Volver a relacionarse: programa de habilidades sociales tras una situación de acoso escolar en Educación Primaria

Este artículo presenta una intervención individual de habilidades sociales con una alumna de 4º de Primaria que, tras sufrir acoso escolar, mostraba aislamiento y dificultades para relacionarse. A través de un programa estructurado en cuatro sesiones, se trabajaron la identificación emocional, la iniciación social y la participación en el recreo. La intervención favoreció el aumento de la seguridad, la iniciativa social y la integración progresiva en el grupo de iguales.
Blanca Monzó y Claudia RománMartes, 12 de mayo de 2026
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Las habilidades sociales constituyen un elemento esencial en el desarrollo integral del alumnado. Saber iniciar una conversación, participar en un juego o expresar emociones de manera adecuada son competencias que influyen directamente en la autoestima, el bienestar emocional y la integración en el grupo de iguales.

La interacción social no siempre se adquiere de forma espontánea. En algunos casos, especialmente cuando han vivido experiencias negativas como el acoso escolar, pueden aparecer dificultades significativas para relacionarse. El miedo al rechazo, la inseguridad o la falta de estrategias adecuadas pueden generar conductas de evitación y aislamiento.

Punto de partida: una alumna con deseo de relacionarse, pero sin herramientas

La intervención se inició tras la incorporación al centro de una alumna que había sufrido acoso escolar en su colegio anterior. Esta experiencia tuvo un impacto importante en su trayectoria educativa y personal, ya que, como consecuencia de la situación vivida, permaneció un curso sin escolarizar, recibiendo apoyo educativo en el domicilio.

Desde los primeros días en el nuevo centro se observaron algunos comportamientos que llamaron la atención del equipo educativo. La alumna mostraba una clara tendencia al aislamiento, permanecía sola en determinados momentos de la jornada escolar y apenas iniciaba interacciones espontáneas con sus compañeros. Estas dificultades se hacían especialmente visibles durante el recreo, un espacio menos estructurado en el que se requiere mayor iniciativa personal.

No obstante, en las entrevistas mantenidas con ella, la alumna expresó de manera clara su deseo de tener amigos, participar en las actividades con otros niños y sentirse parte del grupo. Manifestaba interés por acercarse a sus compañeros, pero al mismo tiempo reconocía que no sabía muy bien cómo hacerlo o que sentía miedo a ser rechazada.

Esta contradicción entre el deseo de relacionarse y la dificultad para hacerlo puso de manifiesto la necesidad de diseñar una intervención específica. Se consideró fundamental ofrecerle herramientas concretas, sencillas y aplicables a situaciones reales del día a día escolar, así como crear un entorno de confianza en el que pudiera practicar sin miedo al error.

Una intervención breve, estructurada y centrada en la práctica

Se diseñó un programa individual de habilidades sociales compuesto por cuatro sesiones de 45 minutos, desarrolladas en el despacho de orientación. Este espacio permitió generar un entorno seguro en el que la alumna pudiera expresarse sin presión.

El programa se centró en cuatro ejes fundamentales: comprensión y gestión de emociones, aprendizaje de estrategias concretas de interacción, práctica guiada mediante simulación y aplicación en contextos reales.

3.1. Reconocer emociones para poder actuar

En la primera sesión se trabajó la identificación emocional a través del “semáforo de las emociones”. Esta herramienta permitió a la alumna reconocer cómo se sentía en situaciones sociales: miedo (rojo), duda (amarillo) o seguridad (verde).

Este primer paso resultó fundamental, ya que muchas veces la dificultad no está solo en qué hacer, sino en comprender qué está ocurriendo a nivel interno. A partir de esta toma de conciencia, se introdujeron pequeñas estrategias de regulación, como la respiración o el pensamiento positivo.

Identificar emociones es el primer paso para mejorar la interacción social.
3.2. Aprender qué decir y cómo decirlo

En la segunda sesión se abordó uno de los aspectos clave para favorecer la relación con los iguales: cómo iniciar una interacción de manera adecuada. Para ello, se utilizaron tarjetas con frases sencillas y cercanas a situaciones reales del contexto escolar, como saludar, pedir participar en un juego, hacer una pregunta o iniciar una conversación breve con un compañero.

Durante la sesión no solo se trabajó el contenido verbal de los mensajes, sino también otros aspectos fundamentales de la comunicación no verbal, como el tono de voz, el contacto visual, la postura corporal, la distancia interpersonal y la expresión facial. Estos elementos resultaron especialmente importantes, ya que influyen directamente en la forma en que los demás reciben el mensaje y en la seguridad con la que la alumna se muestra ante sus compañeros.

La intervención se desarrolló mediante el modelado por parte del adulto, la práctica guiada y la repetición de distintas situaciones simuladas. Primero, la alumna observaba cómo podía realizarse la interacción; después, ensayaba la frase con apoyo y, progresivamente, se le fue dando mayor autonomía.

Tarjetas de apoyo utilizadas para practicar formas sencillas de iniciar una interacción con los compañeros.
3.3. Ensayar antes de enfrentarse a la realidad

La tercera sesión se centró en la práctica mediante role-playing. Se recrearon situaciones habituales del recreo y la alumna ensayó cómo actuar en cada caso.

Este entrenamiento permitió reducir la ansiedad, ya que se anticipaban posibles escenarios y se ofrecían respuestas concretas. Además, el feedback inmediato facilitó la mejora progresiva.

El ensayo guiado favorece la adquisición de habilidades sociales.
3.4. Del despacho al recreo: el paso más importante

La última sesión se centró en la aplicación real. Se elaboró un pequeño plan para el recreo, ayudando a la alumna a anticipar qué hacer antes, durante y después.

Este paso fue clave para la generalización. No basta con aprender en un entorno protegido; es necesario trasladar esos aprendizajes a la vida cotidiana.

Como cierre, se le entregó un diploma de reconocimiento, reforzando su esfuerzo y su valentía.

El refuerzo positivo contribuye a consolidar la autoconfianza.
Resultados: pequeños avances que generan grandes cambios

A lo largo de la intervención se observaron cambios significativos. La alumna mostró una mayor disposición a participar, utilizó algunas de las frases aprendidas y comenzó a acercarse a otros compañeros en el recreo.

Aunque el proceso fue progresivo y no exento de dificultades, se evidenció un aumento en su seguridad y en su iniciativa social. Asimismo, mejoró su capacidad para expresar emociones y gestionar la frustración.

Estos avances, aunque puedan parecer pequeños, tienen un gran impacto en la experiencia escolar del alumnado.

Conclusiones

La experiencia descrita pone de relieve la importancia de intervenir de manera explícita, planificada y continuada en el desarrollo de las habilidades sociales, especialmente en el caso de alumnado que ha vivido situaciones de vulnerabilidad personal, familiar, social o educativa.

Por ello, resulta fundamental que el centro educativo no limite su intervención al ámbito estrictamente académico, sino que contemple también el acompañamiento emocional y social como parte esencial del proceso educativo. Un programa breve, estructurado y centrado en la práctica puede generar cambios significativos cuando se diseña a partir de las necesidades concretas del alumno, se plantean objetivos realistas y se desarrolla en un entorno seguro, cercano y de confianza.

Asimismo, la adaptación de la intervención a las características individuales del alumno favorece una mayor implicación y facilita que los aprendizajes adquiridos puedan transferirse progresivamente a otros contextos, como el aula ordinaria, el recreo, el trabajo en grupo o la relación con sus iguales.

Además, este tipo de intervenciones no solo favorecen la integración social y la participación activa en la vida escolar, sino que también contribuyen al bienestar emocional y al desarrollo personal del alumnado. Sentirse escuchado, aceptado y capaz de relacionarse de forma más segura con los demás puede mejorar la autoestima, aumentar la confianza en uno mismo y reducir sentimientos de soledad, ansiedad o inseguridad.

En definitiva, trabajar las habilidades sociales desde una perspectiva educativa e inclusiva supone ofrecer al alumnado herramientas esenciales para su presente y para su futuro, promoviendo una convivencia más positiva y una mayor igualdad de oportunidades.

Blanca Monzó y Claudia Román (CEIP Santo Domingo (Alicante).

Para saber más

  • Referencia 1: Aranda-Vega, E. M. (2025). Habilidades sociales en estudiantes de educación primaria de contextos interculturales (Doctoral dissertation, Universidad de Granada).
  • Referencia 2: da Hora, J. D. C. A., & Soares, A. B. (2024). ENTRENAMIENTO DE HABILIDADES SOCIALES CON NIÑOS DE ESCUELA PRIMARIA. Acinnet-Journal, Academic Mobility and Innovation ISSN: 2763-7395, 10(1), 269-291.
  • Referencia 3: Kurniawan, L., Sutanti, N., & Nuryana, Z. (2022). Symptoms of post-traumatic stress among victims of school bullying. International Journal of Public Health Science (IJPHS), 11(1), 263.

Ágora de profesores

Reflexión para el claustro

  • ¿Estamos enseñando de forma explícita las habilidades sociales o damos por hecho que el alumnado ya las posee?
  • ¿Qué espacios del centro (recreo, aula, actividades grupales) pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje social?
  • ¿Cómo podemos detectar a tiempo al alumnado que quiere relacionarse pero no sabe cómo hacerlo?

Propuesta práctica

Se propone que el profesorado incorpore de manera sistemática pequeñas rutinas de entrenamiento social en el aula, como el uso de frases modelo, dinámicas de role-playing o espacios de reflexión emocional.
Asimismo, se recomienda reforzar positivamente cualquier intento de interacción, independientemente del resultado, para fomentar la iniciativa social.

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