Cuando el tiempo –y Finlandia– confirman la advertencia: la identidad digital como urgencia cívica
Llevo más años de los que me gustaría contar recorriendo foros educativos, claustros y despachos de la administración con un mensaje que, hasta hace muy poco, sonaba casi exótico en España: la necesidad imperiosa de introducir la formación en identidad digital y competencia crítica desde Primaria e incluso desde la Educación Infantil. Y no como una charla puntual sobre “los peligros de la red”, sino como una competencia troncal para la vida, tan esencial como aprender a leer, escribir o sumar.
Durante demasiado tiempo, la respuesta osciló entre el escepticismo educado y la resistencia abierta. Recuerdo con nitidez las miradas de cansancio en algunos docentes y frases, a veces pronunciadas con media sonrisa irónica, que se repetían como un mantra: “Carlos, se nota que no eres pedagogo; ya tenemos el currículo desbordado como para añadir ahora ‘identidad digital’”, o la más contundente: “¡Sí, hombre! Lo que nos faltaba ahora a los maestros, tener que enseñarles a usar Instagram”.
Entendía –y sigo entendiendo– su fatiga. La escuela española vive sometida a una presión burocrática y curricular enorme. Pero mi insistencia nunca nació de un capricho tecnológico ni de una moda pasajera. Surgió de la experiencia personal, vital y profesional. Yo no veo “usuarios”: veo menores y familias afrontando consecuencias devastadoras que podrían haberse evitado. Daños reputacionales irreversibles, ciberacoso que destruye la autoestima, sextorsión, o puertas cerradas al empleo futuro por una huella digital tóxica. Mi preocupación siempre ha sido jurídica, educativa y profundamente cívica: la protección del menor en un entorno donde las reglas del mundo físico ya no bastan.
Hoy, esa sensación de predicar en el desierto adquiere un sabor agridulce cuando miramos hacia el norte de Europa. Resulta paradójico que, mientras aquí debatíamos si esto suponía una “carga extra”, Finlandia estaba blindando su democracia precisamente a través de la educación digital que aquí se descartaba.
El ejemplo finlandés es demoledor por su claridad estratégica. Llevan años integrando la alfabetización mediática –enseñar a pensar críticamente la información– desde edades tempranas, incluso en educación preescolar
El ejemplo finlandés es demoledor por su claridad estratégica. Llevan años integrando la alfabetización mediática –enseñar a pensar críticamente la información– desde edades tempranas, incluso en educación preescolar. Y ante el auge de la inteligencia artificial generativa y las campañas globales de desinformación, no se han detenido. Han comprendido que la identidad digital ya no consiste solo en gestionar una foto de perfil: hoy implica saber distinguir si la realidad que te rodea es humana o sintética, entender cómo los algoritmos moldean deseos, miedos y opiniones, y ser consciente de que tu imagen, tu voz o tu discurso pueden ser clonados.
Finlandia ha incorporado la alfabetización en IA al currículo infantil. No para formar programadores precoces, sino para formar ciudadanos resistentes. En sus aulas, los niños aprenden a detectar deepfakes, a preguntarse por qué un contenido les provoca una emoción intensa –una señal clásica de manipulación– y a comprender el valor y la vulnerabilidad de su propia identidad digital.
¿El resultado? Finlandia es, de forma consistente, el país más resiliente de Europa frente a la desinformación y las injerencias externas. Han entendido algo esencial: la seguridad nacional y la salud democrática del siglo XXI comienzan en el pupitre de Primaria.
La lección para España no puede ser más clara. Muchas de las objeciones sobre la “carga docente” partían de un error de base: la identidad digital no es una capa más que añadir al pastel educativo; es el nuevo ingrediente de la masa.
Formar en identidad digital no implica necesariamente crear una asignatura estanca. Implica transversalidad. Implica que, cuando se enseña Lengua, se analice cómo el lenguaje en redes construye reputación; que en valores cívicos se debata sobre la ética de los datos y la privacidad como derecho fundamental; que se dote al profesorado de tiempo, formación y herramientas para abordar lo que ya está ocurriendo –queramos o no– en los bolsillos de sus alumnos.
La identidad digital es el espacio donde nuestros hijos e hijas construirán sus relaciones, su prestigio profesional y su participación ciudadana. Negarles la formación para gestionar ese espacio no es neutral: es una negligencia sistémica.
Y para ello es necesario una escuela valiente, no una escuela búnker. Demanda docentes formados que no teman competir con una pantalla, sino que sepan enseñar a apagarla cuando toca mirar a los ojos y a encenderla cuando toca interrogar al mundo. La política de «no es Instagram, es ciudadanía» nos recuerda que los derechos no se suspenden en la puerta del colegio. Si la escuela renuncia a educar la identidad digital en el aula, está renunciando a educar al ciudadano en su integridad. La solución no está en el cajón donde se confiscan los móviles, sino en la mente crítica que aprende a dominarlos.
No escribo estas líneas desde el reproche por el tiempo perdido, sino desde la urgencia de un cambio de mirada. Quienes llevamos años defendiendo esta necesidad no éramos tecnócratas alejados de la realidad del aula; éramos –y somos– profesionales preocupados por la indefensión de la infancia ante un cambio de paradigma tan profundo como irreversible.
Ojalá el espejo de Finlandia nos ayude a superar resistencias ya obsoletas. Es hora de dejar de ver la educación digital crítica como una “sobrecarga” incómoda y empezar a asumirla como lo que realmente es: la inversión más estratégica que podemos hacer en la seguridad de nuestros menores y en la calidad futura de nuestra democracia.
El tiempo, lamentablemente, nos ha dado la razón. Ahora toca ponerse a trabajar.
Carlos Represa es el presidente de la Asociación Nacional para la Protección de Menores en Internet. Socio fundador en Proyecto Good Game.


