El profesor de hoy como asesor familiar

José Mª de Moya
Director de Magisterio
17 de enero de 2017
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Me cuentan que ahora la principal causa de estrés docente es la relación con los padres y madres de los alumnos, por encima, incluso, de la relación con los propios alumnos. Haciendo la salvedad de que los conflictos ordinarios en el terreno educativo tienden a exagerarse, es cierto que la actitud de las familias ha cambiado y que la cordial charla con el profesor de mi hijo se ha vuelto menos cordial. Algunos padres se las saben todas o creen que se las saben todas y cuando uno se entrevista con ellos comprende muchos de los problemas de conducta de sus hijos. Qué se ha de esperar de un hijo con semejante padre, se lamentaba recientemente un profesor no quemado sino directamente achicharrado. Me refiero a esos padres y madres que estúpidamente cuestionan delante de sus hijos la autoridad del profesor, inconscientes de que más pronto que tarde serán ellos los que se verán cuestionados por sus propios hijos. Entonces no valdrá quejarse porque estaremos recogiendo lo sembrado.

Cierto que son los menos, pero los suficientes como para que al profesor se le encoja el estómago cada vez que le piden una entrevista. De ahí la importancia que han cobrado hoy día las técnicas de resolución de conflictos que personalmente me gusta traducir en positivo como adquisición de habilidades sociales. Si nos dotamos de unas mínimas habilidades sociales en el trato con los demás generalmente no habrá conflictos que resolver. Con ciertas destrezas y, sobre todo, mucho sentido común, es fácil evitar que los chispazos cotidianos desencadenen un incendio que será difícil de sofocar.

Pero más allá de técnicas y destrezas, al profesor de hoy se le exige ser un auténtico asesor familiar y, por tanto, le guste o no, debe adquirir una cierta formación en este sentido. Algunas familias no son ese remanso de paz ni ese referente que necesitan los hijos y su influencia en el correcto desarrollo de su personalidad puede ser tan beneficiosa como perjudicial. El buen maestro no deberá caer en la tentación de asumir el papel insustituible de las familias pero sí tiene la obligación profesional y moral de contribuir a una buena orientación familiar. Muchos colegios ya lo están haciendo y muchos profesores se han convertido en auténticos asesores familiares. Tal vez no esperaban llegar a esto cuando estudiaron Magisterio, pero les está sirviendo para reencontrarse con su vocación.

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