‘Flipped Playground’

“Al aire libre, los alumnos son más receptivos, se concentran mejor, están más motivados y más animados”.
Michael BennettMartes, 12 de noviembre de 2019
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En la edición anterior escribí sobre Innovación relativa y cómo el tema de la innovación puede ser más una cuestión de perspectiva que de cambiar al mundo. En este artículo quiero compartir una iniciativa que cabe sin duda dentro de este concepto de la innovación relativa dado que, para mí y para los centros en los que la desarrollé, sí resultó ser innovadora.

La iniciativa la he llamado Flipped Playground y se deriva del conocido término Flipped Classroom, o clase invertida. Me encantan los juegos de palabras y reconozco que aprovecho para introducir un palabro nuevo en el panorama educativo, que en cierta medida está ya saturado, pero más allá de ser una maniobra publicitaria veréis que bastante tiene que ver con el planteamiento de la clase invertida.

Una de las reflexiones que compartí en el artículo de Innovación relativa fue la de no necesariamente tener que salirse de la zona de confort para innovar, sino tomar acciones para adentrarse en ella o llevar tu práctica docente a esa zona de confort. Flipped Playground es un ejemplo perfecto para profundizar en esta idea. Esta iniciativa nace de lo poco confortable que siempre me han resultado las clases de por la tarde, después de comer, de 15:00-17:00. Es una franja horaria ya muy delicada que en España los niños, y por tanto los profesores, siguen con su jornada, una jornada indiscutiblemente larguísima para los alumnos.

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Un buen día, decidí salir al porche, una zona cubierta en el patio, para realizar las mismas actividades que tenía programadas para el aula

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Era mi segundo año como profesor y ya en primavera, esas clases de por la tarde se me hacían interminables. Los alumnos se subían por las paredes, su capacidad para concentrarse estaba ya agotada y mi paciencia también estaba en mínimos. Con lo que un buen día, decidí salir al porche, una zona cubierta en el patio, para realizar las mismas actividades que tenía programadas para el aula. Lo único que cambié fue el entorno, y el efecto que tuvo fue muy beneficioso.

Lo que tenía programado era cantar unas canciones en inglés y trabajar un poco el vocabulario y la parte oral del idioma. Simplemente en lugar de dar la clase en el aula, la dimos en el exterior, al aire libre y al fresco. Al principio los alumnos estaban bastante alterados ya que era algo totalmente inesperado pero enseguida pudimos centrarnos todos y fue una clase estupenda.

A partir de esa clase, empecé a salir con más frecuencia al patio para dar mis clases. En algunas no hacíamos nada más que buscar un rincón y leer, o si era clase de Plástica, tirarse en el suelo y pintar, utilizando los mismos materiales como si estuviéramos en el aula. Poco a poco empecé a aprovechar todo lo que me ofrecía estar en el exterior, siendo el espacio el mayor beneficio. De pronto me di cuenta de que podíamos jugar a todo tipo de juegos tradicionales saltando, corriendo y cantando. No había limitación del espacio y esto es algo que favorece el diseño de actividades para grupos de alumnos que, por desgracia, suelen ser bastante numerosos.

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Os puedo afirmar, desde mi propia experiencia, que el comportamiento de los alumnos al aire libre es muy distinto al de estar en el aula

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No dejaba de lado la posibilidad de leer o hacer otras actividades más ordinarias, pero cada vez empecé a utilizar el juego como vehículo didáctico. En mi web, www.flippedplayground.wordpress.com, comparto muchas de las experiencias que he llevado a cabo en estos años y destaco los beneficios que aportan aspectos didácticos como el movimiento y el juego. Incluso el mero hecho de estar al aire libre se ha visto que mejora la atención y la memoria en las personas como se puede ver en un estudio realizado en Cataluña.

Yo no hice ningún estudio parecido, pero os puedo afirmar desde mi propia experiencia que el comportamiento de los alumnos al aire libre es muy distinto al de estar en el aula. Son más receptivos, se concentran mejor, están más motivados y están más animados. Este último punto desde luego tiene su parte negativa. En más de alguna ocasión la emoción supera a los alumnos y hay que llamarles la atención incluso más que si estuviéramos en aula, pero también noté que esas llamadas de atención también funcionaban mejor.

Al principio montaba los esquemas de los juegos utilizando tizas u otros recursos disponibles en el centro. En ocasiones lo preparaba todo yo mismo y en otras lo preparaba junto a los alumnos, convirtiendo así el propio montaje de los juegos en parte de la actividad. Me puse a pensar y a mirar cosas por internet y vi que en muchos lados se pintaban recursos en los patios escolares.

Pintar el patio

De pronto vi que pintar y transformar el patio tampoco sería una novedad grandiosa en el panorama educativo, pero en mi caso tenía unos diseños muy particulares que tenían fines didácticos para mis asignaturas. Empecé a diseñar dibujos y esquemas, reflexionar sobre qué contenidos se podría dar desde clase con ellos y cómo potenciar los dibujos para favorecer el labor docente. Me interesaba, por supuesto, la parte de ocio que encontrarían los alumnos en las pintadas, pero me apasionaba la idea de ver a tres o cuatro grupos de clases en el exterior, un martes soleado cualquiera, dando sus clases al aire libre.

La idea estrella siempre ha sido hacer un Twister gigante con diferentes figuras geométricas en lugar de solamente círculos. También metí mano a los colores, de forma que utilizamos colores secundarios con el propósito de profundizar en algunos contenidos curriculares. De este modo, el Twister me servía a mí en  la asignatura de Science para ver las partes del cuerpo, y en la de Arts para trabajar con figuras geométricas y los colores. No tardaron mucho mis compañeros de Matemáticas en utilizar el juego para también trabajar con las figuras geométricas, viendo áreas, ángulos, perímetros y un largo etcétera de posibilidades. Llené el patio con mapas, rayuelas, planos de casas, relojes solares, animales y un largo etcétera de juegos y esquemas con los que se podría dar clase.

Desde luego, el mero hecho de decorar y dotar los patios de dibujos y recursos añade valor al centro, pero si los profesores los aprovechásemos para dar clase al aire libre creando actividades y juegos con los cuales los alumnos pueden aplicar sus conocimientos, ese valor se dispara. Os invito a salir a dar clase al exterior, pensar en cómo se puede transformar el patio para convertirlo en un espacio más de enseñanza-aprendizaje y disfrutar de innovar desde la comodidad.

Michael Bennett. Profesor bilingüe de Science y Arts de Primaria en Madrid.

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