Más allá del 'pin'

Gregorio Luri
Profesor de Filosofía
11 de febrero de 2020
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© Freshidea

Platón fue el primero en darse cuenta de que no solemos discutir los unos con los otros por cuestiones mensurables. Si creo que ese árbol tiene tres metros de altura y mi vecino afirma que alcanza los cuatro, basta con sacar un metro y medirlo para acabar con la discusión. Si dudo si este pez pesará tres kilos o tres kilos y medio, no tengo más que pesarlo para salir de dudas. Sin embargo, las cosas se ponen peliagudas en las cuestiones sobre las que carecemos de instrumentos de medida, que son, curiosamente, las más relevantes: las relativas a lo bueno, lo justo, lo bello, lo bueno, lo santo… o lo nuestro. Discutimos, pues, por lo inmensurable. Tanto es así, que podemos decir que la agresividad que se pone de manifiesto en un debate es inversamente proporcional a la posibilidad de resolver las diferencias objetivamente.

En la escuela debatimos frecuentemente sobre si este método de lectura es mejor o peor que este otro; sobre si la mejor manera de comprender la raíz cuadrada es comenzando por el concepto de número cuadrado o si es preferible no enseñarla en absoluto; sobre si se deben estudiar los ríos de Europa o aprender a buscarlos en Google, etc. Estos debates pueden tener más o menos viveza, encuentran cierto eco en las publicaciones pedagógicas y en los cursos y congresos educativos, pero no suelen despertar pasiones en la sociedad. Pero cuando están en juego cuestiones ideológicas, como las relativas a la Educación cívica o la Educación sexual, no hay ciudadano que no se considere autorizado a pontificar sobre lo que debe enseñarse y lo que no.

Cuando están en juego cuestiones ideológicas, como las relativas a la Educación cívica o la Educación sexual, no hay ciudadano que no se considere autorizado a pontificar sobre lo que debe enseñarse y lo que no

Ocurre que en las cuestiones mensurables se piensa midiendo y en las inmensurables, sintiendo.

A veces los debates públicos sobre la escuela son tan agrios que afectan seriamente a la credibilidad de la misma institución escolar. ¡Ahí está el crecimiento de la Educación en casa! Pero antes de optar por subirnos por las paredes para dejar clara nuestra posición, detengámonos a pensar las razones de la acritud.

Todos estamos de acuerdo en aceptar el pluralismo como un valor constitucional supremo y que, por lo tanto, nadie tiene derecho a decirnos qué tenemos que pensar, cómo hemos de amar, en qué hemos de creer, a quién hemos de votar, qué nos ha de gustar o qué género tenemos. Pero una sociedad sólo puede ser plural si es una. Y aquí se pone de manifiesto una tensión irresoluble entre la necesidad de unidad y la afirmación de la pluralidad. Es una tensión inherente a las democracias modernas, porque el pluralismo se expresa en la tensión agonística de posiciones que se consideran igualmente legítimas. Pero que sea irresoluble no significa que no pueda ser razonablemente conllevada. De hecho, la sociedad (y la escuela) española parece aceptar muy bien la especificidad del extranjero emigrante. Al que no se acepta tan bien es al compatriota divergente.

La sociedad (y la escuela) española parece aceptar muy bien la especificidad del extranjero emigrante. Al que no se acepta tan bien es al compatriota divergente

La escuela está siendo afectada por esta tensión. No se trata de un fenómeno coyuntural. Ha venido para quedarse. La escuela se verá cada vez más tensionada por ideologías que exigen su defensa en las aulas como si fueran ciencias cuya verdad fuera irrefutable. Sin embargo, en las ciencias no hay verdades dogmáticas. Lo que diferencia a la ciencia de la pseudociencia es la potencial refutabilidad de sus proposiciones.

Si no aceptamos esta diferencia, nos resultará cada vez más difícil alcanzar consensos pedagógicos amplios sobre cuestiones educativas. Esto no debiera animarnos a eludir las cuestiones polémicas, sino a diseñar una Educación en el respeto de la divergencia crítica, aceptando, como premisas de partida, que, primero, el que diverge de nosotros no tiene por qué ser menos inteligente que nosotros ni tener intenciones menos nobles, y, segundo, que lo que es legal fuera de la escuela, aunque nos sea molesto, no puede ser rechazado apriorísticamente en la escuela. Podemos, eso sí, como debemos hacer con cualquier ideología que respete el pluralismo, someterlo a análisis crítico. Una conducta no es condenable sólo por el hecho de que a uno le resulte excéntrica. Una escuela pública democrática, especialmente si se define a sí misma como inclusiva, no debiera ser excluyente con nadie, pero debiera ser rigurosa con todo.

Todo profesor con experiencia sabe que cuando los centros divergen de las familias, lo que se acaba perdiendo es la confianza mutua, cosa que no nos podemos permitir, porque nos jugamos la propia credibilidad de la escuela. Tengámoslo presente, dado que, en la escuela actual, cada vez es menor el peso de los conocimientos científicos rigurosos y mayor el de la ideología.

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