Sobreprotección

Hablamos de la sobre protección. Ese exceso tan extendido en nuestras familias, sobre todo en sociedades occidentales. Tenemos unas familias, la mayoría, mínimas con uno o como máximo dos hijos, donde todo gira en torno a ellos.
Les queremos tanto y repartimos tan poco el cariño, que esta sobreabundancia de protección y desvelo genera lo contrario de lo que pretendemos como sociedad.
Afirma Gregorio Luri que la sobreprotección es una forma de maltrato” y María Montesori que “facilitar las cosas en exceso a los niños, en lugar de ayudarles, sirve para estancarlos”.
Su máxima educativa; “no hay que hacer nada a un niño que este sea capaz de hacer por si mismo”, ha sido totalmente olvidada. Incluso en los centros educativos, infantilizamos la etapa primaria y extendemos ésta a la secundaria.
Protegemos tanto a los niños, que como un árbol de gran sombra, les impedimos crecer y luchar por el Sol. Hoy escoltamos nuestros hijos, no solo les acompañamos. Oímos a padres hablando con otros padres que tenemos deberes, sin entender que los tienen ellos. Igual que los pequeños conflictos escolares desembocan en enfrentamientos familiares.
Evitamos cada vez más el juego libre, ese gran master en negociación infantil, pautando todo para evitar el conflicto, cuando el conflicto es inherente a las relaciones de infancia y aprender a gestionarlo es uno de los grandes aprendizajes.
De hecho a prender a convivir es una de las grandes herramientas de la educación y busca la autonomía de los niños en su relación con sus iguales.
Esto ha provocado que varias generaciones de niños nacidos a finales de los 90 y en los 2000 no transiten como deberían de la adolescencia a la vida adulta, con sus responsabilidades asociadas. Asumimos con plena fe (y sin la más mínima prueba), que una crianza más amable sólo podía producir niños mejores. ¿Acaso no debían crecer las flores entre algodones? Pero resulta que crecen mejor en la tierra.
La obsesión por la seguridad es la respuesta a por qué la generación que tuvo sus hijos en los 90 decidió que su papel debía consistir en hipervigilarlos, y eliminar cada obstáculo en su camino, algo para lo que la tecnología se presentó como la aliada perfecta.
La cultura del miedo que domina la crianza moderna hace que los padres dilaten cada vez más en cuestiones como la edad en la que los niños pueden salir solos a la calle, quedarse en casa sin supervisión o desplazarse solos al colegio.
Como padres o educadores, nos enfrentamos a una cultura obsesionada con el “pensamiento pesimista”: pensar primero en el peor de los escenarios y actuar como si fuera probable que ocurriera. Esto ha provocado un descenso en el tiempo que los niños pasan jugando fuera por miedo a que sean secuestrados por un extraño (una posibilidad de entre uno de 1,5 millones), una sobrecompensación con actividades extraescolares para mantener una infancia ocupada, y una disminución en el número de niños que van solos al colegio antes de los doce años, de hecho en los colegios esto se da prácticamente solo en hijos de inmigrantes extranjeros.
Esto puede tener riesgos a largo plazo para el niño, que necesita de esas experiencias para conocer su propio cuerpo, saber hasta dónde puede llegar y cuál es el límite. Privar al niño de peligro, es privarle de desarrollar la capacidad de analizar por sí mismo el riesgo que entraña una situación. Y justo el objetivo de educar a un niño es garantizar que sepa desenvolverse solo.
Mucho más juego, sin supervisión. Más independencia infantil. Así es como los niños desarrollan de forma natural sus habilidades sociales, superan la ansiedad y se convierten en jóvenes adultos autónomos.
En España, por ejemplo, solo el 18% de los niños juega una hora al día fuera de casa, el 70% de los niños de 8 a 12 años nunca va al colegio sin compañía y el 67 % de los niños comienzan a ir a actividades extraescolares entre los 2 y los 4 años.
Quitando las épocas en las que hubo explotación laboral infantil y esclavos, es la primera vez que a los niños se les priva de tanta libertad. Les estamos privando de la infancia, haciéndolos depresivos y ansiosos.
Además, las estadísticas no dan la razón a los miedos de los padres. Lo cierto es que las sociedades occidentales son seguras, las eventualidades que más temen los padres son extremadamente poco probables y, la mayoría de las veces, lo peor que puede ocurrir es que el niño experimente miedo, incomodidad o frustración, pero no una tragedia real.
Para Skenazy, hay tres factores que explican la mentalidad hipervigilante de muchos padres. En primer lugar, el auge de las noticias veinticuatro horas: la necesidad de rellenar la parrilla favoreció la transmisión permanente de los casos más morbosos. En segundo lugar, el mercado encontró un nicho muy jugoso en los desvelos paternos, lo que llevó a la aparición de todo tipo de productos “de protección” indispensables (sin los que todos los bebés de la historia habían crecido), como rodilleras para el gateo o arneses para aprender a andar. Por último, la irrupción del smartphone permitió tener a los niños entretenidos y tranquilos a plena vista, pero también controlar todas sus conversaciones y su ubicación en tiempo real.
Porque la obsesión por la seguridad no se agota en el plano físico. Los padres no solo quieren asegurarse de que a sus hijos no les pasa nada, no les duele nada, no están en peligro. Quieren “asegurarse” de que son felices y hacen depender toda su identidad de ello.
La mayoría anteriores generaciones volvíamos a casas vacías después de clase; sin embargo, en retrospectiva, ese nivel de abandono hoy justificaría a todas luces una visita de los servicios sociales.
Nuestros padres asistían a pocos de nuestros partidos de fútbol; pero si nosotros los saltamos, incluso un simple entrenamiento de nuestros hijos, nos sentimos o nos hacen sentir, como si los hubiéramos abandonado en una estación de autobús.
Y así es como toda una generación de padres se ha convencido de que nuestro trabajo es estar, en palabras de Skenazy, “siempre presente: animando, siendo testigo y, con bastante frecuencia, documentándolo todo”.
A medida que las sociedades se hicieron más seguras para los niños, los padres y educadores hemos acabado convencidos de que cualquier cosa que les pase es culpa nuestra. Somos los responsables últimos de su éxito o su fracaso, así que tenemos un tipo de crianza basada en la validación emocional constante, en la pedagogía sin castigos y en los concursos en los que todos ganan. Y luego esos niños llegan como adultos al lugar de trabajo y esperan los mismos aplausos permanentes.
¿El resultado, entre otros? Los datos de salud mental y la incapacidad de muchos adolescentes para gestionarse en la vida diaria ya nos indican que este modelo no está siendo especialmente fructífero. Así que, recomienda Skenazy, “déjate ir” un poco.
Pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia: apaga la ubicación del móvil de tu hijo, o quítaselo directamente, déjale ir a por el pan, mándale en bici a casa de la abuela, deja que el mayor se encargue unas horas de los pequeños, llévale al cine a ver una película solo con sus amigos, ponle a cargo de la cena una vez a la semana, dile “lo superarás” cuando esté frustrado y pasa a otra cosa. “Se trata de conseguir niños que sean a prueba del mundo, no un mundo a prueba de niños”, concluye.
En ocasiones es necesario rescatar a los hijos de nosotros mismo y como cita María Calvo somos expertos en proteger pero no en liberar.
Decía Goethe que “la familia nos da raíces y alas”, no les neguemos estas últimas.