José Antonio Luengo pide más tutoría y menos parches ante el nuevo protocolo contra el acoso escolar
El debate sobre cómo frenar el acoso escolar vuelve a primera línea en un momento en el que el Ministerio de Educación ha presentado su primer protocolo marco nacional contra el acoso y el ciberacoso. La propuesta incluye notificación en 24 horas, activación de un plan de intervención en diez días y seguimiento posterior, además de un refuerzo de la financiación del programa de bienestar emocional hasta 10 millones de euros. En ese contexto, las declaraciones de José Antonio Luengo se leen como una llamada de atención sobre la distancia que suele existir entre el diseño político y la realidad cotidiana de los centros.
Al fondo, la misma pregunta de siempre: quién hace posible que una medida funcione de verdad. Luengo valora que se siga avanzando en prevención y en la promoción del buen trato, pero advierte de que el verdadero problema no está tanto en el titular como en la aplicación. A su juicio, si no se refuerza la figura del tutor como referencia estable y no se forma al profesorado para trabajar estos contenidos de manera transversal, el sistema seguirá recurriendo a acciones aisladas, con especialistas externos que entran y salen del centro sin dejar una estructura duradera.
Luengo defiende que cada grupo de alumnos tenga claro quién es su referencia en la promoción del buen trato y que esa referencia sean, sobre todo, los docentes y los tutores. Su planteamiento conecta con una idea recurrente en el debate educativo: el bienestar emocional no se sostiene solo con recursos añadidos, sino con una cultura escolar que impregne la vida diaria del aula.
Luengo no rechaza la medida, pero sí se muestra escéptico sobre su capacidad transformadora si se limita a repartir fondos y a multiplicar actuaciones puntuales. Su posición enlaza con otras voces del ámbito escolar que, desde Magisterio, han insistido en la necesidad de más apoyo real al profesorado para frenar los discursos de odio y mejorar la convivencia en las aulas.
De hecho, el propio periódico ha venido recogiendo en meses recientes materiales y testimonios sobre bienestar emocional, convivencia y apoyo al profesorado, una línea que encaja con esta crítica al modelo de intervenciones de corta duración.
La lectura final de Luengo es clara. Celebrar que el debate público ponga el foco en el acoso escolar y el bienestar emocional le parece positivo, pero no suficiente. Lo decisivo, a su entender, es que el impulso político se traduzca en formación estable, en vínculos cotidianos y en una escuela capaz de sostener, día a día, una cultura de cuidado. Solo así, concluye, el protocolo dejará de ser un documento bienintencionado para convertirse en una herramienta eficaz contra el maltrato entre iguales.
