Solo para superhéroes

Carmen Guaita
Maestra y escritora
12 de junio de 2018
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El informe Effective Teacher Policies: Insights from PISA recién presentado evalúa la situación del profesorado y su papel en las escuelas que escolarizan alumnos en riesgo de exclusión social. Y llega a una conclusión que todos conocíamos de antemano: los profesores que trabajan en los entornos más desfavorecidos deben ser iconos de la excelencia.

Cuando hablamos de “excelencia del profesor” en los entornos desfavorecidos queremos decir que deben ser personas con vocación y aptitud, resilientes –es decir, capaces de soportar mil inclemencias en pie y con una sonrisa–, que no se agoten al trabajar en solitario, con escasísimos apoyos, con los PTSC y orientadores compartidos con otros centros, con el mismo sueldo que todos los demás, sin reconocimiento alguno de su mérito profesional; personas en constante mejora de su formación, comprensivas, comprometidas socialmente; que acepten una atribución inmensa: la responsabilidad en solitario ante el futuro empleo de sus alumnos, sus ingresos, su salud, su fuga del umbral de la pobreza, su rol en la sociedad…

Hace ya unas cuantas décadas, los profesores aceptamos todas las responsabilidades que no se supieron adjudicar, desde poner en práctica los fundamentos de la democracia hasta cuidar la salud bucodental. Hoy sufrimos la falta de valoración social pero agachamos la cabeza. El hecho es que nuestra mayor fuente de desmotivación como docentes es el desequilibrio entre las expectativas de omnipotencia, nuestros esfuerzos –dispersos en la amplitud de objetivos– y los logros del alumnado.

Ha llegado el momento de decir que la Educación escolar en los entornos desfavorecidos no es omnipotente. Hay una función para ella, otra para la familia, otra para la política educativa y muchas para la sociedad (medios de comunicación, modelos de comportamiento, gestores de los horarios laborales, cuidado de los colectivos en riesgo, facilidad de acceso a la cultura y el arte, inversión en mejoras sociales…

Así que, a la vez que buscamos profesores excelentes para los centros educativos más complejos, debemos establecer con seriedad qué es una escuela, qué son los profesores, cuál es su función y qué se espera realmente de ellos. Porque el profesor excelente, que desea llevar a cabo su tarea en la avanzadilla de las dificultades sociales, necesita que en su entorno se desarrollen seriamente políticas de igualdad, de protección social, de empleo digno. Necesita una llamada de atención a los medios de masas, una puesta en valor de la cultura, que facilite el acceso de todos. Necesita que en los grandes titulares veamos por fin a personas que puedan servirnos a todos de modelo ético.

Por supuesto, ya hay algún periódico que ha aprovechado el tumulto de PISA para destacar: “En las escuelas más difíciles no es cuestión de número de profesores sino de que sean geniales”. ¿Quién aceptará tal reto?

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