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Dios (mío)

A menudo nos cerramos en banda escudándonos en la mala administración que han hecho y hacen quienes predican la palabra de Dios. No les quito razón, aunque la pierden en cuanto su postura supera en intransigencia a la de aquellos que señalan.
Rubén Villalba
Periodista y creador del podcast 'El entrevistólogo'
12 de diciembre de 2023
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Resulta paradójico, al menos para mí, que sea Dios quien despierte intolerancia. Creyentes y no creyentes, agnósticos, ateos, teístas y no teístas. A casi todos la palabra (de) Dios les causa revuelo y hasta cierta indignación u ofensa cuando la imagen o concepto que de él tienen difiere del de otra persona. Me sorprende que lo que en su origen acogió la mayoría de religiones y creencias para sembrar paz sea discordia lo que recoja.

Es cierto: su nombre se ha pronunciado demasiado en vano y en su nombre aún siguen librándose guerras y perpetuándose privilegios que hacen dudar de su existencia. Mi crítica no es, sin embargo, contra el ateísmo ni la religión que cada uno profese, sino contra la dificultad que hoy encuentro para hablar, sin fanatismos ni exaltaciones, del tema. ¿Qué nos escuece? ¿Qué (nos) acompleja? ¿Será que seguimos sin ser capaces de discernir Dios de religión? Por ahí, sospecho, empieza el dilema.

No me interesa Dios en grandes términos y muy poco lo que de él prediquen desde un púlpito. Me importa Dios a pequeña escala, quiero decir, a la altura de un descansillo, de un banco o de una mesa en torno a la cual sus comensales nos reconozcamos, cada uno a su manera, en él. Unos lo harán pensando en el Dios cristiano; otros, en uno aconfesional; muchos preferirán llamarlo energía, karma, causalidad o destino; y habrá quien lo identifique con una nada que a menudo no niega del todo su existencia, sino al Dios catequético.

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¿Qué nos escuece? ¿Qué (nos) acompleja? ¿Será que seguimos sin ser capaces de discernir Dios de religión? Por ahí, sospecho, empieza el dilema

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Entre equívocos y disputas fomentadas desde altas esferas, nos perdemos, a mi juicio, un bonito debate que nos acercaría como seres que, además de humanos, somos hijos de Dios. Dicho de otro modo, para quien no se identifique con el término, compartimos incertidumbres, miedos, dudas, ruegos y anhelos que depositamos y confluyen en un “algo”. Hasta el más ateo flaquea cuando se ve sin tabla ante una ola inesperada. No hablo de evangelizar o ser beato —cuánto beato hipócrita—, sino de reconocernos en la necesidad colectiva de un “algo” cuando la nada acecha; de identificarnos en las mismas cuestiones vitales y trascendentales que, en mayor o menor grado, compartimos. Supongo que es esta la sed a la que se refieren los cristianos.

El debate, sin embargo, sigue siendo arduo y crispante, adulterado por prejuicios y relatos mal contados. A menudo nos cerramos en banda escudándonos en la mala administración que han hecho y hacen quienes predican la palabra de Dios. No les quito razón, aunque la pierden en cuanto su postura supera en intransigencia a la de aquellos que señalan. Dios se parece, para mí, a la política: lo hemos convertido en algo casi tabú, de lo que mejor no hablar si queremos seguir compartiendo mesa, relación o amistad. Es decir, nunca nos pondremos de acuerdo. Y eso está bien; siempre que el debate, como en política, no sea mala confrontación sino sereno reconocimiento de que, pese a nuestras diferencias, buscamos en el fondo las mismas respuestas, aunque formulemos, para intentar alcanzarlas, distintas preguntas.

Por eso, decir que a uno Dios no le importa —o como cada uno pueda llamarle— es como decir que a uno no le importa la política, cuando todo es política: de una forma u otra, lo que sale de ella nos acaba afectando; más aún, la necesitamos como medio para administrar y alcanzar fines comunes. Habría tal vez que matizar y lo que en realidad no nos importa no es la política, sino sus gestores: los políticos. Eso es otra cosa. El mal uso que hagan del medio no anula la existencia ni la utilidad del fin. Lo mismo pasa con Dios.

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Dios se parece, para mí, a la política: lo hemos convertido en algo casi tabú, de lo que mejor no hablar si queremos seguir compartiendo mesa, relación o amistad

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Puede que lo hayamos creado a nuestra imagen y semejanza, y no al contrario. Puede que esto choque de frente con las religiones o determinadas creencias; pero desde luego no podemos levantar muros a pequeña escala; no en ese descansillo donde tildamos al vecino de ignorante o fanático por creer en Dios; no en esa mesa donde se toma a guasa al amigo o familiar que deposita confianza en el karma o el destino; y menos aún andar a la gresca porque mi “dios” no sea el tuyo. Por ahí han empezado —y empiezan— las peores guerras. Antaño, por motivos tan cuestionables como los de hoy, cuando nos han convencido de que todo aquello sin un retorno tangible, inmediato y utilitarista no sirve y, por ende, no existe

Me acuerdo, al escribir esto, de lo que Odile Rodríguez de la Fuente me advirtió en una entrevista: “La crisis medioambiental es solo un síntoma de una crisis existencial”. Me decía en aquella charla que hemos callado nuestra voz interior a golpe de gritos de un exterior que en apariencia nos da todo, pero en cuyo fondo no hay nada. Nos hemos “desconectado”, me avisaba, y quizá por eso hoy más que nunca rezumamos intolerancia a la mínima que el otro difiere de mí. El resultado es una sociedad cuyos miembros escuchan cada vez menos al prójimo y, por tanto, a uno mismo. Al no cultivar la escucha, ni siquiera damos lugar, en términos científicos, a la falsabilidad, es decir, a la capacidad de dar motivos o razones consistentes que contradigan una determinada creencia o postura.

Viene todo esto a que en el último capítulo de mi podcast hablo con José Carlos González-Hurtado de Dios o, más concretamente, de teorías científicas que vendrían a confirmar la existencia de un principio creador. Por el solo hecho de haber realizado, en términos periodísticos, esta entrevista se me han presupuesto etiquetas que vienen a reafirmarme en lo hasta aquí escrito.

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