo?
Jueves, 19 de marzo de 2026
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Cada año, cuando se publican los rankings de “los mejores colegios de España” en medios como Forbes, El Mundo o El Español, ocurre algo bastante previsible. Las familias los leen con interés, los colegios los miran con atención y, para muchos centros educativos, aparecer en esas listas se convierte en motivo de orgullo y también de comunicación. Es comprensible. Estar presente en un ranking nacional otorga visibilidad, prestigio y, en cierta medida, reconocimiento al trabajo realizado.

Conviene decirlo con claridad: la mayoría de estos rankings se elaboran con metodologías muy serias. Analizan distintos indicadores objetivables (proyecto educativo, resultados académicos, recursos, innovación pedagógica o internacionalización) y tratan de ordenar la realidad educativa de un país necesariamente diversa y compleja. No son simples clasificaciones arbitrarias.

Cuando el ranking pasa a marcar la estrategia

El problema aparece cuando el ranking deja de ser una consecuencia del trabajo educativo y pasa a convertirse en un objetivo en sí mismo. Cuando eso ocurre, la tentación de optimizar indicadores puede acabar influyendo en decisiones que deberían responder únicamente al propósito educativo del colegio.

Un ejemplo conocido en el sector son los resultados de acceso a la universidad, la EBAU (Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad), todavía llamada selectividad por muchos. No es raro ver centros que presumen de porcentajes cercanos al cien por cien de aprobados. Sobre el papel, el dato impresiona y transmite una imagen de excelencia académica.

Sin embargo, el porcentaje de aprobados no siempre cuenta toda la historia. En algunos casos, antes de llegar al examen ya se ha producido un filtro previo: alumnos a los que se orienta hacia otros itinerarios, a repetir curso o a no presentarse a la prueba para no comprometer las estadísticas del centro. El resultado final puede ser impecable desde el punto de vista numérico, pero el camino recorrido hasta llegar a ese dato merece ser mirado con más atención.

La educación, al fin y al cabo, no consiste en presentar solo a quienes tienen garantizado el aprobado. Educar implica acompañar procesos distintos, sostener a los alumnos cuando aparecen las dificultades y ayudar también a quienes no encajan fácilmente en los indicadores que luego alimentan un ranking.

La educación no es una competición de porcentajes

Por eso conviene mirar estas clasificaciones con cierta perspectiva. Pueden aportar información útil y relevante y ayudar a las familias a orientarse, pero nunca alcanzan a medir todo lo que realmente define a un buen colegio: el clima humano, el acompañamiento personal, la relación con las familias o el impacto real que un proyecto educativo tiene en la vida de sus alumnos.

Al final, la cuestión más importante para cualquier centro educativo quizá no sea cómo aparecer en un ranking, sino si está siendo fiel al propósito por el que existe. Cuando ese propósito se mantiene claro, los rankings, si llegan, serán solo una consecuencia. Porque educar bien nunca ha sido una cuestión de posiciones en una lista.

Mikel Elía Díaz de Cerio es director del Colegio Gaztelueta.

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