Un olvido electoral

Ningún partido apela a la responsabilidad, al esfuerzo, a la excelencia del trabajo diario como una forma de contribuir, tal vez realmente la única, al progreso personal y social de este país.
Juan Antonio Gómez TrinidadMartes, 14 de mayo de 2019
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Es tradicional en los Estados Unidos que el presidente saliente deje una carta en el despacho oval al sucesor en la que, además de desearle suerte, le ofrece una serie de consejos. La carta escrita por Obama se filtró a la prensa y en ella, tras felicitarle, el primer consejo que le da es recordarle que “depende de nosotros hacer todo lo que podamos para contribuir al éxito de cada niño y de cada familia que estén dispuestos a trabajar duro”.

No sé si en España existe alguna tradición similar, en cualquier caso, es de suponer que no aparecería este consejo a juzgar por los programas electorales. Ningún partido hace la mínima alusión al esfuerzo personal, salvo que implícitamente se esté pensando en la recaudación, consciente o no, de los impuestos como una forma de trabajar duro. Más bien parecen los programas una suerte de carta de los reyes magos dirigido a sus votantes, es decir a toda la sociedad prometiéndole satisfacer todas sus necesidades, incluso suscitando algunas que ni siquiera se le habían ocurrido al votante.

Ningún partido apela a la responsabilidad, al esfuerzo, a la excelencia del trabajo diario como una forma de contribuir, tal vez realmente la única, al progreso personal y social de este país.

No es de extrañar que en lo que a la Educación se refiere, las propuestas sean similares. Durante la pasada campaña al parlamento nacional –y presumo que en las autonómicas será igual–, las propuestas educativas son un reflejo de lo antes mencionado. No es que no se hablara de Educación –de los 180 minutos dedicados en los dos debates televisivos, apenas 8 minutos se dedicaron al tema–, sino que lo único que se propusieron fueron medidas genéricas, imprecisas, algunas utópicas y en cualquier caso, ninguna en la que se apelara a la responsabilidad del profesor, de los padres y de los alumnos, a pedirles un esfuerzo continuado, a “trabajar duro”, en palabras de Obama.

Ningún partido hace la mínima alusión al esfuerzo personal, salvo que implícitamente se esté pensando en la recaudación, consciente o no, de los impuestos como una forma de trabajar duro

Por lo visto aquí no es necesario. Aquí atamos a los perros con longanizas, y los ciudadanos en general y los alumnos en particular, sólo se tienen que ocupar de ser felices, de estar satisfechos. No existe ya el fracaso escolar, puesto que nadie ha fracasado. Como mucho, es una víctima de situaciones familiares, sociales, de traumas de todo tipo. Si los síntomas se pueden convertir en patología y dar la consiguiente respuesta médica y psicológica, tenemos ya la satisfacción generalizada. No es casual que el indicador de fracaso escolar ya no exista y se haya sustituido por el abandono escolar prematuro, es decir no abandonar el sistema escolar hasta los 24 años. Pero la realidad es tozuda, la naturaleza no engaña y la tasa bruta de graduación en ESO, el porcentaje de alumnos graduados en la ESO a los 15 años –edad teórica– es de un 70%. El de alumnas un 80%. Dicho en negativo, una cuarta parte del alumnado no obtiene el título de la ESO en la edad correspondiente.

Llevamos tantos años revisando las metodologías, los diagnósticos, los recursos, el contexto social etc., que tal vez sea hora de revisar si no hemos tirado por la borda algún elemento clave para el éxito escolar como es el esfuerzo continuado de los alumnos.

El aprendizaje no siempre es placentero, aunque siempre es gratificante, si se consigue el resultado deseado. Pero la consecución del mismo no es inmediato, y habitualmente requiere de paciencia, constancia y esfuerzo personal e intransferible. Nadie puede aprender por otro –al menos hasta ahora– y ello requiere la atención sostenida y la voluntad constante del que intenta aprender. Lo demás, recursos humanos y materiales incluidos, no son más que instrumentos; el protagonista auténtico e insustituible es el propio educando.

En el fondo, y esto es lo realmente preocupante, tanto en la Educación como en la sociedad, se ha producido un olvido de la responsabilidad personal, que es tanto como decir de la dimensión más auténtica de la libertad humana. Si la política en general y las políticas educativas en particular olvidan esta asignatura, no será posible ningún desarrollo ni personal ni social.

El autor es consejero titular del Consejo Escolar del Estado y catedrático de Filosofía

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