La charleta educativa con Alfredo Hernando, la escuela como lugar donde se ensaya el futuro
Hernando explica que ha visitado cerca de doscientos centros educativos en distintos contextos y que esa experiencia le ha permitido fijar una idea central: el cambio no nace solo de los sistemas, sino de los colegios concretos, de su cultura compartida y de la manera en que docentes, alumnado y familias entienden qué significa enseñar y aprender.
En esa línea, defiende que un centro educativo no es tanto un edificio como una forma colectiva de pensar, sentir y actuar. En una conversación que conecta con otras voces de MAGISTERIO, como la de la charla con Ferran Adrià, vuelve a aparecer la misma idea: innovar solo tiene sentido si mejora de verdad la experiencia educativa.
Para Alfredo Hernando, la gran pregunta no es solo qué colegio es mejor, sino en cuál puede existir una verdadera pertenencia. Él mismo cuenta que lleva a sus hijos al centro que tiene enfrente de casa, una decisión que resume bien su apuesta por la cercanía, la implicación y la vida compartida con el barrio. A su juicio, una escuela valiosa es aquella en la que las familias no son espectadoras, sino parte activa del proyecto. Por eso insiste en que la comunidad escolar no se improvisa: se construye con tiempo, con confianza y con decisiones coherentes.
Esa idea de pertenencia le sirve también para subrayar que la escuela cumple una función social decisiva. No solo prepara para el trabajo, sino también para la vida en sociedad, para convivir con personas distintas y para ensayar antes que en ningún otro lugar el futuro de lo colectivo. En su relato, el colegio se sitúa en un punto de equilibrio entre la familia y la sociedad, entre la personalización y el reto, entre el cuidado y la exigencia.
Hernando rechaza la innovación entendida como un gesto de escaparate. A su juicio, una práctica solo merece ese nombre si produce una mejora real en la vida del alumnado: más aprendizaje, menos absentismo, mejor convivencia, más competencia lectora o matemática. En esa línea, advierte de la tentación de innovar para satisfacer al adulto antes que para ayudar al estudiante. La clave, dice, está en mantenerse en proceso de cambio con propósito, con referentes y con capacidad para ajustar lo que no funciona.
En su diagnóstico, la escuela ha vivido una verdadera primavera de innovación, pero todavía falta convertir muchas experiencias aisladas en cambios sostenibles. Y ahí, insiste, el papel del equipo docente es crucial. La mejora no depende de un gesto individual, sino de un proyecto compartido, de decisiones comunes y de una cultura profesional que se mire de forma honesta y aprenda de su propia práctica.
Uno de los tramos más intensos de la conversación llega cuando se habla de inteligencia artificial, pantallas y redes sociales. Hernando es claro: la IA cambiará mucho la escuela, pero no la hará desaparecer. La educación seguirá necesitando el contacto humano, la relación, el acompañamiento y la experiencia compartida. Sí cambiarán los usos, las funciones del profesorado y los modos de aprender, pero la institución escolar seguirá siendo necesaria.
Sobre la IA generativa, señala que lo importante no es solo la respuesta, sino el proceso de aprendizaje. Propone usarla como una herramienta que acompañe el pensamiento, no como un atajo que lo sustituya. Lo resume con una idea práctica: hablar del tema, ponerlo encima de la mesa, establecer acuerdos de centro y decidir con criterio cuándo usarla, para qué y con qué límites. En ese marco, la escuela no debe negar la realidad, sino ordenarla pedagógicamente.
La conversación también se adentra en una preocupación cada vez más visible: el impacto de las redes sociales y el uso excesivo de pantallas en el bienestar emocional de niños y adolescentes. Hernando considera que el problema no es solo la tecnología en sí, sino el modelo de negocio que convierte la atención en el gran objetivo. Según su mirada, las plataformas están diseñadas para capturar tiempo, empujar al consumo y encerrar al usuario en bucles cada vez más estrechos.
Por eso pide más claridad en el debate y menos simplificaciones. No todo es una cuestión de “más” o “menos” pantallas, sino de edad, duración, finalidad y contexto. Defiende que hace falta educación digital de verdad, también en la escuela, para enseñar a buscar información, contrastarla y resistir la desinformación. Y, al mismo tiempo, insiste en que la familia debe predicar con el ejemplo: si se pide a los hijos un uso responsable, los adultos también han de revisar sus propios hábitos.
La idea que queda al final es nítida: la escuela no se defiende desde la nostalgia, sino desde la capacidad de seguir siendo útil, humana y exigente. Alfredo Hernando no propone una respuesta cerrada sobre el colegio ideal, sino una forma de mirar. Un buen centro, sugiere, es aquel en el que hay proyecto compartido, participación real y una cultura que ayude a crecer a los niños sin perder de vista su contexto.
Y quizá ahí está la verdadera fuerza de esta charla: en recordar que educar no consiste solo en enseñar contenidos o administrar tecnología, sino en construir vínculos, criterio y sentido. En tiempos de incertidumbre, la escuela sigue siendo, como dice Hernando, el lugar donde una sociedad ensaya su futuro con la esperanza de hacerlo mejor.