Dos ciudades, una misma pregunta
El Papa expuso al Santísimo y más de medio millón de personas, la gran mayoría jóvenes, se arrodillaron.
La semana pasada estuve en París con mis hermanos. El sábado por la tarde paseábamos por los jardines donde se encuentra la Torre Eiffel. Habíamos preparado unos bocadillos para cenar al aire libre y nos sentamos a contemplar la ciudad. Era una de esas escenas sencillas que uno guarda para siempre. Aquella noche se jugaba la final de la Champions. La tensión se respiraba en el ambiente. De repente, un rugido colectivo recorrió París. La Torre Eiffel se iluminó. Los fuegos artificiales comenzaron a colorear el cielo. La ciudad celebraba.
Y entonces llegaron las primeras sirenas. Lo que unos minutos antes parecía una fiesta empezó a transformarse en algo distinto. Grupos de jóvenes corrían, gritaban y lanzaban petardos contra los cuerpos de seguridad. La euforia se convirtió en enfrentamientos, destrozos y miedo. Al llegar al metro, un fuerte olor a quemado nos envolvió. Después llegó el escozor en los ojos y en la garganta. Gas lacrimógeno dentro de los túneles. Por un instante pensé que no íbamos a poder salir de allí.
Lo que vimos después parecía una escena de guerra. Policías protegidos tras escudos. Humo. Sirenas. Tensión. El PSG había ganado. Y no pude evitar hacerme una pregunta que me ha acompañado desde entonces: Si para celebrar una victoria hay que destrozar una ciudad, ¿qué nos está pasando?
Una semana después volví a encontrarme rodeada de jóvenes. Madrid acogía la visita del Papa León XIV. Pero esta vez el ambiente era muy distinto. Se respiraba esperanza. Durante horas vi a chicos y chicas compartir agua, ayudar a familias con niños pequeños y ceder sus sillas a las personas mayores. Y pensé: qué extraordinaria puede llegar a ser la misma juventud cuando encuentra algo que merece realmente la pena y alguien que se lo propone.
Entonces ocurrió algo que difícilmente olvidaré. En plena Castellana. En una de las avenidas más importantes de Europa. Se hizo el silencio. No un silencio impuesto. No un silencio de protocolo. Un silencio elegido libremente por cientos de miles de personas. El Papa expuso al Santísimo y más de medio millón de personas, la gran mayoría jóvenes, se arrodillaron. No hubo empujones. No hubo insultos. No hubo violencia. Solo silencio. Y en medio de aquel silencio comprendí algo. Quizá llevamos años haciéndonos la pregunta equivocada sobre los jóvenes. Nos preguntamos por qué crecen la ansiedad y la soledad. Por qué cuesta tanto comprometerse. Por qué parecen vivir sin horizontes.
Entonces ocurrió algo que difícilmente olvidaré. En plena Castellana. En una de las avenidas más importantes de Europa. Se hizo el silencio. No un silencio impuesto. No un silencio de protocolo. Un silencio elegido libremente por cientos de miles de personas
Pero quizá la pregunta verdadera sea otra. ¿Qué les estamos proponiendo para que entreguen su vida? Porque la juventud está hecha para entregarse. Para creer. Para soñar. Para comprometerse con algo más grande que uno mismo. ¿Debe la escuela limitarse a transmitir conocimientos? ¿O educar consiste también en formar personas? Porque enseñar matemáticas, ciencias o idiomas es fundamental. Pero hay preguntas igual de importantes. ¿Quién enseña a perdonar? ¿Quién enseña a servir? ¿Quién enseña a respetar a quien piensa distinto? ¿Quién enseña que una persona vale por lo que es y no por lo que produce?
Muchas veces se habla de los valores cristianos como si fueran un resto del pasado. Sin embargo, cuanto más observo la sociedad que estamos construyendo, más convencida estoy de que siguen siendo profundamente revolucionarios. La revolución de afirmar que toda persona tiene una dignidad infinita. La revolución de perdonar cuando todos reclaman venganza. La revolución de amar cuando resulta más fácil odiar. La revolución de servir cuando el mundo invita constantemente a servirse de los demás. La revolución de creer que nadie está definitivamente perdido.
No son importantes porque lleven la etiqueta de cristianos. Más bien ocurre al revés: el cristianismo ha sabido reconocer, custodiar y elevar algunas de las aspiraciones más profundas del corazón humano. Por eso siguen siendo necesarios. Porque siguen respondiendo a preguntas profundamente humanas. Por eso, cuando vi a cientos de miles de jóvenes rezando, compartiendo, ayudándose unos a otros y guardando un silencio impresionante ante el Santísimo, pensé que aquello era mucho más que un acto religioso. Era una lección de humanidad.
Las dos escenas siguen grabadas en mi memoria. Y me obligan a hacerme una última pregunta. Cuando pensamos en el futuro de nuestras familias, de nuestros alumnos y de nuestra sociedad, ¿qué estamos enseñando a amar? Porque educar no consiste sólo en transmitir conocimientos. Ni siquiera consiste únicamente en enseñar valores. Educar es, sobre todo, enseñar a querer. Al final, cada persona acaba pareciéndose a aquello que ama. Y cada sociedad acaba convirtiéndose en aquello que admira. Porque el corazón humano siempre acaba entregándose a algo. Y de aquello que decidimos amar depende, probablemente, casi todo lo demás.
Inma de Juan, responsable de Comunicación de Arenales Red Educativa.
