Gregorio Luri: "La sobreprotección es una forma de maltrato"

La entrevista a Gregorio Luri en el podcast "La charleta educativa" dejó algo más que un repertorio de ideas sobre educación: ofreció el retrato íntimo de un pensador que une biografía, memoria y escuela. Filósofo, ensayista y observador incómodo de los lugares comunes pedagógicos, Luri repasó su infancia, sus maestros y sus convicciones sobre la exigencia, la tecnología, la lectura y la cultura común.
José Mª de MoyaMiércoles, 18 de marzo de 2026
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Decir que Gregorio Luri es filósofo, pedagogo o ensayista es quedarse en la capa exterior de un hombre que se presenta, antes que nada, como «aprendiz de todo» y maestro de nada. En «La charleta educativa», su voz no sonó a consigna ni a conferencia, sino a conversación verdadera: una de esas en las que las ideas no se exhiben, sino que brotan de la vida. Y quizá por eso la entrevista tuvo, desde el comienzo, un tono poco frecuente en el debate educativo actual: menos eslogan y más verdad biográfica.

Nacido en la Navarra de la posguerra, en una zagra donde el barro, el campo y la necesidad ordenaban los días, Luri dibujó la escena fundacional de su vida con una sobriedad que la hacía todavía más conmovedora. Tras perder a su padre siendo muy pequeño, aquel niño enseñó a leer a su madre siguiendo con el dedo las letras de los periódicos. En ese gesto mínimo, casi doméstico, se condensa una imagen desarmante: el hijo convertido en maestro de su madre, el amor enlazado para siempre con el alfabeto compartido. No lo cuenta como una heroicidad, sino como una normalidad humilde; precisamente por eso emociona tanto.

Magisterio ya reconoció esa trayectoria al concederle el premio Protagonistas de la Educación en 2022, un galardón que recibió con visible emoción y que encaja con la impresión que dejó en esta entrevista: la de un intelectual sólido en el que sigue latiendo una gratitud intacta hacia quienes le enseñaron y hacia el propio oficio de educar. Esa combinación de pensamiento y temblor, de lucidez y memoria, fue una de las notas más humanas del episodio.

En la escuela de la escasez

Si en su casa apenas había un libro, ese libro era casi un objeto sagrado. Luri recordó aquel volumen de Fray Justo Pérez de Urbel como quien evoca un relicario doméstico, una presencia solitaria en medio de la pobreza material. Pero el gran deslumbramiento llegó después, cuando entró en la biblioteca de los capuchinos y descubrió a Salgari. Allí empezó una educación sentimental de la lectura que no se reducía a acumular títulos, sino a entender que un libro podía ensanchar el mundo de un niño de pueblo.

Su evocación de aquellos frailes escapó por completo de la caricatura de la «escuela antigua». Habló de cine cada quince días, de fichas de lectura tras cada libro, de redacciones semanales corregidas y comentadas, de atención, de silencio y hasta de la oración como forma de disciplina interior. En un tiempo tan propenso a juzgar el pasado con superioridad automática, Luri reivindicó la memoria concreta de quienes hicieron bien su trabajo. No habló de nostalgia vacía, sino de deuda moral con maestros que, sin grandes teorías, supieron dejar huella.

Ahí apareció una de las ideas más fértiles de toda la conversación: el verdadero órgano educativo no es el oído, sino los ojos. Educamos por lo que encarnamos, por lo que un niño ve hacer, por la forma en que un adulto habita el mundo. Esa defensa del poder del ejemplo atravesó toda la charla y enlazó con otro de sus grandes temas: la necesidad de volver a mirar la educación menos desde la ingeniería teórica y más desde la presencia del maestro.

En la intemperie se crece

La infancia de Luri no compareció como estampita sentimental, sino como experiencia de realidad. De ahí sale su conocida defensa de una cierta «pedagogía de la intemperie»: dejar espacio para el juego libre, el riesgo razonable, el ejercicio físico, el sueño y los amigos. No hay en su discurso un culto ingenuo al pasado, sino una advertencia frente a la sobreprotección contemporánea, esa que confunde cuidado con encapsulamiento y acaba debilitando justo aquello que dice querer proteger.

Cuando habló de las «rodillas con costras» frente a las rodillas impolutas de hoy, no lo hizo como un abuelo gruñón, sino como alguien que sospecha que estamos privando a los niños de experiencias decisivas para medirse con el mundo. Para Luri, el niño tiene derecho a tener padres tranquilos, a jugar, a cansarse, a dormir y a contar con amigos de verdad. Hay aquí una antropología de fondo: nos conocemos mejor en la acción que en la introspección, mejor en el choque con lo real que en la administración infinita de emociones. Es, en el fondo, una defensa de la normalidad valiente.

También por eso reivindica a las familias imperfectas. La perfección, vino a decir, es enemiga de la normalidad. Su inesperada defensa de los Simpson como familia digna de imitación no fue una boutade, sino una forma brillante de recordar que convivir no consiste en ser impecables, sino en quererse, empezar de nuevo y no convertir cada error en una causa general. En tiempos de idealizaciones agotadoras, su propuesta tiene algo profundamente liberador.

Conocimiento frente a fuegos artificiales

Uno de los momentos más nítidos del episodio llegó cuando Luri defendió el conocimiento frente a cierta fascinación metodológica. No niega la innovación, pero desconfía de la innovación convertida en espectáculo. Frente a la idea de que basta con activar competencias difusas, recordó que no hay pensamiento crítico sin datos, ni creatividad sin conocimiento del problema. El lenguaje, vino a resumir, es conocimiento en acto.

Su tesis es de gran calado democrático: si crece la distancia entre la élite cognitiva y el ciudadano común, la escuela tiene la obligación de cuidar una cultura compartida. Esa cultura común no es un adorno humanista, sino el puente que permite reconocernos y deliberar juntos en una sociedad cada vez más especializada. En esa línea, sus posiciones dialogan con debates que Magisterio ha venido recogiendo en piezas como la conversación sobre exigencia y contenidos.

No es casual que en este punto resonaran algunos de sus libros más conocidos, como «El deseo de aprender» o «La escuela no es un parque de atracciones». En ambos late la misma sospecha que verbalizó en el podcast: la escuela corre el riesgo de psicologizarse tanto, de obsesionarse tanto con el bienestar inmediato, que olvide su función republicana, esto es, su deber de custodiar aquello que una sociedad decide que merece ser transmitido en común.

Tecnología sí, pero sin idolatría

Quizá uno de los pasajes más interesantes fue el dedicado a la tecnología. Quien espere de Luri un rechazo reflejo se equivoca. Su punto de partida es mucho más fino: los seres humanos somos seres tecnológicos porque somos seres débiles que amplían sus capacidades mediante prótesis. Las herramientas digitales, por tanto, no son un monstruo exterior, sino una extensión humana. La cuestión no es demonizarlas, sino domesticarlas.

Por eso criticó tanto las antiguas euforias digitales como los actuales bandazos prohibitivos. Recordó que la relación pedagógica fundamental sigue siendo la relación cara a cara, aunque necesite complementos. La imagen de «los profesores mirando las nucas de los niños» resume bien su reserva ante ciertos entusiasmos mal pensados. Pero al mismo tiempo se preguntó qué otro lugar, si no la escuela, puede enseñar a usar bien la tecnología. En un ecosistema educativo que sigue discutiendo sobre pantallas, IA y dispositivos, esa posición intermedia resulta especialmente valiosa.

Su comparación entre la tortilla precocinada y la cocina de verdad fue especialmente feliz. Habrá quienes usen la tecnología para obtener respuestas rápidas y habrá quienes la utilicen para formular mejores preguntas. La educación, según se desprende de sus palabras, debería ayudar a no resignarse a lo primero cuando aún es posible aspirar a lo segundo.

Exigencia, dignidad y escuela real

Hacia el final de la entrevista apareció otra de sus convicciones centrales: no exigir es, en el fondo, no respetar la dignidad del alumno. La frase puede sonar severa en una época de sensibilidades hipervigilantes, pero Luri la llenó de sentido al definir al maestro como «el amante celoso de lo mejor que puede llegar a ser un alumno». La exigencia no sería así una forma de dureza, sino un acto de confianza radical en las posibilidades del otro.

Ese elogio de la exigencia se sostuvo además en una reflexión estética y moral. Las cosas fáciles se adquieren sin apenas esfuerzo; las valiosas exigen atención, paciencia, formación del gusto. La canción del verano entra sola; Beethoven requiere un camino. Pero justamente por eso, cuando uno llega, agradece a quien le enseñó a salir del imperio de lo fácil. En tiempos de gratificación instantánea, escuchar a Luri defender el esfuerzo como vía de acceso a bienes más altos resultó casi contracultural.

Hubo también espacio para hablar de ratios, burocracia, malestar docente y prestigio de la profesión. En ese terreno, Luri evitó tanto las fórmulas mágicas como los dogmas heredados. Reducir ratios, dijo, no garantiza automáticamente mejores resultados, pero hoy puede ser imprescindible si de verdad queremos atención individualizada y si queremos que el oficio siga siendo vivible. Una vez más, no hablaba desde la abstracción, sino desde la escuela real, esa que conoce sus límites, sus cargas y sus urgencias.

Una conversación que deja poso

La entrevista terminó, pero no se cerró del todo. Quedó la sensación de que con Gregorio Luri siempre hay una pregunta más, una digresión fértil, una memoria que ilumina el presente. Esa es quizá la mejor definición de lo que sucedió en este episodio de «La charleta educativa»: no fue solo una conversación sobre educación, sino una defensa de la escuela como lugar donde se entrelazan biografía, transmisión y sentido.

En un momento público saturado de trincheras, Luri ofreció algo mucho más raro: complejidad sin pedantería, firmeza sin dogmatismo y emoción sin sentimentalismo. Salimos de la charla recordando al niño que enseñaba a leer a su madre, al joven desarraigado que descubría que estudiar también separa, al profesor agradecido a sus maestros y al ensayista que sigue pidiendo para la escuela menos artificio y más verdad. Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho: una conversación que no pasa, sino que permanece dentro.

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