Javier Urra y el idealismo contra lo irracional
Javier Urra entra en escena con la seguridad de quien se reconoce en el tiempo y no renuncia a la memoria de sí mismo. Se presenta como un hombre de 68 años que sigue siendo, a la vez, el mismo de los 34 y el de los 7, con bigote o sin él, con arrugas o sin ellas, pero con una identidad intacta. Esa afirmación, tan simple y tan profunda, abre una reflexión que va mucho más allá de la biografía y alcanza una pregunta esencial: ¿qué nos hace seguir siendo nosotros mismos?
En la conversación, Urra reivindica también el valor del diálogo. Habla de su presencia en los medios, de su trabajo en la Universidad Complutense y de su participación en los podcasts de Siena, rodeado de un equipo joven que hace posible el proyecto. No lo dice con solemnidad, sino con gratitud. Y en esa escena cotidiana late una idea muy clara: el pensamiento serio necesita espacio, pero también necesita colaboración, escucha y una cierta alegría por construir entre varios.
A partir de ahí, Urra entra en el terreno que le interesa de verdad: el idealismo. Para él, los ideales son brújulas morales e ideológicas que orientan la vida, ya sea desde posiciones liberales, socialistas, espirituales o filosóficas. Menciona, entre otros, a Marx, Sartre, Camus, Gandhi, Tagore o Spinoza, no como un catálogo académico, sino como ejemplo de ese mapa interior que cada persona va dibujando para decidir qué mundo quiere defender.
Su comparación con una carta de restaurante es reveladora: igual que uno elige entre pescado, pollo o pasta, también en la vida selecciona valores, prioridades y formas de entender la convivencia. No somos iguales, insiste, pero sí compartimos una base humana hecha de fraternidad, perdón y respeto por la propiedad y la dignidad ajena. De esa raíz nacen las declaraciones universales, las leyes y las normas que intentan ordenar la vida común.
Urra sostiene que el ser humano necesita utopías. Quiere ir a la Luna, explorar el universo, descender al mundo microscópico y comprender las profundidades del océano. Esa pulsión por conocer y mejorar forma parte de nuestra naturaleza. Por eso, el idealismo no es ingenuidad: es aspiración de futuro. Es también una forma de impedir la violencia, de soñar con sociedades donde no haya guerras, desigualdad extrema o violencia de género.
Pero el ideal, advierte, choca muchas veces con la realidad. Hay personas dominadas por el alcohol, otras drogas, patologías, odio o desconfianza. Son pocas, reconoce, pero pueden causar mucho daño precisamente porque reinciden y alteran el equilibrio social. De ahí la necesidad de instituciones, de prevención, de tratamiento y también de prisiones, como parte de una sociedad que se organiza sin abandonar la exigencia moral.
Urra se detiene después en una trampa muy contemporánea: la obsesión por hacerlo todo perfecto. Si un libro no queda impecable, dice, nunca saldría a la luz. Él mismo corrige, revisa y vuelve a revisar, pero sabe que la excelencia absoluta paraliza. La realidad, recuerda, siempre deja escapar algún error. Y esa imperfección no invalida el trabajo bien hecho; simplemente lo sitúa en el terreno humano.
La idea es sencilla y potente: perseguir la excelencia está bien, pero no hasta el punto de bloquear la acción. Porque si esperamos a que todo sea perfecto, puede que no entreguemos nada. Esa advertencia vale para la escritura, para la educación y para la vida. En el fondo, Urra propone una ética del esfuerzo con lucidez práctica: hacer lo posible sin convertir el perfeccionismo en una coartada para no actuar.
Frente a ese idealismo con los pies en el suelo, aparece el otro gran enemigo: el irracionalismo. Urra menciona teorías disparatadas que circulan hoy con facilidad en redes y medios, desde negar que el ser humano llegó a la Luna hasta afirmar que la Tierra es plana. Son ejemplos extremos, sí, pero sirven para mostrar hasta qué punto la mentira, la desinformación y la falta de criterio pueden instalarse en el discurso público.
También cita conductas insensatas que terminan en tragedia: el selfie al borde del vacío, la decisión absurda de anteponer un coche a una casa, el gesto impulsivo que ignora las consecuencias. Para Urra, aquí ya no hablamos de ideales, sino de una estupidez peligrosa que desconecta a la persona de la realidad, de la empatía y de la razón.
La parte final de la conversación vuelve al terreno de la responsabilidad personal. Urra defiende el respeto a la identidad sexual, a la humanidad del otro y a la convivencia intergeneracional, pero deja clara una frontera: una cosa es sentirse libre y otra muy distinta es negar la realidad. No todo puede justificarse desde el impulso o la autoafirmación sin límites; a veces, dice, hay detrás un problema psicológico que necesita atención.
El mensaje es nítido: idealismo sí, pero con raíz realista; irracionalismo, no. La convivencia humana exige razón, anticipación, empatía y capacidad de cuestionarse. En tiempos de polarización y ruido, la voz de Urra recuerda que pensar no es un lujo intelectual, sino una necesidad colectiva. Y que la mejor forma de cuidar la sociedad quizá sea esta: sostener los ideales sin perder nunca el contacto con la realidad.