La enseñanza de la Religión en la escuela pública: entre el debate y la práctica educativa
La actual LOMLOE ha reforzado su condición voluntaria y ha modificado su peso en la trayectoria académica del alumnado, reavivando un debate que combina argumentos pedagógicos, jurídicos y sociales.
Sin embargo, más allá de la discusión normativa, la realidad del aula muestra prácticas que invitan a matizar las posiciones más polarizadas.
Desde la experiencia docente, algunos profesionales defienden su valor como herramienta educativa. Es el caso de María José López Gutiérrez, con 35 años de trayectoria en centros educativos de Cantabria, quien plantea una visión centrada en el alumnado y en el desarrollo personal.
Uno de los aspectos clave en el debate es la distinción entre enseñanza religiosa y transmisión de creencias. En el ámbito escolar, la asignatura se plantea –según esta perspectiva– desde un enfoque cultural y académico.
“La religión se presenta, no se impone”, explica la docente. El objetivo no sería inculcar una fe concreta, sino ofrecer al alumnado herramientas para conocer tradiciones, interpretar referencias culturales y construir un pensamiento propio.
En aulas marcadas por la diversidad cultural y social, la asignatura puede convertirse en un espacio para el diálogo y el respeto. Conceptos como la convivencia, la tolerancia o la solidaridad se trabajan a partir de experiencias cercanas al alumnado.
Más allá del contenido religioso, el énfasis se sitúa en los valores compartidos y en la construcción de un clima de aula basado en la confianza.
La dimensión educativa no se limita a los contenidos. El papel del profesorado resulta determinante en la transmisión de actitudes y comportamientos.
“Los alumnos observan constantemente”, señala López Gutiérrez, subrayando la importancia de la coherencia entre discurso y práctica. En este sentido, la función docente adquiere una dimensión formativa que va más allá del currículo.
“Los niños me enseñan más a mí que yo a ellos”, afirma. Su práctica parte de la escucha activa como base del proceso educativo. Ante situaciones de conflicto o desmotivación, prioriza comprender el contexto emocional y social del alumnado.
Este enfoque sitúa el aula como un espacio de acompañamiento, donde los contenidos sirven como punto de partida para trabajar habilidades como la empatía, la reflexión o la gestión emocional.
A pesar de estas experiencias, la asignatura ha ido perdiendo peso en el sistema educativo en los últimos años. La reducción horaria y su carácter optativo reflejan una tendencia que algunos interpretan como una progresiva marginalización.
El debate, sin embargo, sigue abierto: mientras unos sectores cuestionan su lugar en la escuela pública, otros defienden su continuidad en base al derecho de las familias y a su valor cultural.
