Lo imprevisto y lo imaginado

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Nuestras vidas suelen fluctuar de continuo entre dos orillas, la realidad y el deseo. Entre Tánatos y Eros. Los niños comprenden muy pronto que no viven en Jauja y que por tanto sus caprichos no siempre podrán ser satisfechos. El pensamiento mágico característico de estas etapas no se compadece con la realidad. Es sin duda ésta una metamorfosis dolorosa, un sucesivo retornar humildemente a la precariedad. Por lo mismo suele decirse que abandonar la infancia es sufrir la expulsión del paraíso. Los tratados sobre Educación han debatido a lo largo de la historia –y de alguna manera hoy lo siguen haciendo con ropajes nuevos– sobre las etapas de este tránsito y su duración: ¿cuándo, por ejemplo, es deseable que comience un niño el aprendizaje de la lectoescritura? ¿Hasta qué edad deja de ser pertinente creer en los Reyes Magos? ¿Cómo aceptar que la vida es demasiado estrecha para albergar todos nuestros sueños y deseos ocultos? ¿Qué parámetros aplicar para identificar un proceso formativo ordenado, en equilibrio y armonioso? La ficción ha encarado estos temas desde diferentes perspectivas e interpretaciones. Conocido es el llamado síndrome de Peter Pan y las consecuencias desastrosas de utopías infantiles como la de Golding en El señor de las moscas.

De aquí que los griegos tuvieran dos dioses del tiempo: Cronos y Kairós. Cronos era el dios del tiempo cuantitativo, el de los calendarios y la sucesión indiferente de los días, el tiempo de la realidad. Kairós, por contra, era el dios de lo vivido, el de los instantes únicos y los deseos.

Cronos era el dios del tiempo cuantitativo, el de los calendarios y la sucesión indiferente de los días, el tiempo de la realidad. Kairós, por contra, era el dios de lo vivido, el de los instantes únicos y los deseos

Hay un cuento de Jorge Bucay titulado El buscador en el que se describe un camposanto muy particular. En las lápidas, junto con el nombre del fallecido, se inscriben no la fechas que delimitan como es habitual el tiempo cronológico de cada existencia sino sólo el tiempo vivido como epifanía, es decir, el fervor de cuando Eros vence a Tánatos y donde la alegría se impone a la desesperación. El protagonista del cuento cree equívocamente estar en un cementerio sólo para niños.

En épocas de indeterminaciones como la nuestra impera educar con el objetivo prioritario de encarar la escasez de certezas y de previsiones, las intrincadas dinámicas que la realidad impone a nuestros deseos e incertidumbres. Aprender a dudar, a convivir con lo que no podemos controlar ni saber por anticipado, es dominar las probabilidades abriéndose a lo imprevisto y no imaginado. Puede resultar además un inesperado factor de democratización, según Daniel Innerarity. Se trata de buscar sentido y atributos, razones alternativas a las corrientes relativistas y a la orfandad y la anomia social generada. Precisamente allí donde nuestro conocimiento es incompleto más necesarias se hacen las instituciones y los procedimientos que favorezcan la reflexión, el debate, la crítica y la argumentación razonada para seguir albergando nuestra capacidad de curiosidad y asombro. Dice Joan Margarit que “cuesta entender la vida, no la muerte. La muerte nunca encierra enigma alguno”.

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