La escuela ante una emergencia silenciosa
No siempre hay gritos. A veces, la señal es un alumno que deja de participar en clase, que evita la mirada, que se aísla en el recreo o que, simplemente, cambia. Es en esos gestos casi imperceptibles donde comienza, muchas veces, una intervención que puede resultar decisiva.
En Cantabria, durante el curso 2024-2025, los centros educativos activaron en 166 ocasiones el protocolo de prevención del suicidio. Detrás de cada cifra hay una historia concreta, una alerta detectada a tiempo. Pero también hay un cambio de paradigma: lo que antes pasaba desapercibido, ahora se nombra y se atiende.
La psicóloga Delia González Fernández lo resume con claridad: “No debemos interpretar este dato únicamente como algo alarmante. Que un protocolo se active significa que alguien ha detectado una señal de riesgo y ha decidido intervenir. Y eso, en términos de prevención, es positivo”.
El dato, facilitado por el consejero de Educación, Formación Profesional y Universidades del Gobierno de Cantabria, Sergio Silva Fernández, refleja además una realidad difícil de ignorar: el suicidio es hoy la principal causa de muerte entre los jóvenes. Un contexto que ha obligado a reforzar el papel de la escuela, que ya no solo enseña, sino que también cuida.
En los pasillos de los institutos, la salud mental ha dejado de ser un tema invisible. Profesores, orientadores y equipos de bienestar se han convertido en la primera línea de detección. No porque tengan todas las respuestas, sino porque están cerca.
“Se están dando las dos cosas”, señala González. “Por un lado, hay un aumento del malestar emocional en adolescentes. Pero, por otro, la detección ha mejorado notablemente. Antes muchas situaciones pasaban desapercibidas; ahora se identifican antes y se actúa con mayor rapidez”.
Las señales no siempre son evidentes. A veces se manifiestan como cambios bruscos de comportamiento, aislamiento, irritabilidad o una caída repentina del rendimiento académico. En otras ocasiones aparecen en forma de comentarios velados, frases que expresan cansancio o deseo de desaparecer.
“También pueden surgir autolesiones o verbalizaciones indirectas de desesperanza”, añade la psicóloga. Indicios que, sin una mirada atenta, podrían confundirse con conflictos propios de la adolescencia.
En este escenario, el profesorado ocupa una posición especialmente delicada. No se les pide que sean terapeutas, pero sí que sepan observar.
“El profesorado no tiene que convertirse en especialista en salud mental”, aclara González. “La clave está en contar con herramientas básicas para detectar señales, saber cómo actuar y, sobre todo, a quién derivar. Lo importante es no mirar hacia otro lado”.
Los protocolos, como el implantado en Cantabria, están diseñados precisamente para eso: ofrecer un marco de actuación cuando surge la duda, cuando algo no encaja. Son una red que se activa desde la sospecha, no desde la certeza.
La respuesta, sin embargo, no puede limitarse a reaccionar. Cada vez con más fuerza, la prevención se construye en lo cotidiano, en lo que se enseña antes de que aparezca la crisis.
Programas como ZIUR —una iniciativa educativa orientada a prevenir la conducta suicida y fortalecer el bienestar emocional del alumnado de Secundaria— buscan precisamente eso: dotar de herramientas. Aprender a identificar emociones, gestionar conflictos y pedir ayuda.
“Es fundamental que los adolescentes sepan poner nombre a lo que sienten, que aprendan a tolerar el malestar y que tengan claro a quién acudir”, explica González. “Y, sobre todo, que sepan que, cuando pidan ayuda, habrá una respuesta”.
La educación emocional deja así de ser un complemento para convertirse en una pieza central del sistema educativo.
Porque, en muchos casos, lo que se manifiesta en clase no nace allí.
“En consulta vemos que muchos de los comportamientos que preocupan —ansiedad, irritabilidad, aislamiento o conductas de riesgo— no surgen de la nada”, señala la psicóloga. “Son formas de adaptación a experiencias previas, a la historia de vida de cada alumno”.
En esa historia influyen múltiples factores: la familia, su estructura, las dinámicas internas y la calidad de los vínculos. Por eso, insiste, la respuesta no puede ser aislada.
“Es clave reforzar la coordinación entre el centro educativo, la familia y los servicios de salud mental”, subraya.
Los 166 protocolos activados en Cantabria no son solo una cifra. Son el reflejo de un sistema que empieza a mirar de frente una realidad compleja.
La escuela se ha convertido en un espacio donde detectar, acompañar y, en muchos casos, sostener. Pero el reto es mayor: construir una cultura preventiva que no dependa únicamente de la urgencia, sino del cuidado cotidiano.
Porque, como muestran estas cifras, la emergencia no siempre hace ruido. A veces, simplemente, está sentada en un pupitre.
