Preparar a los alumnos en una era donde la tecnología ya lo hace (casi) todo

Hace apenas algunos años, el hecho de hablar sobre inteligencia artificial en el aula sonaba casi a ciencia ficción, sin embargo, a día de hoy se trata de una realidad con la que conviven miles de estudiantes en en todo el mundo. Según el estudio ‘Educar en la era de la Inteligencia Artificial’, elaborado por ‘Empantallados’ y ‘GAD3’, 8 de cada 10 docentes ya utilizan herramientas de IA generativa en su práctica educativa, además, más de la mitad de estos la utilizan varias veces a la semana.
María de la Rosa Pérez
Profesora de Secundaria del Colegio Europeo de Madrid
4 de mayo de 2026
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Los algoritmos son capaces de resumir textos, generar esquemas, corregir redacciones y proponer ideas para trabajos de investigación, por lo que, muchos profesores y también familias se preguntan (y con razón) qué queda por enseñar cuando las máquinas hacen cada vez más cosas y, además, resulta que lo hacen bien.

La respuesta, por muy paradójica que pueda sonar, no hay que buscarla en más tecnología, sino que se halla en todo aquello que las máquinas no pueden replicar que, por suerte, todavía es mucho; como la capacidad de razonar con criterio propio, la de relacionarse con los demás, la de gestionar la frustración o la de tomar decisiones en situaciones complejas y ambiguas tras un análisis personal. Todas estas habilidades que, por decirlo de algún modo, no aparecen en los manuales de instrucciones, marcan la diferencia tanto en la vida académica como en la personal y profesional.

Que un alumno sepa cómo manejar una herramienta de inteligencia artificial no significa que sepa cómo pensar, ya que, esta distinción, por muy obvia que parezca, es una de las que más trabajo cuesta trasladar al día a día del aula, puesto que el riesgo real no se encuentra en un simple uso, sino en un uso sin contrastar, cuestionar o entender sus límites.

Un sistema de IA puede cometer errores, reproducir sesgos o simplificar demasiado una realidad compleja y, si el alumno no tiene las herramientas para detectarlo, el problema no es de la tecnología sino de la educación.

Por eso, el pensamiento crítico se ha convertido en una de las competencias más valiosas que los estudiantes pueden desarrollar actualmente, y esto debe convertirse, prácticamente, en una asignatura más, ya que se trata de una manera de acercarse al conocimiento; haciendo preguntas, verificando fuentes o distinguiendo una opinión de un dato contrastado. Por eso mismo, enseñar a los estudiantes del hoy a analizar la información que reciben tiene mucho más valor que enseñarles a memorizar un contenido que, casi con total seguridad, se encuentra disponible tan solo a un par de clics.

Este enfoque, además, encaja perfectamente con la demanda actual del mercado laboral ya que valores como la creatividad o la capacidad de adaptación son solo algunas de las habilidades más demandadas por las empresas, precisamente por tratarse de aquellas que la automatización no puede sustituir.

La importancia de la inteligencia emocional en el proyecto educativo

Junto al pensamiento crítico, la inteligencia emocional ocupa una posición central en la educación del siglo XXI. Aunque a menudo sigue tratándose de la gran asignatura pendiente, por suerte ya son muchos colegios los que la sitúan como uno de los pilares básicos de su proyecto educativo. Y esto es totalmente esencial.

Sin duda, tener la capacidad de identificar las propias emociones, manejar la frustración en situaciones de fracaso, desarrollar empatía o trabajar correctamente en equipo no son habilidades menores ni complementarias, son la base sobre la que se sostiene un buen aprendizaje y personalidad, por lo que, hacer que esto forme parte de un currículo académico es algo que no podemos pasar por alto.

Un estudiante que no sabe cómo gestionar la presión, difícilmente podrá aprovechar las herramientas digitales que tiene a su disposición, igual que, en el caso de que no sepa trabajar con otros, tampoco podrá sacar partido a ninguna metodología por innovadora que sea. La tecnología puede amplificar las capacidades de quien ya tiene una base sólida, pero no sustituye aquello que no se ha construido, por eso, invertir en educación emocional desde las primeras etapas es una condición necesaria para que el resto del aprendizaje funcione.

En definitiva, preparar a los alumnos para un mundo en el que la tecnología tiene la capacidad de hacerlo casi todo, no significa enseñarles a competir con las máquinas, sino enseñarles a ser todo aquello que una máquina nunca podrá replicar, es decir, ser personas capaces de conectar, de crear, de liderar, de equivocarse y de aprender de ello. Eso es, precisamente lo que marca la diferencia entre una educación de calidad y una simple transmisión de conocimientos de forma artificial.

María de la Rosa Pérez, profesora de Secundaria del Colegio Europeo de Madrid

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