Desmontando a los pedagogos

Juan Francisco Martín del Castillo
Doctor en Historia y profesor de Filosofía
17 de marzo de 2020
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Va uno y dice, como en el chiste de Gila, que no existen ni buenos ni malos, que hay algunos muy activos y otros no sé qué. Le acredita el tener un blog, como ahora también se dice, en el cual explica y razona sus jeremiadas. Los niños, según el famoso influencer, no son ni fu ni fa, sino todo lo contrario. ¿Y quién se postula así? ¿Qué experiencia profesional le avala para impartir doctrina sobre la enseñanza y la pedagogía? Ninguna que no vaya más allá del halago a los oídos de quienes quieren escucharle y satisfacer sus ansias de utopía. Sin embargo, la realidad está más cercana al sentido común que a cualquier otro mundo imaginable, un sentido al que, de continuo, desprecian y humillan estos aprendices de todo y sabios de la nada absoluta.

¿Existen niños buenos y malos? Pues, claro que sí. Faltaría más. Ir en contra de la sensatez sigue siendo la vitola en la que se engavilla toda esta horda de delirantes de la pedagogía. ¿Cómo calificaríamos al menor que pega a sus compañeros de Primaria en el recreo, pongamos por caso? ¿Por qué no habría de ser adjetivada como “buena” la acción de un niño que comparte sus juguetes con otros? Distinguir entre las actitudes y los comportamientos a estas edades tan tempranas, precisamente, es lo que luego fijará su conciencia moral, algo que siempre olvidan los pseudopedagogos. Para ellos, el sentido ético de la existencia es un adorno que vendrá, si viene, con la adultez. Semejante estupidez, sin perdón, es la que preside buena parte de la producción pedagógica de los últimos cincuenta años, que se dice pronto.

"¿Existen niños buenos y malos? Pues, claro que sí. Faltaría más. Ir en contra de la sensatez sigue siendo la vitola en la que se engavilla toda esta horda de delirantes de la pedagogía"

La cultura es un esfuerzo colectivo, una apuesta común por conquistar una identidad, un lugar en el mundo. Y, en ella, la Educación juega un papel principal, en el que la palabra significativo se queda incluso corta. Reducir la Educación a una visión utópica es desplazar la responsabilidad al futuro, cuando lo cierto es que los niños están esperando a que les den respuestas concretas a preguntas igualmente concretas. “¿Hago bien en realizar las tareas de casa? Sí, por supuesto. ¿Hago mal en saltarme las clases? Sí, mi niño”. Esto es lo que busca el menor, guías fáciles de seguir y reconocer. Cuanto más pequeño, más directiva tiene que ser la enseñanza y el discurso pedagógico. Pero, el mundo que nos pintan estos falsos gurús de la Educación es de todo menos real.

Es sencillo desmontar a la pedagogía del delirio, pero lo difícil de la cuestión es que está enquistada en el seno de la Administración. Y este es el gran problema de la realidad educativa nacional y, si me apuran, hasta mundial. Sólo cuando el sentido común recobre su lugar entre los políticos, las autoridades y, especialmente, dentro del aparato institucional habremos ganado la batalla de la Educación. Uno, por lo menos, lucha a diario por ver que los chicos sean capaces de saber leer, escribir y comprender y distinguir entre lo bueno y lo malo, como ya prescribiera Aristóteles.

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