Los carros de Mercadona, el 'ghosting' y los docentes
En el entorno digital ha calado la idea de que, si una interacción ya no nos aporta un beneficio inmediato, tenemos el derecho adquirido de desaparecer. © THE KONG
Se dice que para conocer la salud ética de una nación no hace falta consultar el PIB, sino observar el parking de un supermercado un sábado por la mañana. Allí, entre plazas de aparcamiento y bordillos, se libra una batalla silenciosa que los sociólogos han bautizado como la «Teoría del carrito de la compra». La premisa es de una sencillez aterradora: devolver el carro es el acto definitivo de civismo porque es lo correcto, pero no es obligatorio. Nadie te va a multar por dejarlo en medio de una plaza , ni habrá una placa con tu nombre por llevarlo a su sitio. Es, esencialmente, una prueba de autogobierno.
Sin embargo, mientras nos indignamos al ver un carro abandonado bloqueando nuestro paso —tachando al infractor de incívico o narcisista—, es posible que, al sentarnos frente a la pantalla del ordenador o el móvil, estemos dejando «carros virtuales » abandonados en cada esquina de nuestras relaciones digitales. Hablamos del ghosting.
El carrito digital: del parking al WhatsApp
Si el abandono del carro en el súper es el termómetro del civismo físico, el ghosting es el de la responsabilidad afectiva. Al igual que el cliente que piensa: «ya he pagado mi compra, que el supermercado se encargue del resto», en el entorno digital ha calado la idea de que, si una interacción ya no nos aporta un beneficio inmediato, tenemos el derecho adquirido de desaparecer.
Es la ley del mínimo esfuerzo emocional. ¿Para qué pasar por el «trance» de dar una explicación, cerrar un ciclo o decir un «no» asertivo, si puedo simplemente no contestar? Al fin y al cabo, como el carro en el parking, el silencio no es ilegal. Pero, al igual que ese carro que acaba golpeando la puerta del coche de al lado, nuestro silencio deja una muesca en el otro.
El espejo del docente: ¿Predicamos en el desierto (digital)?
Aquí es donde entra en juego el colectivo docente. Como profesionales de la educación —y muchos como padres y madres—, dedicamos muchas horas a hablar de valores, de respeto y de convivencia. Pero, ¿somos inmunes a esta pandemia de la invisibilidad?
Es una pregunta incómoda, pero necesaria para la reflexión personal:
- ¿Cuántas veces hemos dejado en «visto» un mensaje de un compañero o un grupo de trabajo por pura pereza de gestionar el conflicto que conlleva?
- ¿Somos conscientes de que, al practicar el ghosting (aunque sea de baja intensidad), estamos validando ante nuestros alumnos y alumnas la idea de que las personas son, en cierto modo, desechables?
El ghosting se ha vuelto una práctica habitual entre adultos, y los menores, que son radares de coherencia, lo detectan. Si nosotros, los referentes, resolvemos nuestras tensiones desapareciendo, les estamos enseñando que la asertividad es un accesorio prescindible.
Estamos criando una generación que prefiere bloquear antes que hablar, no por maldad, sino porque normalizan ver como sus adultos de referencia no devuelven el carrito de las conversaciones.
La selva urbana y la selva digital
El impacto es el mismo. El «abandonador» de carros y el ghosteador» comparten un perfil: el narcisismo cotidiano. Ambos priorizan su comodidad momentánea sobre el bienestar común. Uno deja un obstáculo físico en el parking; el otro deja un vacío de ansiedad en la otra persona.
| Acto de abandono | Interpretación sociológica | Consecuencia en el menor |
| Carro en el parking | Incapacidad de esfuerzo pro-social sin recompensa. | Aprende que el orden es responsabilidad «de otro». |
| Ghosting digital | Erosión de la empatía y miedo a la confrontación. | Aprende que las personas desaparecen cuando molestan. |
Conclusión: Una pequeña tarea de civismo
Quizás la próxima vez que veamos un carro abandonado, en lugar de solo indignarnos, podríamos usarlo como un recordatorio. La educación no solo ocurre en el aula con el libro de texto; ocurre en la forma en que cerramos una conversación, en cómo respondemos a ese correo incómodo y en cómo enseñamos que, aunque no haya cámaras grabando, hacer lo correcto sigue valiendo la pena.
Al final, tanto en el parking como en el chat, la pregunta es la misma: ¿Somos capaces de hacer un pequeño esfuerzo por el bien del que viene detrás? La respuesta no está en lo que decimos, sino en lo que hacemos cuando pensamos que nadie nos mira.



