
Lamentablemente, un nuevo caso de acoso escolar con el peor de los finales y escenarios posibles, ha vuelto a acaparar las portadas y noticias de todos los medios de comunicación de nuestro país. Y no es para menos.
Lamentablemente, un nuevo caso de acoso escolar con el peor de los finales y escenarios posibles, ha vuelto a acaparar las portadas y noticias de todos los medios de comunicación de nuestro país. Y no es para menos.
El aprendizaje de la lectura en los primeros años depende, en gran medida, del desarrollo de las habilidades lingüísticas del alumnado. Aspectos como el reconocimiento de los sonidos individuales que componen las palabras, la amplitud del vocabulario o el adecuado desarrollo de las habilidades narrativas facilitan la adquisición de la decodificación y contribuyen a una mejor comprensión lectora. Para todos los estudiantes, pero especialmente para aquellos en situación de vulnerabilidad, la aplicación de programas lingüísticos tempranos, estructurados y bien fundamentados resulta esencial. La madurez lectora, más que esperarla, hay que crearla.
Estamos ante una reflexión compleja sobre cómo preparar del mejor modo posible a quienes serán responsables de educar a las próximas generaciones.
La generosidad del también vulnerable supera la admiración que reservamos para cualquier protagonista de la literatura más épica.
El caso de Sandra Peña, la niña del colegio Loreto de Sevilla, ha sacudido a todo el país. Lo que comenzó como un caso de acoso escolar se ha transformado también en una tormenta de odio en redes sociales, un linchamiento digital que ha dejado a su paso dolor, miedo y una profunda sensación de desamparo, especialmente en las familias de Sandra y de todos los menores que se han quitado la vida en los últimos años. Pero el del colegio Loreto no es un caso aislado, es el espejo de un sistema educativo que aún no ha aprendido a proteger emocional, física y digitalmente a sus menores en la era digital.
