Dialelo educativo e imperativo tecnológico

Juan Francisco Martín del Castillo
Doctor en Historia y profesor de Filosofía
21 de enero de 2020
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© JUAN PABLO RADA

Cada vez que se conocen los resultados del último Informe PISA, se produce una especie de convulsión nacional, en la que los golpes de pecho o, por el contrario, los avisos de que hay que hacer algo nuevo en la Educación son lo más predominante. Tal grado de desesperación o ansiedad, según se vea, genera un malestar en la opinión pública que suele terminar en una refundación de la enseñanza. Esta petitio principii, como antes se decía, provoca un estado que sólo puede definirse como un círculo vicioso o dialelo, que es el vocablo que los griegos empleaban para referirse a esa solicitud de fundamentos. En este caso, el dialelo educativo no es otra cosa que la espiral en la que se encuentra España, y no sólo ella, sino prácticamente la totalidad de los países de la OCDE, salvo excepciones, que no saben qué hacer con unos modelos de enseñanza que, año tras año, prueba tras prueba, se demuestran ineficaces para la mejora de los rendimientos objetivos del alumnado.

La lectura y análisis de los resultados del informe PISA 2019 –como en todos los anteriores, vale decir– sigue este fatal proceso en la mente de muchas personas y, singularmente, en la de los autodenominados “expertos educativos”. En primer lugar, desde las altas instancias internacionales, se da a conocer el problema del país. En un segundo término, se proponen las medidas más dispares para la resolución o “corrección” de la cuestión. Y, finalmente, casi todas las medidas correctoras van en la misma dirección, que es la proclamación del imperativo tecnológico en el ámbito de la enseñanza. Y, esto último, el ciego afán por innovar hasta el extremo de hacer por completo dependiente la labor docente de los recursos aportados por el medio técnico, se suma al círculo vicioso en el cual se halla inmersa de por sí la Educación. Un auténtico dislate, impropio de una civilización como la nuestra, presidida por la Razón, así con mayúsculas, pero que, sorpresivamente, incurre en el error.

"Casi todas las medidas correctoras del 'problema' educativo de España van en la misma dirección, que es la proclamación del imperativo tecnológico en el ámbito de la enseñanza"

Por si no lo sabían, el dialelo educativo viene marcado por una urgencia que determina que han de cambiarse los modelos de enseñanza hasta ahora implantados por ser obsoletos o, supuestamente, improductivos. Entonces, la voluntad innovadora se vuelca, entre otras cosas, en el uso masivo de ordenadores en clase, la normalización de las tablets que contienen aplicaciones para la gamificación de la enseñanza o, tal vez, el empleo de lo lúdico con fines educativos, además de convertir el aula en una sala de proyección, en la que el profesor es una especie de improvisado acomodador, y se esperan a unas nuevas pruebas. El tercer acto del círculo es el del conocimiento de los resultados, que al revelarse como insatisfactorios, hace que se vuelva al comienzo de la rueda. Todo se cifra en la innovación y, perdón por expresarlo de esta manera tan gráfica, a la intervención del Espíritu Santo. Sin embargo, esta no es la solución.

La innovación lúdica ni de lejos es el elemento que hará salir a la Educación de este eterno retorno. El juego tiene como esencia la Emoción, así cono mayúsculas, y lo que necesita cualquier modelo de enseñanza que se precie de tal es justo lo contrario, liberarlo del sometimiento al capricho y la sensiblería. Se impone, pues, la reconciliación con la Razón, de nuevo en capitales, para que la civilización entre por la puerta grande en las aulas de nuestros centros escolares. Así dicho, parece fácil, pero el delirio pedagógico lo está poniendo muy cuesta arriba, ya que sus falsas promesas y la peculiar demagogia de la que se vale están haciendo mella en el tejido social. En tal fortuna, hay que redoblar los esfuerzos para dejar atrás los discursos que insisten en que la tecnología por sí sola hará que nuestros alumnos sean más listos y capaces, porque la realidad es la diametralmente opuesta.

"La innovación lúdica ni de lejos es el elemento que hará salir a la Educación de este eterno retorno. El juego tiene como esencia la Emoción, así cono mayúsculas, y lo que necesita cualquier modelo de enseñanza que se precie de tal es justo lo contrario"

Ruego hagan este pequeño experimento –da igual ser profesor o no, incluso en casa se podría hacer– y comprobarán que la tecnología, más que facilitar el desarrollo intelectual, lo inhibe. Yo suelo practicarlo con mis alumnos de Bachillerato, sobre todo, cuando abordo los temas relacionados con la tecnociencia. Tras declarar la expresa prohibición de cualquier artefacto electrónico sobre la mesa, les pido que hallen el 10% de 4.998. La primera sensación es de sorpresa, a la que acompaña una segunda de privación. Sólo dos o tres son capaces de establecer una mínima regla de tres, mientras el resto o bien se enfrasca en operaciones matemáticas dignas de un Gauss o bien se queda en estado catatónico. Lo simple de la experiencia les pone sobre la evidencia de que algo falla, ya que, a esas alturas, llevan en el sistema educativo unos ¡diez años! Si ellos, que frisan los 16, son conscientes de que la máquina no les hace ser más inteligentes, ¿por qué no ocurre lo mismo con los “expertos educativos”? Esta es la gran pregunta y de su respuesta se deriva el que salgamos o no del dialelo educativo. Por ahora, manda la dictadura de los falsos pedagogos.

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