Cómo fomentar la lectura en adolescentes
No se trata de demonizar las pantallas ni de caer en el típico discurso del “antes se leía más”. Sin embargo, las redes sociales, los vídeos cortos y la mensajería instantánea han afectado a la manera en que los más jóvenes se relacionan con la información y el entretenimiento. El verdadero reto, tanto para las familias como para los docentes, es encontrar la forma de que la lectura encuentre su espacio en este ecosistema, sin buscar la competencia, tan solo convirtiéndola en una experiencia que merece tiempo y atención.
Uno de los errores más habituales es asociar la lectura con una obligación, ya que, cuando un adolescente percibe un libro como una tarea más, resulta difícil que desarrolle una relación natural con éste. Por ello, la clave está en crear contextos donde leer sea una elección, no una imposición.
En casa, todo empieza con el ejemplo. Los jóvenes que ven a sus padres leer con frecuencia tienen más probabilidades de adoptar ese hábito de una forma más natural y espontánea, además, no es necesario que se trate de una lectura seria o literaria; una revista, un ensayo breve o incluso las noticias del día en papel pueden suponer ese primer punto de contacto.
En el aula, los docentes pueden reservar momentos de lectura libre donde cada alumno elija lo que quiere leer. Contando con distintos formatos como cómics, novela gráfica o narrativa juvenil, entre otros, ya que todos tienen el mismo valor para despertar el gusto por la lectura.
Sin duda, la adolescencia es una etapa de identidad y búsqueda que marca una parte muy importante en la vida de cualquier persona, por lo que, aprovecharla se trata de una estrategia realmente efectiva. Si a un estudiante, por ejemplo, le gusta el fútbol, existen distintas opciones que aumentan su interés en la lectura, como libros y biografías deportivas que pueden suponer su puerta de entrada. Si le fascinan las series de ciencia ficción, existe toda una tradición literaria detrás que puede descubrir. La lectura que conecta con los intereses propios, no es percibida como un esfuerzo y esto, por supuesto, es una de las claves esenciales para fomentarla.
Desde el aula, cambiar cómo se trabaja la lectura también ayuda muchísimo, por ejemplo, sustituir puntualmente el examen de un libro por un debate, una presentación oral o un proyecto creativo transforma por completo la relación del alumno con el texto. Si leer no termina en un test, sino en una conversación, el libro deja de percibirse como un obstáculo.
También vale la pena mencionar que las redes sociales, a pesar de ser “parte del problema”, pueden ser parte de la solución. Hoy por hoy, existen comunidades que reúnen a millones de jóvenes que recomiendan, debaten y descubren libros con un entusiasmo genuino, por lo que, ignorarlas sería desaprovechar una herramienta que ya utiliza un lenguaje que conecta con los adolescentes.
A veces, los cambios más efectivos son los más simples. De este modo, tener libros visibles y accesibles en casa, no guardados en una estantería como decoración, normaliza su presencia y fomentan su utilización.
Por otro lado, regalar un libro en una fecha señalada, como puede ser el Día del Libro, o acompañar a un adolescente a elegir el suyo en una librería, puede transformarse en un ritual que tenga más impacto del que parece a primera vista. Y si en algún momento la lectura convencional se le hace excesivamente cargante, opciones como los audiolibros o los podcasts literarios suponen una vía de acceso igual de válida.
Fomentar la lectura en los adolescentes en plena era tecnológica no es un proceso que se cumpla de un día para otro, ni con una iniciativa única. Sino que requiere constancia, creatividad y, sobre todo, escuchar y prestar atención a los intereses de los jóvenes para ayudarles a encontrar el libro adecuado en el momento adecuado, porque cuando eso ocurre, la relación con la lectura cambia para siempre.
María Larios es responsable de Bibliotecas del Colegio Europeo de Madrid.
