Lo que nadie preguntó antes de digitalizar las aulas
Un análisis de las políticas de privacidad de las plataformas educativas más utilizadas en colegios de Primaria revela que la mayoría de ellas incluye cláusulas que permiten el uso comercial de los datos generados por los menores. ADOBE STOCK (IA)
Pero hay una pregunta que conviene hacerse ahora, con más calma: ¿quién se beneficia realmente de todo esto? Porque si miramos con atención, no siempre es el alumnado. Las grandes corporaciones tecnológicas han encontrado en la escuela un filón extraordinario, y no precisamente por su vocación pedagógica. Cada vez que un niño o niña inicia sesión en una plataforma educativa deja un rastro: qué hace, cuánto tarda, dónde falla. Esos datos valen dinero. Y en muchos casos, alguien los cobra.
Esto tiene un nombre: dataficación. Y no es una teoría conspirativa; es una realidad documentada en investigaciones sobre el propio sistema educativo español. Un análisis de las políticas de privacidad de las plataformas educativas más utilizadas en colegios de Primaria revela que la mayoría de ellas incluye cláusulas que permiten el uso comercial de los datos generados por los menores, en abierta contradicción con los principios del libre desarrollo de la infancia. Los datos de nuestros hijos e hijas no son el precio que pagamos por acceder a una herramienta gratuita. Son el producto.
El problema no es la tecnología en sí. Una tablet puede ser una herramienta brillante o un dispositivo de entretenimiento pasivo, según cómo se use. La cuestión es que hemos introducido estas herramientas sin preguntarnos qué modelo educativo queremos que sostengan
El problema no es la tecnología en sí. Una tablet puede ser una herramienta brillante o un dispositivo de entretenimiento pasivo, según cómo se use. La cuestión es que hemos introducido estas herramientas sin preguntarnos qué modelo educativo queremos que sostengan. Y aquí entra otra dimensión que conviene no ignorar: la neurodidáctica y la inteligencia artificial se están convirtiendo en los nuevos marcos de legitimación de la tecnología en el aula. Se presentan como avances científicos que personalizan el aprendizaje y optimizan el rendimiento. Pero, en muchos casos, funcionan también como dispositivos de subjetivación neoliberal: modelan qué tipo de alumno es deseable, qué significa aprender bien y qué conductas deben corregirse, todo ello a través de métricas diseñadas fuera de la escuela.
Los docentes necesitan formación para reconocer todo esto. No tutoriales. No certificaciones digitales vacías. Formación real que les permita leer críticamente el entorno tecnológico, proteger la autonomía de sus alumnos y tomar decisiones pedagógicas con criterio propio.
Los niños y las niñas de nuestras aulas no son perfiles de usuario. Son personas en desarrollo. Y esa diferencia debería estar en el centro de cualquier decisión que tomemos sobre tecnología digital en educación.
¿Lo está?
Gustavo Herrera Urízar es profesor lector, Departamento de Didáctica y Organización Educativa, Facultad de Educación, Universitat de Barcelona.
