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Confesiones de un ‘millennial’

“Miro a mi alrededor, a mi contexto, a mi sociedad, a mis antiguos compañeros y solo constato el fracaso de 30 años de constructivismo, de 30 años de fe ciega en un paradigma educativo con mimbres cuasi religiosos”.
Pascual Gil GutiérrezMartes, 22 de septiembre de 2020
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© OLLY

Asisto atónito a la avalancha de “expertos” educativos que pregonan urbi et orbi la necesidad de aprovechar la ventana de oportunidad que ofrece el contexto de inflexión, a todos los niveles, provocado por la crisis de la Covid-19 para dar el vuelco definitivo y trascendental al modelo educativo.

Modelo que se tilda, con pocas pruebas pero con mucha vehemencia y aún más prejuicios políticamente correctos, de viejuno, anquilosado, trasnochado, inmovilista, tradicional e incluso de excluyente por su supuesta obsesión en potenciar el execrable intelectualismo o, peor todavía, por detenerse aún, a estas alturas de la evolución humana, en el imperdonable cultivo de la memoria o de los inútiles saberes enciclopédicos.

Por contraposición, los mismos “expertos” suelen caer en la reivindicación de lugares comunes tan manidos que se convierten en tontos tópicos, tan tópicos y antiguos que aún me sorprende que haya gente que, con buena voluntad, los vincule a la innovación o a la propia idea de progreso.

Tópicos inmortales como la siempre insuficiente motivación del alumnado, la necesidad de la musiquilla de la innovación en las metodologías, la importancia del saber hacer o del saber ser por encima del simple y llano saber, el acuciante reciclado continuo de un cuerpo docente tendente a acomodarse, las bondades de la inclusión de las TIC en las aulas… Nihil novum sub sole.

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He estado rodeado, aquí y allá, de algunos docentes ingenua y plenamente convencidos de la explosión de curiosidad innata del niño incólume

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En este caso, me gustaría compartir mi propia experiencia como alumno, pues considero que ya no es necesario ni se debe permitir el monopolio de las voces paternalistas que juzgan en nuestro lugar lo que ha sido bueno o malo en nuestra formación desde algún despacho de alguna cátedra en alguna facultad de Educación.

Tengo 25 años y, por tanto, pertenezco a las últimas añadas de la generación millennial, casi casi en la difusa frontera con los Z o centennials, y recuerdo con resolución 4K mi pasado reciente como estudiante. He crecido y me he formado rodeado de tecnología (múltiples sistemas operativos, aún más redes sociales, tablets, smartphones, cloud computing, e-learning, webs 2.0 y 3.0…).

También, y sobre todo, he crecido y me he formado en plena implementación del paradigma Logse y sus hijuelos posteriores, del omnipresente e incontestable paradigma constructivista, de la siempre biensonante Nueva Pedagogía (que a mis ojos de millennial hace mucho que es una amalgama de premisas interesadas, parciales, caducas y falsadas).

He estado rodeado, aquí y allá, en el colegio, en el instituto o incluso en la universidad, de algunos docentes ingenua y plenamente convencidos de la explosión de curiosidad innata del niño incólume, de que lo procedimental excede en importancia a lo conceptual, de que lo democrático es que una opinión subjetiva esté en el mismo podio que el conocimiento riguroso, de que un niño sentado en su pupitre es una aberración o un crimen quizá pensando que el dinamismo físico dentro de las aulas equivale a un dinamismo cognitivo, de que la igualdad se debía consumar en el destino y no en el punto de partida, de que la felicidad es medible y objetivable, de que la diversión y lo lúdico, per se, podían ser garantía de aprendizaje de calidad, de que concebir al niño como un pequeño científico investigador era el futuro…

Por no hablar, según recuerdo, de los docentes convencidos de metodologías de lo más variopintas, algunas realmente denigrantes para ellos y para nosotros como alumnos, llenas de colorines, purpurina, corazones, arcoíris, llenas de mercadillos de opiniones vacuas y sin fundamento que se quieren hacer pasar por interesantes debates donde el supuesto pensamiento crítico nace y fluye a borbotones, llenas de metáforas banales al más puro estilo Paulo Coelho revestidas de impostada solemnidad y trascendencia, llenas de pseudopsicología epidérmica que pretende tratar en profundidad las emociones y los sentimientos, al parecer también objetivables y medibles, o llenas de supuesta verdad neurocientífica.

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De verdad, a los conquistados por las seductoras propuestas de los expertos de despacho o de los visionarios de moqueta, dejadlo

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En efecto, conmigo y mis antiguos compañeros se han puesto en práctica la flipped classroom, el roll-playing, el aprendizaje basado en retos, el aprendizaje colaborativo, el design-thinking, la gamificación… y un sinfín más de llamativos productos disponibles en el bazar persa de la “innovación”. Todos compartían premisas alentadoras y apriorísticas como despertar nuestro interés dormido o desempolvar nuestra enterrada motivación, también prometían grandes resultados, incluso “enseñarnos a ser”, nada más y nada menos; hasta ahí llegan las ínfulas de algunos.

El resultado real, el que no permite opinión, ha sido desmoralizador para nosotros, para los protagonistas. Ahí va: la vaciedad de estos planteamientos, escondida tras su pretenciosa y salvífica puesta en escena, solo nos despertaba desazón ante la insoportable obviedad de estar perdiendo el tiempo, de no estar aprendiendo nada en medio del sopor generalizado, de estar siendo tomados por tontos por alguien o por el sistema, de divagar soñolientos entre evidentes vaguedades.

De verdad, a los deslumbrados por la promesas de una Arcadia Feliz donde importa el cómo y no el qué, dejadlo. De verdad, a los conquistados por las seductoras propuestas de los expertos de despacho o de los visionarios de moqueta, dejadlo. De verdad, dejad el mundo de las ideologías que se quieren hacer pasar por ciencia o de las convicciones personales que se pretenden verdades universales. De verdad, bajad de nuevo al mundo material, bajad a la realidad.

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Miro mi alrededor y constato que tres décadas de creer en que cada individuo construye su conocimiento han conducido a la frustración absoluta

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Por cierto, aunque huelga decirlo, estas “innovaciones” tampoco nos divertían, ni siquiera nos entretenían, no hablemos ya de motivarnos o de aprender. Para todo esto, os lo aseguro, los millennials ya teníamos las redes sociales o nuestro tiempo libre con los amigos. En serio, a los profesores chupiguáis, posmodernos, innovadores y a la última, dejad los fuegos artificiales, dejad la tendencia performativa, dejad de intentar entretener a vuestro público porque esa competición está justamente perdida frente a las opciones lúdicas disponibles fuera del aula y, además, no es la vuestra.

Cuando era alumno, mucho se equivocaba el docente que buscaba congraciarse con nosotros por medio del fatuo estímulo como si fuéramos el perro de Pavlov, pues la animadversión aparecía de forma inmediata y en muy poco tiempo dejaba paso al aborrecimiento o a la más insondable indiferencia.

Lo peor es que miro a mi alrededor, a mi contexto, a mi sociedad, a mis antiguos compañeros y solo constato el fracaso de 30 años de constructivismo, de 30 años de fe ciega en un paradigma educativo con mimbres cuasi religiosos. Miro mi alrededor y constato que tres décadas de creer en que cada individuo construye su conocimiento han conducido a la frustración absoluta, la frustración propia del que solo ha construido una imagen distorsionada de sí y del mundo. Tres décadas de escuchar constantemente lo buenos que somos todos, tres décadas hablándonos de lo especiales y capaces que somos todos, tres décadas con la boca llena de palabras como tolerancia, inclusión, bienestar, comprensión o diversidad; palabras tan manoseadas para justificar cualquier cosa, tan mutadas en fetiche, que en nuestra mente pronto quedaban como significantes vacíos.

Tres décadas despotricando de los contenidos, de la memoria. Tres décadas viendo cómo se recompensaba tanto al que se esforzaba como al que no, tanto al que sabía como al que no sabía. Tres décadas de mucho cómo y muy poco qué. Tres décadas en las que se ha ido convalidando el juicio racional por la intensidad emotiva. Tres décadas en las que las desigualdades socioculturales y económicas solo se han enmascarado temporalmente tras discursos buenistas, logorreicos y naíf para emerger de nuevo con toda su fuerza y crudeza en la vida adulta. Tres décadas condenando a importantes bolsas de población a un analfabetismo funcional.

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Qué frío hace en el mundo real cuando solo se han visto cálidos soles sonrientes enmarcados en arcoíris y espejismos de armonía dentro de las aulas

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Tres décadas después, hoy, muchos se sienten estafados. Muchos, a mi alrededor, se han hecho adultos y se han dado cuenta de que sienten pavor ante la lectura de más de tres renglones, de que les entra un escalofrío solo al pensar en tener que expresarse por escrito en un folio en blanco, de que lo cierto es que no todos pueden ser Albert Einstein y de que la realidad no cambia solo con desearlo.

Peor aún, muchos se han dado de bruces con un mundo adulto que produce vértigo y angustia vital una vez desenmascarada la falsa promesa de que eran absolutamente geniales, rematadamente capaces de todo por el simple hecho de existir. Qué frío hace en el mundo real cuando solo se han visto cálidos soles sonrientes enmarcados en arcoíris y espejismos de armonía dentro de las aulas.

Es en este punto de máximo desengaño cuando masas de personas formadas al amparo de este paradigma, que se supone consagra sus esfuerzos al florecimiento del pensamiento crítico de los futuros ciudadanos, en realidad se encuentran desarmadas, sin argumentos, sumisas y a merced de un mercado laboral que impone una creciente precariedad, rendidas intelectualmente ante discursos demagógicos de todos los colores, abandonadas a los placebos irracionales y sonrojantes que gurús, coaches y demás charlatanes, a modo de religiosidad laica, venden en forma de autoayuda, psicología positiva y felicidad de plástico.

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Hemos acabado inventando al alumno hidropónico, el alumno sin raíces fuertes y sin suelo fértil donde engarzarlas y hacerlas crecer

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Ciertamente, tantos años “innovando”, despreciando la cultura y el intelecto, desconfiando de la transmisión de saberes sólidos, premiando el continente por encima del contenido, encumbrando el relativismo indiferente ante lo injusto; y al final hemos acabado inventando al alumno hidropónico, el alumno sin raíces fuertes y sin suelo fértil donde engarzarlas y hacerlas crecer, sin referencias ni referentes consolidados, con una identidad fragmentada hasta el infinito y una personalidad frágil ante las numerosas presiones y los incontables estímulos de nuestra sociedad.

Sin duda, el alumno hidropónico de ayer, el que se supone había sido protagonista de su propio aprendizaje y había construído su propio saber, es el ciudadano indiferente de hoy, también es el trabajador sumiso ante al abuso y el consumidor desbocado frente al mercado pletórico.

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De todos mis antiguos profesores que intentaron encarnar la quintaesencia del paradigma constructivista, no tengo un especial buen recuerdo

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Por si sirve de algo, de todos mis antiguos profesores que intentaron encarnar la quintaesencia del paradigma constructivista, de la nueva pedagogía y de la innovación no tengo un especial buen recuerdo, ni de ellos a nivel personal ni de su quehacer en las aulas. En mi mente, cuando pienso en aquellos bienintencionados que se veían a sí mismos como valerosos revolucionarios que venían a limpiar las telarañas de la vieja escuela, a sacarme de las tinieblas y a “enseñarme a ser”, solo encuentro frialdad, indiferencia, de vez en cuando vergüenza ajena y en algunos casos incluso lagunas de olvido.

Por el contrario, sí tengo muy presentes a los muchos docentes que podrían considerarse “tradicionales”, esos menos dados al autobombo, esos que nos hacían tomar apuntes, esos que nos sometían a duras pruebas y exámenes, esos que exigían un esfuerzo continuo, esos que imponían una disciplina tan estricta como afectuosa, esos que basaban su autoridad en su saber sin recurrir al autoritarismo.

Estos últimos, quizá menos llamativos, menos cool, menos imbuidos de la dictadura happy, y mucho más espartanos, compartían ciertos rasgos definitorios, a saber: exhibían un dominio apabullante de su materia y profesaban un hondo respeto por ella. Y eran muy parcos en recursos humanos y materiales: ellos, nosotros, una pizarra y una tiza. Quién diría que solo hacían falta un gran especialista en un área del conocimiento con absoluta e irrenunciable entrega a su disciplina, una pizarra y una tiza para impresionar, captar y hacer aprender, a veces incluso apasionadamente, a unos millennials.

Quién diría que solo hacía falta explicarnos con maestría y en profundidad el devenir de la lucha obrera en los siglos XIX y XX, las aplicaciones del hallazgo de la apotema, la diferencia entre el mundo sensible y el mundo inteligible y su traducción práctica en la República de Platón, la composición de una célula eucariota o las aventuras del loco hidalgo que se lanzaba por llanuras manchegas a “desfacer entuertos” para que unos millennials, aparentemente pasivos en sus pupitres, pusieran a funcionar sus mentes a pleno rendimiento, asaltados por nuevas inquietudes y deseosos de seguir aprendiendo.

Quién diría que unos millennials acabarían afirmando sin tapujos que aprendieron más, infinitamente más, en una sola clase magistral de Historia del Arte que en todo un curso “construyendo su conocimiento” y “siendo protagonistas de su proceso de aprendizaje” en otra materia de cuyo nombre no quieren acordarse.

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Nos agarramos como clavos ardiendo a esos profesores heroicos, que se atrevían a seguir enseñando de verdad en un contexto cada vez más hostil

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Algunos de mi generación, cuando fuimos alumnos, sorteamos los seductores cantos de sirena de los discursos huecos y nos agarramos como clavos ardiendo a estos profesores heroicos, con los pies en el suelo y las ideas claras, que se atrevían a seguir enseñando de verdad en un contexto cada vez más hostil. Profesores que, lejos del paternalismo pseudoprogresista o de la hipocresía de resonancias New Age tan mainstream, estaban convencidos de que el saber riguroso, la exigencia y la disciplina eran las mejores pruebas de su respeto hacia nosotros como seres racionales, inteligentes y capaces y de su sincera preocupación por que nos convirtiéramos en verdaderos dueños de nuestras vidas, en ciudadanos conscientes y críticos.

Sin duda, todos ellos tienen y tendrán un papel fundamental en mi vida y en las de tantos otros compañeros. Por todo ello, pediría encarecidamente a los “expertos” que dejen de retorcer la realidad para ver corroboradas y legitimadas unas propuestas educativas con unos resultados evidentemente negativos, que dejen de llamar innovación a lo que no es más que una retahíla insufrible de topicazos y de lugares comunes que ahorran el esfuerzo intelectual y la lucha dialéctica de una verdadera reflexión profunda, que dejen de confirmar artificialmente sus prejuicios desde la complaciente lejanía de una cómoda cátedra o un despacho, que dejen intentar convencernos de que sus convicciones, concepciones e ideologías se deben convertir en dogmas universales e infalibles, que dejen de jugar a ser dioses y demiurgos primordiales. Que dejen de vendernos bacía de barbero haciéndola pasar por yelmo de Mambrino.

Y ahora que algunos ya tenemos cierta edad, por favor, que dejen de hablar por nosotros sobre nuestra experiencia en el sistema y sus consecuencias sobre nuestras vidas. Cuánto anhelo de trascendencia, cuánto megalómano mesianismo, cuánto afán de coronación aureolar, cuánta ignorancia, cuánta teleología, cuánto fundamentalismo, cuántas inconfesables y lucrativas connivencias y cuánta arrogancia mal disimulada se esconden tras los que se creen con derecho a “enseñar a ser” a los demás. Qué sospechoso tufillo dejan a su paso los que quieren cambiar la Ilustración por la Iluminación.

Pascual Gil Gutiérrez. Profesor de Historia y Geografía, y millennial.

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Comentarios
  1. Xavier Gisbert
    10 de octubre de 2020 08:54

    Excelente artículo. De lo mejor que he leído en los últimos años.
    Enhorabuena al autor.

  2. Isabel
    12 de octubre de 2020 07:43

    ¡Fantástico! Quiero a este profesor de ministro de Educación.

  3. Isabel
    17 de octubre de 2020 14:35

    ¿En serio? Solo veo a alguien despreciando sus vivencias y quejándose de todo. Ninguna idea propositiva o constructiva. Poca empatía para los que no son como el. Poco habla de diversidad, de dificultades de aprendizaje y de colaboración entre iguales. No seré tan erudita como el, ni tan elocuente, pero personalmente me aporta muy poco este discurso quejica

  4. Isabel
    17 de octubre de 2020 14:49

    Es el discurso del nada vale, así que mejor no has nada. Lo que me fastidia.

    Y claro que estoy en muchas cosas de acuerdo. Si, muchos educadores han querido hacer algo diferente desde el lado equivocado. Sin contar con los jóvenes, sin confiar en ellos, sin dotarles de herramientas de colaboración, discusión, de autoestima, de expresión, de escucha, de agradecimiento, de autoconocimiento.

    Las mismas herramientas que ha de poseer cualquier profe antes de querer cambiar aquello que ha heredado de su educación.

  5. Ramon
    21 de octubre de 2020 11:35

    Magistral!
    Felicidades Pascual.

    Con visión de alumno, acabas de explicar a la perfección el martirio de destrucción y mentiras que a nosotros nos han obligada a sufrir , como profesores, estos últimos treinta años.

    “Se puede engañar a todos durante algún tiempo

    Se puede engañar a algunos todo el tiempo

    Però no se puede engañar a todos todo el tiempo”

    Ánimos. No estas solo!

  6. Luis Castellón
    22 de octubre de 2020 16:45

    Excelente. Una exposición impropia de un “milennial” que es lo que me sorprende. Suscribo todo lo que ha expuesto. Después de cuarenta y cuatro años de catedrático de Instituto, identificándome con esos profesores referidos empollados en su materia, pizarra y tiza y cuyos alumnos no faltaban a clase sencillamente por que le gustaban, el aterrizaje en los institutos de esa caterva de “expertos” fue para mi y bastantes otros como una invasión en lo que considerábamos funcionaba razonablemente a pesar de las penurias. Lo de enseñanza “comprensiva” o para la “diversidad”, son simplemente excusas para no dar ni golpe y marear la perdiz sin enseñar auténticamente.
    Mi enhorabuena y gracias. PD.- Llevo cinco años jubilado. Feliz, pero triste si veo como van las cosas, y eso que se veían venir.

  7. Pilar Fortuny
    22 de octubre de 2020 21:08

    ¡¡¡Magistral!! Del principio al final. Me quito el sombrero ante tus palabras. Soy de las que viven rodeadas en su centro de tics, gsuites, abp, colaborativos, flipped classrooms y trabaja en aulas en las que las pizarras cada vez son más pequeñas y los alumnos no son capaces de organizar sus conocimientos en un esquema. Somos pocos pero resistimos. Gracias por este texto. A veces casi perdemos la fe en lo que hacemos. Aunque siempre hay alumnos que lo saben valorar y lo agradecen. Tengo una cola larga de ex-alumnos con los que aún puedo quedar a tomar un café para hablar de la vida. No hay medalla más grande para mi. Me has dejado sin palabras. Muchísimas gracias de nuevo. Una profesora de tiza y pizarra

  8. Ángel
    23 de octubre de 2020 00:41

    Empecé a trabajar como maestro de Enseñanza Primaria (Profesor de E.G.B.) con la reforma Palasí en el 71 en la que aparecieron los primeros “innovadores de diseño” en los I.C.E. He sido profesor de Filosofía en Escuela de Magisterio y en Enseñanza Secundaria. He estado 16 años de jefe de estudios de un IES, y los últimos 8 como director del mismo centro. Para defender a mis alumnos y sus derechos educativos, he tenido que sufrir y pelear, hasta la extenuación, contra los “innovadores de diseño”, que ahora habían ocupado los CEP. Tras un proceso continuo de análisis durante esos 24 años, fundamentalmente estadístico de resultados, y de concienzuda institucionalización progresiva de los aciertos, conseguimos ser el centro de Secundaria con mejores resultados académicos y educativos de la región. Gracias Pascual por haberte formado intelectualmente tan brillantemente como lo has hecho. Gracias por dedicarte a esto de enseñar y tener las ideas tan claras y acertadas sobre tu trabajo. Y gracias por escribir este fantástico artículo que debería figurar en el frontispicio de todos los centros docentes junto a una leyenda realmente revolucionaria: “Abtenerse innovadores de diseño. Con alumnos no caben ocurrencias”

  9. Gotzone Mora
    23 de octubre de 2020 18:23

    Cuánta verdad, Pascual. He leído tu artículo y pienso lo mismo que tú en esas líneas que nos has expresado.
    Gotzone Mora
    Universidad del País Vasco

  10. Antonio Granado Navas
    26 de octubre de 2020 12:43

    Estimado Pascual: Tras leer detenidamente tu artículo me hace reflexionar sobre mi vida profesional, 40 años en una escuela de personas humildes y de las que he aprendido la mayoría de las cosas que merecen la pena aprender en la vida. Nada que decir sobre tu experiencia personal, siento que hayas tenido tan malos maestros, constructivistas, progresistas, o cómo tú le quieras llamar, y tan buenos de los que tú llamas tradicionales. Me alegro por ti especialmente por los segundos. Es verdad que yo no soy tan sabio como tú que en 25 años eres capaz de juzgar 30 años de teoría del aprendizaje.. Yo solo he intentado a lo largo de mi vida hacer todo lo posible para ofrecer a mi alumnado la mejor educación, con la mayor comprensión, la mayor exigencia, la mayor empatía y la mayor formación. Para ello, he sido unas veces lo que tú llamas tradicional y otras lo que tú llamas constructivista, progresista o lo que sea. Siento que en muchas ocasiones no he aportado lo mejor para algunas personas concretas, a otras, si. No obstante tengo el orgullo de que he hecho todo los esfuerzos posibles para aportar a su aprendizaje lo mejor para sus vidas. Desde luego creo que descalificaciones absolutas como las que tú haces basadas en tu experiencia, yo no me atrevería hacerlas. A mi me parece que todas las teorías educativas aportan algo y que el papel del maestro es intentar adecuarlas a cada persona para que aprenda todo lo que la vida, el momento y su situación le permita. Ya sé que esto te puede sonar a Paulo Coelho, pero aunque haya estado alejado de tu experiencia también es parte de la realidad. Estimado Pascual, creer que la realidad de uno es la única realidad, a mí me parece peligroso. Yo solo puedo decir que soy un maestro que no ha escatimado ni una hora al aprendizaje de su alumnado, que en muchas ocasiones me he equivocado y en otras
    muchas más he acertado. Hoy , jubilado , me sigo reuniendo con mi alumnado que algunos tienen más de 40 años, y sigo compartiendo la vida con ellos. Esto me hace feliz y les hace felices. Esa felicidad no sé si se puede medir, pero puedes estar seguro que la vivimos. Seguimos aprendiendo juntos.

  11. José Luis Garrido
    27 de octubre de 2020 07:52

    Grandioso. Muy buena reflexión y bien escrita.

  12. Víctor Vergara
    27 de octubre de 2020 15:06

    Una reflexión, como cualquier otra… con la que estoy bastante de acuerdo. Yo, por mi parte, soy adicto a la pizarra y la tiza aunque no hago ascos a algunas de las innovaciones. Y el trato cercano y respetuoso con el alumnado que hace mucho. Honestidad, sentido del humor y paciencia. Y poco más, dominar la materia que transmites.

  13. Yolanda
    7 de noviembre de 2020 13:39

    Pascual, ¿qué tipo de educación has tenido para escribir así? ¿Porque si es justamente la que dices, como es posible q escribas con ese léxico?
    Ya he visto q eres profesor, pero aún así, si estudiaste en este tipo de sistemas educativos, es imposible (según una amiga q es profesora) q escribas de esa manera, y menos con tu edad, dice q te ha tenido q ayudar alguien. Por mi parte, creo q no depende solo del sistema educativo, si no del interés de cada alumno por aprender más, y no quedarse en lo q le enseñan en la escuela.
    Por favor, ¿nos podrías sacar de dudas?

  14. Álex Bauzá
    10 de febrero de 2021 13:53

    En nombre propio y de algún que otro dinosaurio en acelerada vía de extinción en el caduco mundo de la docencia, gracias.
    Es un estímulo necesario ver que nuestro intento por mantener viva una tradición y un oficio respetable como es ser profesor, todavía es recibido como necesario por algunos.
    De corazón y de nuevo, gracias. Se podría decir más alto, pero en modo alguno más claro.

  15. Luis
    18 de febrero de 2021 00:02

    Por suerte no te tuve a ti de profe.