Las mejores gafas

Jueves, 7 de mayo de 2026
0

Llevo bloqueada una eternidad, aunque… en realidad no ha sido para tanto, pero el tiempo trascurre a paso de caracol cuando una se encierra en su miseria adquirida.

Creo que estoy saltándome varias de las reglas que se aplican a un artículo de opinión, a cuenta de este rollo de «Oh, qué pena doy. Por favor, léeme». Además, no resulta muy original el término “miseria adquirida”. Sin embargo, estoy segura de que podemos aprender algo a partir de lo que voy a contar, así que átense fuerte los cinturones porque no pienso decorar mi discurso con florituras convencionales.

La miseria adquirida es un estado de sufrimiento interno que muchos humanos hemos experimentado (de esto último, estoy segura), pues somos propensos a sentir lástima de nosotros mismos, a buscar razones ajenas que justifiquen nuestro vacío. A mí, por ejemplo, me carcomía la posibilidad de no ser una persona especial, de que nunca nadie me eligiera como a Emmet Brickowski (protagonista de “La Lego Película”) lo eligió el destino. Entiendo que a otras personas les duela no llegar a su peso ideal, o no poder comprarse un piso, pero mi problema consiste en el miedo irracional a no ser imprescindible. Aquí cada loco con su tema, como se suele decir.

Pero mi miedo no es real. Me explico: si tienes miedo a las arañas, cuando hay una araña te asustas, pero si no la hay, pues no. En mi caso, recibir un premio o sacar un diez en un examen de la carrera nunca serán indicadores objetivos de mi singularidad. Por tanto, no hay nada que pueda asegurarme de que he llegado a la meta, a ese anhelado estado de tranquilidad. Dicho de otra manera, al perseguir un objetivo ficticio (consciente o inconscientemente) uno se condena a vivir en la miseria porque nada de lo que haga tendrá significado si no puede conseguir lo que quiere o necesita.

«¡Pues sí que estamos bien!», pensará el lector, pues la clave se esconde en que nada de lo que haga será suficiente. Lo repito: nada de lo que haga será suficiente. Llegar a esta conclusión es como recibir un cubo de agua fría. Aceptar que mi juez interior nunca estará satisfecho, produce una sensación de libertad de la que no todos pueden presumir. Aquí esta el quid: ¿por qué no hago lo que disfruto? Hacer lo que no disfruto me llevará a ningún sitio.

Confieso que pensaba que los artistas que hablan de “disfrutar el proceso creativo” estaban compinchados al proclamar de una vez la misma mentira. Me parecía una utopía, un imposible. Pero, pensándolo bien, si mi identidad -irremediablemente atascada en la temida grisura- no depende de un resultado, debo reconocer que el proceso resulta incluso amable. Adaptar mi realidad a este simple cambio de visión es conseguir una herramienta que me otorga un superpoder. No mola tanto como ser un maestro constructor en la peli de Lego, pero sigue siendo magia (la misma magia que la niña que fui creyó que poseería algún día).

Este descubrimiento paradójico me ha llevado a escribir estos párrafos. Aunque parezca contradictorio, quitarles peso a las decisiones y afrontar la vida como si fuera un constante descubrimiento, un juego, es lo que me ha impulsado a redactar sin miedo. Y, antes de que se me pueda tachar de ingenua, debo aclarar que sigo viendo la realidad con la misma nitidez que antes. Es decir: soy consciente de que el mundo es complejo y frecuentemente injusto, pero prefiero verlo a través de unas gafas de sol con montura rosa de mariposa que con unas lentes transparentes.

Patricia Olabarri, ganadora de la XX edición www.excelencialiteraria.com

0
Comentarios