'Los Miserables' en FP Básica: una mirada que redime
El sábado fui al teatro.
La historia de Valjean con el obispo era el umbral desde el que comenzaba cada curso escolar con los chicos y sus familias.
Hasta el curso pasado, daba clase en Formación Profesional. Para ser más exacta, en Formación Profesional Básica. Para quien no lo sepa, se trata de la única etapa académica que parte de la categoría de fracaso. Son alumnos que han salido de la ruta escolar ordinaria, usando un eufemismo para no decir que han sido expulsados del sistema habitual.
En el resto de etapas educativas se parte de un logro previo: un título que les permite acceder al siguiente nivel: de la escuela infantil a la Primaria. De la Primaria a la Secundaria. Una vez obtenido el título de la Secundaria, se accede a Bachillerato o a Formación Profesional de Grado Medio; de ahí al Superior o a la Universidad, etc.
Sin embargo, los chavales derivados a la FP Básica aterrizan aquí con su cartel de fracasado en la frente. Sus padres suelen llegar desesperados, sin saber qué hacer después de haber intentado todo para motivarles. Asoman por la ventanilla de matriculación resignados a atravesar ese túnel temible en el que sospechan que sus pobres hijos se perderán más de lo que están, y tendrán que convivir con esos malotes, cuya imagen denigrante e injusta el mundo se ha encargado de generar.
Unos Jean Valjeanes de la vida, a los que aún nadie ha dado una oportunidad para salir de dinámicas de frustración y rebeldía que se van acrecentando cuando la profecía autocumplida —esa expectativa ajena que acaba por convertirse en identidad— hace estragos en su autoconcepción.
Sólo una mirada como la del obispo de los Miserables puede transformar a la persona. Aquí reside una de las claves más hondas de la obra de Víctor Hugo. Me conmovía identificar esa mirada en la relación docente con los alumnos que he acompañado durante los últimos doce años.
Jean Valjean, hermano mío, ya no perteneces al mal, sino al bien. Yo compro tu alma, la libero de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.
Muchas cuestiones paralelas en esta sentencia que el obispo profiere al perdonar al protagonista:
¿Qué es un hermano? ¿Qué es el alma? ¿Quién es Dios?
Un alumno es un hermano. Un maestro es su acompañante, un igual, un caminante en la vida. Un guía, pero al fin y al cabo, caminante. Comprender esto es decisivo para entablar una relación docente eficaz y transformadora. Del mismo modo que el obispo miró y concibió a Jean Valjean, solo quien ve la fragilidad y el error como una oportunidad de aprendizaje puede lograr una respuesta diferente de la que hasta ahora obtuvo.
El bien y el mal. Cada hombre, cada mujer, cada joven o cada anciano, cada niño y cada niña; todo ser humano lleva inscrita la ley del bien en su corazón. La capacidad de discernir existe, aunque muchas veces esté oculta y apagada en lo más profundo del corazón. Y esa capacidad se puede recuperar, se puede educar, se puede fortalecer y se puede custodiar. Para eso sirve un maestro.
Podríamos entender el alma como el núcleo esencial del ser. Como la llama ardiente del Bien, de la Verdad y de la Belleza. Para mí, equivale a la conciencia.
Las negras idea del espíritu de perdición constituyen el trauma, el dolor y el sufrimiento que acompañan la experiencia de tantos jóvenes, vulnerables o no; alumnado en riesgo de exclusión, que ha dejado de buscar una nueva oportunidad por la inercia perversa de un sistema excluyente. Como el exconvicto de los Miserables, abocado al mal, tras una sanción desproporcionada. Lejos de constituir para él una oportunidad de rehabilitación, las circunstancias le recluyen en la miseria de la falta de oportunidad, y le condenan al rechazo y a la consideración estigmatizante por parte de los demás.
¿Quién es Dios? Descubierto en el robo, el obispo compra el alma de ese ladrón y se la entrega a Dios, con el sentido profundo que este concepto tenga para cada uno. Pienso mucho en esta imagen y en su paralelismo con la experiencia de mis alumnos; y con mi propia experiencia, traspasada por la certeza inquebrantable de su cambio posible. De su redención. Un maestro que ama a su alumno, le rescata del lastre de una mirada acusatoria y una etiqueta degradante. Le salva de sus traumas y prejuicios y le devuelve la confianza en su valía y sus talentos.
Víctor Hugo es muy actual. En el punto de inflexión que atravesamos en el terreno educativo, podría servir de base a un debate interesante sobre una educación de calidad, que integrara la diversidad y dotara al sistema y lo enriqueciera con recursos eminentemente humanos, más que materiales. En este contexto, es crucial integrar visiones, observar las periferias educativas, la marginalidad desde un punto de vista más amplio. La exclusión es un término que abarca múltiples realidades, y algunas están mucho más cerca de lo que creemos.
Seamos cautos, cuidadosos y guardémonos del juicio degradante y de una percepción social deshumanizadora, porque nunca sabemos por dónde puede saltar la liebre. Quizá el próximo padre desesperado y resignado a una FP Básica sea yo.
Eva M. Vázquez Pozón, Área Académica Fundación Pablo VI.
