Espejos Rotos
Generación Click nos muestra la cara de la adicción digital, la ansiedad social y los trastornos derivados de una vida medida en likes, visualizaciones y comentarios.
El mecanismo es perverso y científicamente diseñado. Es la dopamina digital que mide su valor propio. El cerebro infantil y adolescente, en plena formación, se engancha a este sistema de recompensa inmediata que trivializa las emociones y fomenta la búsqueda constante de extremos. Los algoritmos no premian la moderación; premian el contenido polarizante y el engagement emocionalmente fuerte.
Menores compitiendo por el daño. No es exageración. Es real. Esos grupos que parecen refugio son espejos rotos donde el dolor se valida y la pertenencia se encuentra en el sufrimiento extremo, en lugar de en el apoyo real. La imagen hiperbólica, ya sea de felicidad inalcanzable o de tristeza aesthetic, se convierte en la única identidad que «vende» o recibe atención. El simple scroll o la publicación reciben una dosis de dopamina que, como un mecanismo de Pavlov, genera dependencia.
Asistimos a un aumento de la ansiedad y la depresión impulsado por el FOMO (Miedo a Perderse Algo) y la constante presión por proyectar una imagen inalcanzable, filtrada y perfecta. El acoso, la adicción al gaming compulsivo y el uso excesivo de pantallas afectan la salud mental, al sueño, la alimentación y la capacidad de concentración. El desajuste entre la identidad digital y la real provoca una angustia silenciosa, donde el pánico a quedar «cara a cara» sin el escudo de los filtros es, para muchos, una nueva forma de fobia social.
Luego está Generación Porno, donde la sexualidad, que debería ser un espacio de afecto, autoconocimiento y consentimiento, ha sido secuestrada. Es aprendida a través de la violencia, la dominación y la humillación. El porno online, al ser la principal fuente de educación sexual, separa el afecto del placer, diluye el consentimiento y confunde los límites. El acceso a contenidos explícitos, gratuito y sin control de edad, ha convertido al porno online en la principal —y peor— fuente de «educación sexual» para miles de jóvenes. Esta educación tóxica moldea sus expectativas, no solo sobre el acto sexual, sino sobre las relaciones afectivas y la propia intimidad.
La consecuencia directa es la normalización de la desigualdad y la cosificación. El contenido que se vende o que se muestra, (dominación, falta de consentimiento explícito, dolor físico) está correlacionado con el aumento de conductas de riesgo y, trágicamente, con la observada subida de agresiones sexuales a cargo de adolescentes
La consecuencia directa es la normalización de la desigualdad y la cosificación. El contenido que se vende o que se muestra, (dominación, falta de consentimiento explícito, dolor físico) está correlacionado con el aumento de conductas de riesgo y, trágicamente, con la observada subida de agresiones sexuales a cargo de adolescentes. La frustración es inevitable: cuando el guion irreal del porno se intenta aplicar a una relación real, basada en el afecto y el consentimiento mutuo, el resultado es la confusión, la frustración y, en el peor de los casos, la violencia, donde el extremo de la cosificación y la agresión se presenta como la norma.
Entonces, yo me pregunto ¿Qué estamos construyendo como sociedad cuando permitimos que la psique y las relaciones de nuestros menores sean moldeadas por algoritmos diseñados para la adicción y por una industria que mercantiliza la violencia? La negligencia es colectiva. Las familias luchan con una brecha digital que les impide ejercer un control parental efectivo; el acceso a cualquier contenido perjudicial está, literalmente, a dos clics. Mientras, las instituciones son lentas en regular los contenidos sensibles (autolesiones, challenges peligrosos).
Pero, quizás el problema más grave sea el silencio. La realidad es que las estructuras de cuidado (familias, docentes…) están sobrecargadas. Las familias luchan con una brecha digital que les impide ejercer un control parental efectivo; el acceso a cualquier contenido perjudicial está, literalmente, a dos clics.
Aquí es donde la ley tiene una responsabilidad ineludible. No es suficiente con educar en la competencia digital y afectiva; hace falta una regulación de plataformas que permiten la difusión de contenidos sensibles sin una verificación de edad real.
Es hora de que la comunidad educativa, las familias y, sobre todo, las instituciones asumamos nuestra responsabilidad. No se trata solo de educar mejor, sino de limitar lo que entra en las pantallas. La formación de personas emocionalmente competentes debe ir de la mano con una legislación que proteja a nuestros menores. Al mismo tiempo, la educación es nuestro único motor de cambio interno. No podemos frenar la tecnología, pero sí podemos formar personas críticas, conscientes y responsables.
Educar en tecnología, sexualidad, emociones y relaciones es imprescindible y para eso, es imprescindible dotar a los centros educativos de recursos y formación específica.
He visto cómo una conversación a tiempo puede salvar a alguien. También he visto cómo la falta de diálogo, el silencio y la sobreexposición cuestan demasiado.
Hay miedo, cansancio, una profunda confusión ante un fenómeno que nos ha sobrepasado. Pero el silencio deja a los menores solos y solas, frente a un mundo que les exige madurar antes de tiempo sin darles las herramientas.
Los documentales Generación Click y Generación Porno son una campana de alarma donde el problema está en dejar que los menores naveguen por estas aguas sin un mapa, algo, que me recordó a una frase de la canción de Robe Iniesta Un suspiro acompasado que dice: “Se va y a la vida le pierdo el apego y el juicio”.
Sonia Hidalgo Sánchez, profesora de Servicios a la Comunidad en Extremadura.
