Una vida coherente

Martes, 14 de mayo de 2019
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Cuando despachabas con Alfredo Pérez Rubalcaba te hacía sentir que el importante eras tú.

Al principio de los años 90 me recibió como presidente de la recién creada Asociación de Inspectores de Educación (Adide) en su despacho de secretario de Estado y allí me dijo: “Querido Juanito, presidir una Asociación de Inspectores, eso sí que es tener poder”.

Alfredo fue para mí un testimonio de vida entregada a la Política con mayúsculas, a la Política como servicio público, a la reivindicación de la función social del político. La Política fue su gran vocación, cada día, desde muy temprano hasta la madrugada, festivos incluidos. Todavía conservo un email de las 02:04 horas en el que me agradecía la felicitación por haber salido elegido secretario general del partido. Solo el tiempo que pasaba viendo a su Real Madrid en el Bernabéu era la excepción.

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Su característica más admirable fue su ejemplo de austeridad personal, su rechazo a toda vanidad, a todo lujo, a toda vanagloria

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Su característica más admirable fue su ejemplo de austeridad personal, su rechazo a toda vanidad, a todo lujo, a toda vanagloria, “el hombre que no presumía” como le ha definido Juan Cruz. Coherente con una de sus frases favoritas: “O vivimos como pensamos, o terminaremos pensando como vivimos”.

Y cuando dejó todas las responsabilidades institucionales, volvió a su profesión, la docencia. Rechazando cuantas propuestas tuvo para incorporarse a actividades de alta remuneración en la empresa privada. Su despacho era el mejor ejemplo de su personalidad espartana.

A Alfredo nunca le interesó personalmente el dinero, solo le interesó el arte de la política, el de la negociación y el acuerdo, la lealtad a lo pactado, la complicidad con quien negociaba.

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En Educación lo fue todo: director general de Universidades, secretario de Estado y ministro

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En Educación lo fue todo: director general de Universidades, secretario de Estado y ministro. A él le debemos, entre otras muchas cosas, la universalización y la mejora de la Educación Pública. En una reciente visita al Instituto “Lope de Vega” de Madrid dejó expuesto, ante el alumnado de 2º de Bachillerato, lo que hoy las circunstancias lo convierten, a mi modesto entender, en su testamento educativo: “Nuestro sistema educativo es mucho mejor de lo que algunos dicen, como demuestran nuestros estudiantes de Erasmus en las universidades extranjeras. Y es verdad que enseña muy bien los conocimientos, pero no innova ni enseña a innovar. Forma buenos funcionarios, pero no forma empresarios. La mejora de nuestra Educación exige mejorar nuestro sistema de formación del profesorado”.

Poco antes de Semana Santa vi a Alfredo por última vez en una deliciosa conferencia sobre La tabla periódica y la cultura popular, que dio Pilar Goya, su mujer, en la Residencia de Estudiantes y le pregunté por su nueva vida y me dijo: “La verdad es que lo paso muy bien con mis clases en la Facultad”. No olvidaré ya nunca esos minutos llenos de afecto que me dedicó. Fue mi última conversación con él.

Gracias, Alfredo.

Juan López Martínez

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