Rosa Visiedo apuesta por José Masip como relevo en la ACDP
Rosa Visiedo habla de la universidad como quien habla de una casa compartida: con firmeza, pero también con cercanía. En su paso por La Charleta Educativa, la rectora de la Universidad CEU San Pablo proyecta una idea de liderazgo académico muy reconocible en ella: presencia, diálogo con los alumnos, respeto por el trabajo bien hecho y una defensa tranquila, pero sólida, del proyecto educativo que representa. La conversación avanza con naturalidad, sin estridencias, y deja una sensación clara: Visiedo sigue entendiendo la universidad como un espacio para escuchar, debatir y construir sentido.
En el tramo final de la conversación, Rosa Visiedo deja una de las frases con más lectura interna del episodio al referirse al futuro de la ACDP. Sin llegar a formular un apoyo explícito, la rectora de la CEU San Pablo se muestra partidaria de la continuidad tras la presidencia de Alfonso Gullón de Mendoza y sitúa a José Masip como una figura con “carácter y con inteligencia” para asumir ese nuevo tiempo. Visiedo matiza que no tiene candidato ni voto, pero su respuesta, cargada de aprecio personal y confianza política, dibuja a Masip como el nombre que mejor encarna esa posible continuidad.
Uno de los momentos más incisivos de la conversación llega cuando Rosa Visiedo entra en el debate sobre los llamados “chiringuitos educativos”. La rectora rechaza de plano que esa etiqueta pueda aplicarse al CEU San Pablo y reivindica el peso de una institución con 93 años de trayectoria, profesorado consolidado y antiguos alumnos presentes en puestos destacados dentro y fuera de España.
Desde ahí, su respuesta no se limita a una defensa corporativa, sino que enlaza con una crítica más amplia al nuevo decreto universitario, que considera innecesario en algunos puntos, poco útil para mejorar la calidad y lesivo para la autonomía universitaria y la libre competencia. Visiedo pone como ejemplo la limitación del número de títulos que pueden verificarse en un curso y el umbral mínimo de 4.500 alumnos, que ve arbitrario y contradictorio, especialmente para universidades jóvenes.
Frente a la simplificación del término “chiringuito”, sostiene además que son las familias y los estudiantes quienes, en un contexto de gran oferta, comparan, se informan y terminan distinguiendo entre proyectos solventes y meras fábricas de títulos.
La rectora también se muestra crítica con algunos puntos del nuevo decreto universitario. Su objeción principal no es ideológica, sino de fondo: considera que hay medidas que no mejoran la calidad y que, además, pueden resultar contradictorias o poco útiles para el desarrollo del sistema. Entre ellas cita la limitación del número de títulos que pueden verificarse por curso o el establecimiento de umbrales de alumnado que, a su juicio, no guardan una relación convincente con la excelencia académica.
Visiedo insiste en que el CEU comparte cualquier iniciativa que refuerce la calidad, pero rechaza aquello que entienda como una intervención innecesaria o como una restricción de la autonomía universitaria. Su discurso, de nuevo, evita la confrontación áspera y se mueve en el terreno de la crítica razonada. En la entrevista no hay exceso de ruido, sino una defensa metódica de la idea de que la universidad necesita estabilidad normativa, transparencia y margen para crecer con sentido.
Si hay un asunto que atraviesa toda la entrevista con especial intensidad es la inteligencia artificial. Visiedo la presenta como uno de los grandes retos de los próximos años y no solo para la educación, sino para el conjunto de la sociedad. Su posición es nítida: la IA debe incorporarse, no negarse, porque ya forma parte de la vida académica y profesional. Pero esa incorporación ha de hacerse con rigor académico, ética, responsabilidad y transparencia.
La rectora explica que la universidad trabaja en programas de formación para profesorado, personal de administración y estudiantes, y que el objetivo no es solo usar la herramienta, sino aprender a usarla bien. Plantea incluso que el alumnado declare cuándo la utiliza, del mismo modo que antes se citaban fuentes bibliográficas. La idea, en el fondo, es sencilla y exigente a la vez: si la tecnología acelera procesos, la universidad debe responder elevando el nivel de profundidad, no rebajándolo.
La conversación se adentra después en el ideario del CEU y en el humanismo cristiano. Visiedo lo defiende con naturalidad, sin convertirlo en una frontera cerrada. Explica que la libertad de cátedra es esencial, pero que también lo es el respeto al proyecto institucional que cada profesor acepta al incorporarse. En su visión, la universidad puede y debe ser plural, siempre que esa pluralidad no diluya la identidad de la casa.
Más allá del marco doctrinal, lo más interesante es su reflexión sobre los jóvenes. Visiedo cree que buscan sentido, una orientación para su vida y su futuro, y que la universidad no solo debe enseñar contenidos, sino ayudarles a construir un proyecto vital. Ahí emerge con fuerza el componente humano de su discurso: la universidad como lugar donde se aprende a pensar, pero también a decidir quién se quiere ser.