Santiago Romero: "Crear materiales con calidad no se resuelve pulsando un botón"
Santiago Romero llega a esta conversación en plena reconfiguración del sector editorial educativo y con una idea muy clara: la tecnología, por sí sola, no mejora el aprendizaje. Desde su experiencia en la industria de los contenidos y la digitalización, reivindica que el debate no debe centrarse en si un material es papel o pantalla, sino en qué proyecto educativo hay detrás, cómo se utiliza en el aula y qué impacto real tiene en el alumnado.
Durante la charla, el director general de ANELE repasa también la evolución de la lectura, el papel de las familias, la presión de los cambios curriculares y la necesidad de proteger los estándares de calidad en un con texto marcado por la inteligencia artificial y por la caída de la natalidad. Su diagnóstico combina prudencia y optimismo: el sector, dice, no atraviesa una crisis estructural, pero sí necesita más previsibilidad, más evidencia y más reconocimiento del valor profesional que hay detrás de cada manual.
Usted ha dedicado buena parte de su trayectoria profesional a la digitalización. ¿Cómo mira hoy el debate sobre las pantallas en la educación?
–Creo que hay que hilar muy fino. Muchas veces se mete todo en el mismo saco y se habla de pantallas como si el problema fuera siempre el mismo, cuando no lo es. No es comparable el uso de dispositivos en casa con su uso en el aula. En educación, lo importante no es la pantalla en sí, sino el método, la pedagogía que hay detrás y el criterio con el que se utiliza. Digitalizar no es poner pantallas por todas partes.
Entonces, ¿dónde está el error más habitual?
–En pensar que la innovación consiste simplemente en introducir tecnología. Si no hay una estrategia, si no hay apoyo al docente, si no hay liderazgo en el centro y si no se evalúa el impacto, el resultado puede ser irrelevante o incluso contraproducente. Hay que saber cuándo utilizar cada recurso, en qué edad y para qué objetivo. La clave es basarse en la evidencia.
¿Cree que la inteligencia artificial obliga a rehacer ese debate?
–Sin duda. Si ya era importante reflexionar sobre las pantallas, con la inteligencia artificial lo es todavía más. Estamos ante una herramienta que tendrá un impacto muchísimo mayor si se regula mal. Por eso, en el aula todo lo que se haga con tecnología debe responder a criterios pedagógicos muy sólidos y estar muy bien pensado.
Desde fuera, a veces se reduce el trabajo de las editoriales al simple hecho de vender libros. ¿Qué le diría a quien lo vea así?
–Que detrás de un libro de texto hay muchísimo más. No hablamos solo de un objeto físico, sino de un proyecto educativo elaborado por profesionales que conocen la ciencia del aprendizaje, el currículo y las necesidades del aula. Un manual no es simplemente un formato; es una herramienta que pretende acompañar al docente y contribuir al desarrollo del alumnado.
¿El libro de texto actual se parece al de hace veinte años?
–No, ha evolucionado mucho. Hoy los proyectos son más flexibles, permiten itinerarios distintos y responden mejor a la diversidad del profesorado y del alumnado. Ya no se trata de un libro rígido, sino de materiales pensados para dar apoyo real al docente.
¿Qué opina del llamado movimiento «No Text» o de los profesores que elaboran sus propios materiales?
–Hay que distinguir. Un profesor puede ser excelente en su materia, pero no tiene por qué ser editor. Crear materiales con calidad, coherencia curricular y criterios de aprendizaje no es algo que se resuelva pulsando un botón. La inteligencia artificial puede ayudar, pero no sustituye la necesidad de controles de calidad ni de un proyecto sólido detrás.
¿Cree que la administración debería regular más esa calidad?
–Sí, deberían existir estándares y controles de calidad. En educación no vale cualquier cosa. Si hablamos tanto de excelencia educativa, no tiene sentido que en una pieza clave como los materiales curriculares parezca que todo da igual. Lo que llega al aula debe tener trazabilidad, calidad y una base pedagógica clara.
Lo que llega al aula debe tener trazabilidad, calidad y una base pedagógica clara
"Usted ha comentado que lee mucho y que lo hace también en digital. ¿El eReader ha cambiado realmente los hábitos de lectura?
–Ha cambiado algunos hábitos, pero no ha sustituido al papel como mucha gente pensó que ocurriría. Sigue habiendo una experiencia de lectura muy ligada al libro físico, sobre todo en determinados contextos. En mi caso, uso Kindle por comodidad, pero eso no significa que el papel haya perdido valor.
¿Y en sus hijas adolescentes?
–En casa les facilito los libros. Me interesa que lean, no tanto el formato. Curiosamente, aunque son muy digitales para todo lo demás, los libros los prefieren en papel. También noto que, a medida que se hacen mayores, vuelven a la lectura después de una etapa de más desconexión.
¿Cree que existe una fatiga digital?
–Puede ser. Hay mucha gente joven que ya pasa demasiado tiempo con pantallas y busca precisamente algo más reposado. Por eso no me parece raro que el libro en papel siga teniendo tanto sentido.
¿Está repuntando la lectura entre los jóvenes?
–Los datos recientes apuntan a un cierto repunte y yo también lo percibo en mi entorno. Hay un retorno a la lectura en algunas edades, y eso es una buena noticia.
ANELE representa a las editoriales, pero usted insiste mucho en la libertad del profesor. ¿Por qué?
–Porque el profesor es quien mejor conoce lo que necesita su aula. Nuestro trabajo es ofrecerle materiales sólidos, flexibles y coherentes, no imponerle una única forma de enseñar. La libertad de decisión del docente debería ser una prioridad
¿Le preocupa que algunas decisiones sobre materiales respondan más a criterios económicos que pedagógicos?
–Me preocuparía, sí, si el criterio pedagógico quedara en segundo plano. Lo ideal es que cualquier decisión combine calidad, coherencia y sentido educativo. Si solo miramos el precio o el formato, perdemos de vista lo esencial.
¿Cómo ve el impacto de la caída de la natalidad en el sector?
–Es un desafío evidente, pero no lo veo como una catástrofe. Habrá que ser más eficientes, afinar mejor los proyectos y cuidar más la calidad. Puede ser incluso una oportunidad para mejorar y diversificar la oferta.
¿Y el relevo de libros ligado a los cambios curriculares?
–Ahí seguimos viviendo mucha incertidumbre. Cada cambio de ley genera modificaciones en currículo, materiales y calendarios, y eso obliga a trabajar contrarreloj. Para nosotros, la previsibilidad sería fundamental. Necesitamos información en tiempo y forma para poder hacer bien nuestro trabajo.
Para terminar, ¿con qué idea le gustaría que se quedara el sector educativo?
–Con que un manual no es solo un producto comercial. Detrás hay reflexión, investigación, experiencia profesional y un propósito educativo. Si conseguimos que se entienda eso, habremos dado un paso importante para que el debate sea más sereno y más útil para las escuelas.



