José Antonio Luengo: “Callar también forma parte del acoso escolar”

En la nueva entrega de la charleta educativa, José Antonio Luengo, licenciado en Psicología por la UCM, catedrático de Secundaria, viceprensidente del Consejo General de la Psicología y autor de "El algoritmo del miedo", dibuja una radiografía dura del acoso escolar: culpa compartida, protocolos que llegan tarde, tecnología que amplifica la crueldad y familias que deben aprender a mirar antes de que el silencio lo tape todo. La conversación vuelve a poner el foco en la convivencia, la tutoría y la necesidad de convertir la bondad en un valor visible.
José Mª de MoyaMartes, 28 de abril de 2026
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José Antonio Luengo llegó a la charla con una idea clara: el acoso escolar no es un accidente aislado, sino un fenómeno social que se alimenta de jerarquías, silencios y complicidades. En el arranque de la conversación, el psicólogo recordó que su libro, «El algoritmo del miedo», nació tras años de trabajo con datos, testimonios, familias, centros y experiencias vividas en primera persona, con la intención de explicar qué ha funcionado, qué no y qué riesgos siguen abiertos en la escuela.

El acoso no nace en la escuela

Una de las frases más contundentes de la entrevista fue casi un aviso metodológico: culpar solo al centro educativo es, a su juicio, una simplificación. Luengo insistió en que el acosador no se convierte en tal al cruzar la puerta del colegio, sino que trae consigo aprendizajes previos, modelos de relación y una idea de superioridad que luego se reproduce en el grupo.

La escuela, admitió, tiene responsabilidad, pero no es la única pieza del problema; por eso defendió una mirada más amplia, capaz de leer lo que ocurre en casa, entre iguales y en el clima emocional que rodea a la infancia.

El autor de «El algoritmo del miedo» fue especialmente duro con la «protocolitis». Reconoció que los protocolos eran necesarios para ordenar la respuesta institucional, pero advirtió de que, con el tiempo, se han convertido en una reacción tardía, demasiado jurídica y pensada para cubrirse las espaldas. Su tesis es clara: cuando se activa el protocolo, el daño ya ha ocurrido.

Por eso pidió reforzar la prevención real, el trabajo cotidiano de convivencia y una tutoría con más peso, más tiempo y mejores profesionales, especialmente en secundaria, donde el tutor suele estar demasiado lejos del grupo como para construir vínculos de cuidado estables.

La tecnología como multiplicador del daño

Otro de los puntos más incómodos de la charla fue el papel de la tecnología. Luengo habló de un daño más duradero, más visible y más difícil de esquivar cuando el acoso se traslada a redes y mensajería. El ciberacoso, explicó, no concede tregua: convierte el sufrimiento en algo permanente, con una viralidad que deja a la víctima sin refugio.

La diferencia ya no está solo en el insulto o la vejación, sino en su capacidad de circular a todas horas y de alimentar la humillación incluso fuera del centro. En esa parte de la conversación también apareció la idea de la «audiencia invisible», ese grupo que ríe, calla o aplaude y que termina sosteniendo la agresión.

Si hubo una frase destinada a quedarse, fue esta: «bienaventurados los tímidos». Luengo reivindicó a quienes no ocupan el centro, a los que no buscan ser populares ni vivir en la espuma de la visibilidad permanente. Frente a una cultura que premia al líder que aplasta, defendió la bondad como una forma de autonomía moral: ver al que sufre, ponerse de su lado y no normalizar el daño.

Esa defensa conecta con una de las ideas más potentes de la entrevista: la bondad no es debilidad, sino una competencia ética que puede y debe enseñarse, sobre todo si la escuela quiere construir grupos donde el cuidado pese más que la burla.

La familia como primer radar

Para Luengo, el silencio es uno de los grandes aliados del acoso. Por eso pidió a las familias que atiendan a los cambios bruscos de ánimo: tristeza, aislamiento, rechazo al colegio, encierro en la habitación o conductas regresivas pueden ser señales de alarma. No siempre significan acoso, advirtió, pero sí obligan a conversar con calma, preguntar y mirar mejor.

Su consejo es directo: hablar con el centro, sin dramatismo ni prisas, y abrir un espacio de escucha que rompa la idea de que contar lo que pasa empeorará las cosas. El niño o adolescente, recordó, muchas veces calla por vergüenza, por miedo o porque empieza a creer que él mismo tiene la culpa.

La conversación dejó también una propuesta positiva: crear tribus de cuidado. Luengo defendió que la prevención más eficaz nace cuando la clase aprende a proteger al débil, a mirar al compañero que lo está pasando mal y a dar protagonismo a líderes bondadosos, especialmente entre iguales y en los cursos superiores. Esa educación entre pares, dijo, funciona mejor cuando no sustituye al docente, sino cuando lo refuerza y reparte responsabilidad. Al final, su diagnóstico es tan incómodo como nítido: o la escuela convierte la convivencia en una tarea de todos, o seguirá llegando tarde a un problema que no ha nacido entre paredes, pero sí se agrava dentro de ellas.

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