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Lo complicado no prevalecerá

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A menudo oímos que nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Sin embargo, habitamos –históricamente y en términos absolutos–  en el mejor de los mundos posibles, un lugar abierto sin duda a muchas posibilidades y donde gran parte de la ciudadanía de los países desarrollados (o en vías de desarrollo) tiene la opción libre de granjearse una vida digna. Un mundo éste donde los límites desaparecen y apenas encontramos impedimentos. Por eso tenemos la sensación equivocada de que todo lo conseguido hasta ahora ha sido fácil, no debido al esfuerzo de las generaciones precedentes que trabajaron para construir avances democráticos y su consecuente bienestar material.

El problema, según Ortega, es que nos hemos convertido en unos niños mimados: “Mimar es no limitar los deseos, dar la impresión a un ser de que todo le está permitido y a nada está obligado. La criatura sometida a este régimen no tiene la experiencia de sus propios confines”. (La rebelión de las masas). Y por eso no se valora nada y se piensa que las cosas se dan de forma natural, característica propia de una sociedad infantil que vive el presente sin proyecto, esquivando el conflicto y sin resolver los problemas que la vida plantea. Al final terminamos no sabiendo lo que nos pasa y esto –según Ortega– es precisamente lo que nos pasa, tal que un niño harto de todo y de todos.

Tenemos la sensación equivocada de que todo lo conseguido hasta ahora ha sido fácil, no debido al esfuerzo de las generaciones precedentes que trabajaron para construir avances democráticos y su consecuente bienestar material

Tener experiencia de los confines, de la contención, tan necesarios para seguir creciendo como por ejemplo lo hace la hiedra por el muro, que limita abriendo su camino. Lo dijo el Cándido de Voltaire: “Lo que sé, en verdad, es que es preciso cultivar nuestro jardín”. De lo contrario, la serpiente nihilista emponzoña todo sueño, ahoga cualquier atisbo de verdad.

Jardín Gulbenkian es precisamente el último poemario de J. A. González Iglesias. Propone la vía ascética como arma para encarar la incertidumbre. “Despojado de todo soy mejor”, afirma. Sitúa el jardín como lugar en el que no entra el odio, como emblema de lo sencillo, de la amistad y de la cultura que ennoblece la naturaleza, el arte como regalo del espíritu: “Cercados como estamos por los  muchos que no creen en nada, pidamos que el arte y la poesía nos ayuden a resistir el chantaje de la época.”

En el poema Mañana de Madrid, un hombre, fácilmente identificable con el poeta, va leyendo al mismo tiempo que pasea. Se detiene a meditar, a respirar sin prisa, y mira alrededor. De pronto recuerda “que no hace falta nada más”. La primacía entonces será de la dulzura. Porque “a pesar de lo que pudiera parecer/ lo complicado no prevalecerá».

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