Profesores sombra: “No son un extra, sino una necesidad básica para la inclusión educativa”

Este modelo de acompañamiento es clave para la inclusión del alumnado con necesidades especiales en Andalucía, pero en la mayoría de los casos depende del esfuerzo económico de las familias y podría desaparecer sin una alternativa definida por parte de la Junta.
Alba BartoloméMiércoles, 15 de abril de 2026
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Este acompañamiento suele dirigirse a estudiantes con necesidades educativas especiales. ADOBE STOCK

En muchas aulas españolas hay una figura que pasa desapercibida, pero resulta esencial: el profesor sombra. Lejos de ser un recurso complementario, estos profesionales se han convertido en un pilar básico para que alumnos con necesidades educativas especiales –especialmente con trastornos del espectro autista (TEA)– puedan seguir el ritmo escolar y desarrollarse en igualdad de condiciones.

Esta figura no está integrada en el sistema educativo público, por eso, en comunidades como Andalucía, su presencia depende en algunos casos de acuerdos con asociaciones, mientras que en otros se articula bajo la figura de “voluntariado”. Son las familias quienes acaban asumiendo el coste del servicio para garantizar este apoyo. El precio no está regulado y, en la mayoría de los casos, se acuerda directamente entre el profesor y los padres, lo que supone un esfuerzo económico considerable, especialmente teniendo en cuenta que el acompañamiento suele ser diario.

Actualmente, según los últimos datos aportados por la administración autonómica, en Andalucía hay alrededor de 800 profesores sombra, la mayoría se concentran en Málaga, donde esta figura está especialmente implantada. Para entender mejor esta realidad desde dentro del aula, desde MAGISTERIO hablamos con Elena Miralles, profesora sombra en el IES Universidad Laboral de Málaga, donde acompaña diariamente a un niño con TEA.

¿Qué es exactamente un profesor sombra y cuál es su función dentro del aula?

–Un profesor o profesora sombra es aquel profesional que trabaja de manera individualizada con estudiantes con necesidades educativas especiales. La principal función dentro del aula es apoyar al alumno de una manera más personalizada, facilitándole el aprendizaje y la integración en el entorno escolar.

¿En qué se diferencia esta figura de otros profesionales de apoyo educativo, como pedagogos terapéuticos u orientadores?

–La diferencia fundamental reside en la naturaleza de la intervención y el grado de presencia en la jornada escolar. Mientras que perfiles como el orientador o el pedagogo terapéutico realizan una labor más técnica, diagnóstica o de refuerzo en momentos específicos, el profesor sombra es el profesional que acompaña de manera continua el proceso educativo dentro del aula ordinaria. Su labor consiste en asegurar que el alumno pueda seguir el ritmo de la clase o, en los casos donde la asignatura está adaptada, garantizar que se cumplan sus objetivos específicos de forma efectiva y constante. Esta figura es clave para gestionar la regulación emocional en tiempo real, sirviendo de apoyo inmediato ante la frustración que a menudo generan los cambios inesperados en la rutina escolar, independientemente de si el alumno se encuentra en la etapa de infantil, primaria o secundaria. El profesor sombra es quien facilita un flujo de información constante y cercano entre los padres, el docente y los especialistas de apoyo, permitiendo una respuesta mucho más ágil, humana y coordinada a las necesidades diarias del estudiante.

¿Qué tipo de estudiante suele necesitar este acompañamiento?

–Este acompañamiento suele dirigirse a estudiantes con necesidades educativas especiales, abarcando perfiles como el Trastorno del Espectro Autista, trastornos de la conducta, discapacidades físicas, intelectuales, dificultades del aprendizaje o de la comunicación, o cualquier tipo de retraso madurativo que afecte a la integración escolar. Se recomienda principalmente en situaciones donde el alumno presenta dificultades significativas para seguir de forma autónoma el curso escolar.

Además del apoyo académico, ¿qué papel juega el acompañamiento emocional?

–También es imprescindible. La necesidad psicológica principal que tiene este perfil alumno es la de sentirse seguros en un entorno que muchas veces les resulta caótico o impredecible. También es muy frecuente la necesidad de apoyo para gestionar la frustración, ya que un pequeño imprevisto o una tarea que no sale a la primera les puede generar un bloqueo emocional importante que no siempre saben canalizar solos. Algo que me parece fundamental es el sentido de pertenencia y la autoestima; ellos son muy conscientes de sus dificultades y necesitan sentirse valorados y aceptados por sus compañeros como uno más. En el fondo, lo que más buscan es sentirse capaces y seguros dentro de su grupo, y ahí es donde nuestro apoyo emocional se vuelve tan necesario como el académico.

¿Cómo es un día habitual en tu trabajo dentro del aula?

–Lo cierto es que el día a día de un profesor sombra nunca es algo estándar, ya que depende muchísimo del perfil del alumno al que acompañes y del curso en el que se encuentre. En mi caso particular, al trabajar con un alumno con TEA en la etapa de secundaria, mi jornada consiste principalmente en estar a su lado en todas aquellas asignaturas en las que no cuenta con otros profesionales de referencia, como pueden ser el PT o el profesor de apoyo. Mi papel en esas horas es ser su figura de apoyo constante dentro del aula ordinaria: me encargo de supervisar que el material que está utilizando esté correctamente adaptado a sus necesidades, le explico las actividades de una forma que le resulte clara y accesible, y estoy ahí para cualquier necesidad que le surja durante la clase. Al final, se trata de acompañarle para que pueda afrontar los distintos retos que vamos encontrando a lo largo de la mañana, dándole la seguridad necesaria para que pueda seguir el temario y sentirse integrado en el ritmo habitual del instituto.

¿Cómo crees que influye este acompañamiento en el día a día del alumno?

–Creo que este acompañamiento es vital porque le ofrece al alumno esa base de seguridad que tanto necesita en un entorno tan complejo como es el instituto. Al tener a alguien de referencia que le ayude a entender lo que ocurre a su alrededor, el aula deja de ser algo impredecible y se convierte en un lugar mucho más amable. Cuando el alumno comprueba que, con los apoyos adecuados, es perfectamente capaz de realizar las tareas y seguir el ritmo de la clase, su autoestima mejora de forma natural. En cuanto a la regulación emocional, nuestra presencia garantiza que se encuentre en un espacio seguro, donde puede aprender a gestionar sus propias emociones, sabiendo en todo momento que cuenta con un apoyo constante para acompañarle y ayudarle en ese proceso de aprendizaje.

¿Cómo trabajas el equilibrio entre apoyar al estudiante y fomentar su autonomía para evitar dependencia?

–Este equilibrio es quizá lo más complicado de mi trabajo, porque el objetivo real de un profesor sombra es, curiosamente, acabar siendo innecesario. Para no crear esa dependencia, lo que hago es ajustar el apoyo de forma gradual, dándole la ayuda justa en el momento oportuno y retirándose poco a poco a medida que veo que se siente capaz de avanzar solo. No se trata de resolver los problemas por él, sino de proporcionarle las herramientas necesarias, ya sean para organizarse o para entender una tarea, para que sea él quien tome las riendas de su propio aprendizaje. Es un proceso que requiere estar muy pendiente para saber cuándo intervenir y, sobre todo, cuándo dar un paso atrás, permitiendo que el alumno gane esa confianza que le llevará a ser cada vez más independiente en su día a día.

¿Qué tipo de coordinación existe entre tú, el profesorado y otros profesionales?

–La coordinación es, para mí, la pieza fundamental para que todo lo demás funcione. En mi día a día, el contacto con el resto de los profesionales es casi constante, es un feedback casi diario y muy directo. Con los profesores de cada asignatura, por ejemplo, hablo prácticamente cada día para ver qué materiales necesitamos adaptar, cómo va evolucionando el alumno en su materia y qué dificultades concretas nos vamos encontrando en las clases. También hay una comunicación muy fluida con los PT, porque es la única forma de que todos rememos en la misma dirección y sepamos qué objetivos estamos trabajando en cada momento. Creo que es fundamental coordinarnos entre todos para remar en la misma dirección.

En términos de inclusión educativa, ¿crees que la figura del profesor sombra está bien integrada actualmente en los centros?

–Considero que todavía estamos en una etapa de transición y que queda camino para que nuestra integración sea plena. El mayor reto actual es conseguir que nuestra presencia en el aula se normalice y que dejemos de ser percibidos como personal «de paso» o ajeno al equipo docente. Para que la inclusión sea efectiva, es necesario que se nos valore como compañeros con el mismo nivel de compromiso que el resto del claustro. Solo cuando nuestra figura sea parte natural del día a día del instituto, sin esa distinción entre personal interno y externo, podremos hablar de una integración real que beneficie al máximo al alumno.

En el contexto actual, donde hay más atención a la salud mental infanto-juvenil, ¿has notado un aumento en la demanda de este perfil?

–Más que un aumento en los diagnósticos en sí, lo que percibo es un cambio de mentalidad y una mayor conciencia sobre la realidad de nuestras aulas. Hoy en día somos mucho más conscientes de que este alumnado necesita un apoyo individualizado que, por mucha voluntad que tenga el profesorado, es casi imposible de ofrecer sin ayuda externa. Con las ratios actuales, el docente simplemente no llega a todo, y se está empezando a entender que no podemos dejar toda la responsabilidad de la inclusión en sus manos. En este contexto de mayor atención a la salud mental, se nota que tanto las familias como los centros valoran más nuestra figura no solo por lo académico, sino como un recurso necesario para que el alumno no se sienta desbordado. No es que ahora haya más casos que antes, sino que ahora se comprende que para que la inclusión sea real, hace falta ese apoyo constante que garantice que el estudiante esté bien y que el ritmo del aula sea accesible para él. Al final, nuestra demanda crece porque cubrimos ese espacio donde el sistema, por falta de tiempo o recursos, a veces no puede llegar.

Desde tu experiencia, ¿qué cambios o mejoras crees que deberían darse en el sistema educativo respecto a este tipo de apoyo individualizado?

–Desde mi punto de vista, el sistema educativo necesita evolucionar hacia un modelo de apoyo mucho más estable y reconocido institucionalmente. Una dificultad muy real que encuentro cada día es lo complicado que resulta para el alumno gestionar dos ritmos a la vez: intentar concentrarse en su material adaptado mientras, simultáneamente, el profesor titular imparte la lección para el resto de la clase. Es un esfuerzo de atención enorme que a veces pasa desapercibido. Por eso, el cambio principal debe ser entender que este apoyo individualizado no es un «extra», sino una necesidad básica para que el estudiante progrese. Necesitamos protocolos de coordinación más sólidos que permitan que ambos procesos de enseñanza convivan de forma fluida, asegurando que el alumno reciba su atención personalizada sin sentirse desconectado de la dinámica general del aula.

Un modelo con un futuro incierto

El testimonio de Elena apunta a una idea clave: este apoyo individualizado no es un recurso complementario, sino una condición necesaria para que muchos alumnos puedan seguir el ritmo del aula en igualdad de condiciones. Sin embargo, el futuro de esta figura parece moverse en sentido contrario.

La administración autonómica ha planteado la retirada progresiva de los profesores sombra al no considerarlos una figura profesional dentro del sistema educativo. En este escenario, se prevé la creación de una mesa de trabajo en la que participará la Junta junto a entidades como Autismo Andalucía, con el objetivo de analizar las necesidades del alumnado y diseñar un nuevo modelo de apoyo más estructurado, que deberá concretarse antes del 31 de julio de 2027, fecha en la que finaliza el convenio actual.

Mientras tanto, en aulas como la de Málaga, el trabajo de profesionales como Elena sigue siendo clave para que muchos alumnos puedan aprender, comunicarse y formar parte del grupo. Un apoyo que, aunque hoy resulta imprescindible, podría desaparecer mañana sin que, de momento, la Junta haya planteado una alternativa clara.

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