Libros de texto con publicidad: ¿medida distópica neoliberal o idea revolucionaria?
Llega septiembre y los más pequeños de la casa comienzan el año escolar. Con ello, llega también la época de correr a las papelerías y librerías. Según datos recientes del INE, los padres y madres gallegos gastan anualmente de media 377 euros en libretas, bolígrafos, lápices… y libros. Cada uno de estos ejemplares ronda los 40 euros, y un estudiante de primero de la ESO usa aproximadamente seis por curso. Muchas familias acuden a los conocidos “Bancos de Libros”, donde, si tienen suerte, pueden mitigar este gran desembolso. Ahora bien, estos niños tendrán que tratar su material como si de una biblia del siglo X se tratase: no podrán escribir, subrayar o pintar en ellos. Cuando su profesor mande realizar un ejercicio, estos jóvenes tendrán que copiarlo íntegro en sus cuadernos para no deteriorar el libro de texto.
¿Cuándo hemos normalizado pagar hasta 300 euros por cada año escolar simplemente en material y, a mayores, aceptar un trato diferente por optar por las opciones económicas? Aquí surge una brecha de clase que actúa como “sello de pobreza”. No solo es una marca social, es un freno pedagógico. Mientras el niño con libro nuevo subraya y esquematiza sobre el papel —una técnica de estudio de lo más habitual—, el niño del banco de libros debe realizar un esfuerzo extra de transcripción que nada tiene que ver con aprender matemáticas, sino con las limitaciones de su renta.
A pesar de esto, ¿nadie ha planteado una solución disruptiva? Mientras en algunas Comunidades Autónomas financian los libros con fondos públicos, en otras el préstamo es la única opción. Pero, ¿qué pasaría si todo esto pudiese solucionarse con una idea que, a primera vista, parece una distopía neoliberal? Mi propuesta es clara: libros de texto financiados por marcas, siguiendo el modelo de las aplicaciones gratuitas. A partir de ahora, los problemas matemáticos hablarán de Plátano de Canarias, los ejercicios de física hablarán de balones Nike y los libros de ciencias naturales hablarán de Larsa. ¿Tan descabellada es la idea si, a cambio, se financia el 80% o, incluso, el 100% del precio del libro? Ese gasto de 300 euros desaparecería, liberando recursos para la verdadera educación del menor.
En este modelo, todos los jóvenes usarían libros de primera mano, eliminando la distinción de casta en el aula. Muchas de las familias de clase media se sumarían a la opción, normalizando el formato y dejando la versión “sin anuncios” solo para quienes puedan o quieran pagarla. Marcas como Faber-Castell, Stabilo o BIC competirían por costear la impresión y distribución. Y ante el miedo a lo insalubre: cualquier marca poco ética sería descartada por el mismo filtro de la Xunta de Galicia por el que ya pasan los contenidos actuales.
¿Dejarías que tus hijos viesen publicidad en sus libros a cambio de que fuesen prácticamente gratuitos? ¿Es más inmoral ver un logo de una cooperativa láctea en un margen o condenar a un niño de 12 años a no poder tocar su propio libro por falta de recursos?
¿Dejarías que tus hijos viesen publicidad en sus libros a cambio de que fuesen prácticamente gratuitos? ¿Es más inmoral ver un logo de una cooperativa láctea en un margen o condenar a un niño de 12 años a no poder tocar su propio libro por falta de recursos? He bajado a la calle para saber qué opinan los padres y madres gallegos.
Tras un sondeo realizado tanto a familias de centros públicos, como concertados, hemos sacado una conclusión más que clara: el 100% de los encuestados califica de “abusivos” los precios actuales. No hay matices, hay una asfixia compartida.
A pesar de lo que se pueda pensar, lo más sorprendente no es esto, sino la sorprendente acogida de la propuesta. Lejos de escandalizarse, el pragmatismo se impone: un 82% de las familias consultadas está a favor de introducir este modelo de patrocinio ético. De hecho, más de la mitad de los padres elegiría ahora mismo la versión con publicidad para sus hijos si eso garantizara un precio accesible del material. Incluso sumando a quienes se oponen al sistema y a quienes, aún apoyándolo, preferirían comprar la versión convencional, la cifra de familias que optaría por el libro ‘limpio’ apenas roza el 45%, confirmando así la teoría anteriormente planteada sobre volver al libro financiado la opción común o normal.
Los datos hablan: el sentido común de las familias está muy por delante de los prejuicios teóricos de la administración. La verdadera distopía no es que un logo de Larsa o Coren aparezca en un margen o en el contenido de un libro de texto; la verdadera distopía es que hayamos convertido el acceso al conocimiento y a la educación en una carrera de obstáculos financieros. La pregunta ya no es si nos parece ético que nuestros hijos consuman publicidad en su material escolar, sino cuánto tiempo más vamos a ignorar una solución que la calle ya ha dado por válida.
Alejandro Álvarez Figueroa es estudiante de Ingeniería Informática y Administración y Dirección de Empresas en la Universidad de Vigo.
