UIC Barcelona convierte la salud mental adolescente en un debate educativo de primer nivel
La preocupación por la salud mental de los jóvenes ya no es una cuestión secundaria. En Barcelona, la UIC (Universitat Internacional de Catalunya) reunió a docentes, clínicos e investigadores en la jornada ‘Acompañar la fragilidad: salud mental y vínculos en la adolescencia’, una cita pensada para ofrecer respuestas a los retos educativos y emocionales que hoy atraviesan las aulas. La iniciativa, impulsada por el Instituto de Estudios Superiores de la Familia, reforzó además el papel de la universidad como espacio de encuentro entre la reflexión pedagógica y la práctica profesional.
La sesión se celebró en el campus de Barcelona con una idea de fondo muy clara: entender mejor el mundo adolescente para acompañarlo con mayor criterio. En ese marco, el Dr. Javier Urra presentó el nuevo Vademécum de salud mental y bienestar emocional en la escuela, una herramienta promovida por Siena Educación, Fundación Mapfre y Grupo Anaya que aspira a orientar a los centros en la detección temprana de señales de alarma y en la construcción de entornos más protectores. Hubo un enorme interés en esta presentación de Barcelona, donde el director del Vademécum se desplazó para compartirla con la comunidad educativa catalana.
La jornada, coordinada por UIC Barcelona, puso el foco en la prevención y en el fortalecimiento de los vínculos afectivos, dos elementos que en la adolescencia resultan decisivos para sostener el bienestar emocional. Ese enfoque interdisciplinar entronca con otras reflexiones publicadas por Magisterio sobre la necesidad de abordar la salud mental en la escuela desde una mirada global y no reducida a casos aislados, como recuerda el artículo la salud mental entra en clase.
El programa reunió a perfiles muy diversos: psiquiatría, psicología clínica, pedagogía y docencia. Esa pluralidad permitió abordar la adolescencia desde varias capas a la vez, desde el entorno familiar hasta la relación con la escuela, pasando por el impacto de las pantallas y de las nuevas formas de socialización. En las mesas se subrayó que lo que sucede en casa también se expresa en clase, una idea que atraviesa el conjunto de la jornada y que sirve de recordatorio a los equipos docentes.
Entre los temas tratados estuvieron el bullying, las autolesiones y el riesgo suicida, así como las adicciones comportamentales. También se insistió en la necesidad de una educación afectivosexual integral y en la conveniencia de cuidar al profesorado, porque el acompañamiento del alumnado exige docentes con herramientas, tiempo y apoyo institucional. En esa misma línea, la jornada defendió una mirada clínica, humanista y pedagógica a la vez, orientada a la prevención y al refuerzo de la autoestima y la identidad.
El encuentro se estructuró en bloques que fueron desde la comprensión del mundo adolescente hasta las adicciones comportamentales, con ponencias específicas sobre bullying, autolesiones y riesgo suicida. Esa secuencia permitió aterrizar los grandes conceptos en problemas muy concretos de la vida escolar. La jornada mostró, además, que la respuesta educativa frente a estas situaciones necesita coordinación entre familias, centros y profesionales sanitarios, una idea coherente con el espíritu del Vademécum. Una obra que ya se ha presentado en varias ciudades, como fue en Sevilla el pasado 24 de marzo, y que terminará con Valencia y Zaragoza.
La clausura corrió a cargo de Esperanza Molins, directora de la Fundación Molins, y de Esther Jiménez López, vicerrectora de Estudiantes y Sostenibilidad de UIC Barcelona, que reivindicaron la importancia de impulsar propuestas que ayuden a los profesionales de la educación a afrontar los desafíos actuales. En ese cierre quedó clara la voluntad de convertir estas jornadas en una herramienta estable de formación continua para docentes y familias.
UIC Barcelona enmarca esta cita dentro de un calendario más amplio de actividades formativas del Instituto de Estudios Superiores de la Familia. Con ello, la universidad consolida su apuesta por el acompañamiento a los profesionales de la educación y por la creación de puentes entre investigación, clínica y escuela. La jornada del 10 de abril dejó una conclusión compartida: cuidar la fragilidad adolescente no es solo una tarea sanitaria o familiar, sino una responsabilidad educativa de primer orden.




