Prevenir problemas en la educación de los niños derivados de expectativas demasiado elevadas
Criar y educar bien a un hijo no es fácil. Padres y educadores con frecuencia han reflexionado sobre cómo quieren hacerlo, sin embargo, en muchas ocasiones lo que hacen en la realidad no se ajusta al propósito que se habían marcado.
Una duda constante es hasta dónde tengo que exigir a mis hijos o alumnos. En este artículo vamos a abordar algunos de los riesgos de llevar a cabo una exigencia excesiva y cómo podemos evitarlo con el objetivo de promover en los niños responsabilidad y autonomía a partes iguales.
Promover el esfuerzo y la disciplina a un límite extremo tiene claras consecuencias negativas en los niños y niñas. Con el deseo de conseguir que los niños se desarrollen a un nivel de competencia alto y acorde al rápido ritmo al que funciona la sociedad actual, podemos exigir una actividad muy alta y que cumplan todos los objetivos que se les proponen sin error. Esta alta demanda sobre el menor puede conllevar su agotamiento y frustración, además suele llevar asociado el desarrollo de una baja autoestima si interioriza que “nunca es suficiente” o que solo se le valora, felicita y reconoce cuando el rendimiento es excelente. Esto podría derivar en una incesante y agotadora búsqueda de atención dada la dificultad exigida para alcanzar la valoración del adulto. Ante las lógicas dificultades encontradas durante el proceso, el niño podría atribuir la falta de éxito y reconocimiento a una carencia de valía personal.
- Lo que no debemos hacer: pedirle que repita las tareas infinitas veces hasta que estén bien, que el tiempo de dedicación a las tareas para que estén bien sea tan alto que impida que tenga tiempo para otras actividades como jugar y descansar, evitar a toda costa que lleve los deberes con errores a clase cuando se ha esforzado lo suficiente en casa, sobrecargar de actividades extraescolares de carácter educativo. De esta manera estaríamos focalizando el objetivo y el premio en el logro y en evitar los errores a toda costa, estaríamos propiciando un perfeccionismo poco saludable en lugar de valorar un esfuerzo sano de mejora.
- Lo que sí podemos hacer: pedir al niño que se esfuerce, valorar su dedicación, decirle que va mejorando, reconocer los pequeños avances, no ser muy críticos con los errores, decirle que puede repetirlo o intentarlo de nuevo si se ha equivocado, permitir que él valore si está bien o mal en tareas más subjetivas como son un dibujo o una redacción, favorecer que tengan tiempo para aburrirse y crear su propios juegos o desarrollar sus intereses y creatividad.
Algunos otros consejos que te ayudarán a favorecer una educación respetuosa y significativa son los siguientes:
Por tanto, ¿cómo podemos actuar?:
- Evita las comparaciones: intenta no hacerle referencia continua a sus hermanos que tienen mejor conducta o a sus compañeros de clase que obtienen mejores notas. Aunque deseamos que tengan modelos y referentes adecuados ellos recibirán el mensaje de que no son lo suficiente válidos, lo que puede generarles frustraciones y sentimientos de envidia e inferioridad.
- No uses etiquetas: un acto aislado no define a la persona. Diferencia el comportarse “mal” con el ser “malo”. Puede haber hecho algo mal, pero no es lo mismo que decirle “eres malo”.
- Anímale a luchar por sus metas para que confíe en sí mismo y desarrolle la ambición de mejorar en lo que él elija y en lo que le motive. Si quitamos valor a sus sueños podemos llevarle a que abandone fácilmente.
- Permítele cierta autonomía: déjale que explore, que haga cosas por sí mismo y que tome sus propias decisiones. El mejor aprendizaje proviene de la experiencia y así se desarrollará con una persona independiente.
- Sé un ejemplo de los valores fundamentales que quieres transmitirle, ya que, en caso contrario, estarás enseñándole a no ser congruente.
- Muéstrate empático con sus emociones, hazle entender que sus sentimientos son importantes y ayúdale a canalizarlos.
- Demuéstrale que le quieres: sé cariñoso, muestra afecto y pasa tiempo de calidad con él, sin olvidar que no eres su amigo y que un hijo necesita normas y supervisión.
Tatiana Fernández Marcos, doctora en Psicología Clínica y de la Salud

