¿Nos está haciendo la IA menos inteligentes?
A decidir si queremos que piense por nosotros o con nosotros. La IA puede ahorrarnos tiempo. La pregunta es para qué. © ADOBE STOCK
La inteligencia artificial se ha instalado en el día a día con una promesa muy concreta: hacer más en menos tiempo. Escribe, resume, ordena ideas y responde al instante. Es útil, sin duda. Y precisamente por eso, cuesta resistirse. Si puede hacerlo por nosotros, ¿para qué dedicarle esfuerzo? Pero la pregunta importante ya no es si ayuda. La cuestión es qué pasa cuando dejamos en sus manos no solo tareas, sino también partes del pensamiento.
No es la primera vez que ocurre algo así. Ya pasó con la calculadora o el GPS, y en cierta medida sí nos volvimos más dependientes. Recordamos menos, nos orientamos peor sin ayuda. La diferencia ahora es que la IA no solo busca información: empieza a dárnosla ya pensada. No es lo mismo buscar que recibir la respuesta ya hecha. Con un buscador hay que comparar y decidir. Con la IA, en cambio, todo llega resuelto y bien escrito. Es más rápido, pero también invita menos a cuestionarlo.
Pensar bien no es automático. Exige detenerse, dudar, equivocarse, volver atrás. Ese recorrido es, en realidad, lo que construye la comprensión. Si desaparece, podemos seguir produciendo resultados, pero no necesariamente entendiendo lo que hacemos. En muchos casos, la IA ya no se usa como apoyo, sino como sustituto. Para escribir lo que no apetece pensar, resumir lo que no apetece leer o resolver lo que no apetece desmenuzar. Funciona, claro. Pero tiene un efecto silencioso: dejamos de ejercitar justo las capacidades que sostienen el pensamiento.
Pensar bien no es automático. Exige detenerse, dudar, equivocarse, volver atrás. Ese recorrido es, en realidad, lo que construye la comprensión. Si desaparece, podemos seguir produciendo resultados, pero no necesariamente entendiendo lo que hacemos
Y lo más curioso es que no se siente como una pérdida. Al contrario, se percibe como eficiencia. Todo sale más rápido. Pero ir más rápido no es lo mismo que comprender mejor. Ni sonar convincente equivale a tener criterio. A eso se suma otro factor: la propia forma en que responde la IA. Está diseñada para ser clara, útil y segura. Cuanto más acierta, más confiamos. Y cuanto más confiamos, menos comprobamos. Poco a poco, dejamos de preguntarnos si la respuesta es correcta… o si nosotros podríamos haber llegado a ella.
Por eso decir que “la IA nos vuelve menos inteligentes” es quedarse corto. No es la herramienta en sí. Es el uso que hacemos de ella. Si la utilizamos para evitar el esfuerzo mental de forma sistemática, es difícil que eso no tenga consecuencias. Ahora bien, también puede ocurrir lo contrario. Usada de otra manera, la IA puede ser un buen interlocutor: alguien que te obliga a afinar ideas, a ver lo que no habías visto, a pensar mejor. La diferencia es sutil, pero importante: no es lo mismo delegar que apoyarse.
En el fondo, todo se reduce a eso. A decidir si queremos que piense por nosotros o con nosotros. La IA puede ahorrarnos tiempo. La pregunta es para qué. Si ese tiempo se utiliza para profundizar, puede ser una herramienta valiosa. Si se usa para evitar pensar, el efecto será el contrario. No se trata de rechazarla ni de celebrarla sin más, sino de entender qué tipo de relación queremos tener con ella. Más cómoda o más exigente. Más automática o más consciente.
La tecnología cambia rápido. La forma en que pensamos, no tanto. Y quizá por eso conviene no ceder tan fácilmente aquello que, al final, nos hace humanos: la capacidad de pensar.
Víctor Ríos es un autor independiente, especialista en el impacto de la inteligencia artificial en la educación.
