El cambio, entre todos

El diseño del entorno actúa como una herramienta catalizadora del proceso de cambio, porque influencia nuestra manera de pensar y comportarnos.
Martes, 5 de marzo de 2019
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Distintos entornos de aprendizaje para el trabajo en grupo en el Instituto "Glasir" de las Islas Feroe. Rosan Bosch Studio, 2018. Foto: Kim Wendt

Nos encontramos en un contexto complejo. La innovación y transformación educativas están en la agenda de escuelas e instituciones de todo el mundo, y en las últimas décadas se ha avanzado muchísimo en materia de metodologías centradas en el proceso de aprendizaje de los alumnos. Disciplinas como la neuroeducación presentan sus avances y sabemos cómo aprendemos mejor –y cómo no aprendemos–. Pero hay un elemento que se resiste a cambiar: la estructura física tradicional de las escuelas en pasillos, aulas y pupitres de cara a la pizarra.

Estas transformaciones del paradigma educativo no son en vano, sino que responden a un contexto de urgencia: por un lado, sabemos que un 65% de los niños que entran hoy a la escuela trabajarán en tipos de trabajo que todavía no existen; y, por otro lado, la tasa de abandono escolar sigue siendo alta en España. Es decir, que a un futuro incierto se suma la falta de motivación de muchísimos jóvenes que no ven la razón por la que seguir aprendiendo en la escuela. 

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Para que el cambio de paradigma sea efectivo, necesitamos entornos físicos que inspiren y motiven a los alumnos

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Hemos trabajado en escuelas de todo el mundo, con docentes implicados en la innovación educativa y con muchísimas ganas de poder trabajar de manera distinta con sus alumnos, de empezar proyectos interdisciplinarios, de fomentar la colaboración… pero el problema es siempre el mismo: se encuentran con un entorno homogéneo que físicamente les imposibilita hacer un seguimiento personalizado del desarrollo de cada alumno, implementar nuevas metodologías y motivar a sus estudiantes a aprender.

Para que el cambio de paradigma sea efectivo, necesitamos entornos físicos que inspiren y motiven a los alumnos a desarrollar su máximo potencial y a aprender cómo aprender –porque solo así podrán seguir aprendiendo en este futuro tan incierto–.

Tríada de la cultura escolar

El proceso de cambio de los espacios no puede tratarse de manera aislada, sino que el diseño físico debe ir de la mano de la pedagogía y la organización de una institución. Juntos, forman una tríada que es la base para poder cambiar la cultura escolar.

El diseño puede utilizarse como una herramienta estratégica para cambiar la manera en la que actuamos: cómo nos comportamos, cómo comunicamos y cómo nos relacionamos con los demás. Al dar forma a nuestra experiencia del entorno, el diseño puede inspirar y dar apoyo a las metodologías y la organización de una escuela –o actuar en su contra–.

La tríada que cambia la cultura escolar: la pedagogía, la organización y el diseño físico de la escuela deben ir de la mano.

Como personas distintas que somos, nuestras necesidades de aprendizaje son también diferentes, y algunos aprenden mejor en continuo diálogo con los demás mientras que otros necesitan activar su cuerpo para activar su mente.

Por eso, nosotros trabajamos con seis principios de diseño que permiten crear áreas diferenciadas en un entorno específico, dando lugar a situaciones de cimas de la montaña, en las que la comunicación es unidireccional; de cuevas, para la concentración; de corros, para el trabajo en grupo; de manantiales, para el intercambio informal de conocimiento; de manos a la obra, para experimentar y aprender con las manos; y de ¡arriba!, incluyendo el movimiento dentro de la secuencia de aprendizaje.

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Para crear cambios sostenibles, el primer paso debe ser desarrollar talleres con los profesores

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Para que las situaciones de aprendizaje respondan a los principios pedagógicos y funcionamiento de una institución, es clave que la base del proceso de diseño sea un estrecho diálogo con las personas que habitarán el espacio, garantizando el alineamiento entre los distintos elementos y una experiencia integral de aprendizaje.

Por eso, para crear cambios sostenibles, el primer paso debe ser desarrollar talleres en los que los profesores se pongan manos a la obra y se familiaricen con los principios de diseño, añadiéndolos a su vocabulario y viendo las posibilidades que ofrecen para organizar los aprendizajes de una manera distinta.

Utilizando los principios de manera activa al planificar las clases, es imposible continuar pacificando la estructura en aulas dominada por la comunicación unidireccional. En lugar de eso, deben empezar a pensar en sus clases como una combinación de situaciones –apoyadas por el entorno físico–.

La valoración de los alumnos

No solo son profesores los que habitarán los nuevos espacios, sino que la opinión y punto de vista de los alumnos es también esencial. Por ejemplo, en la Escuela “Vittra Telefonplan”, establecimos un comité de alumnos que tenía que aprobar los esbozos de los diseños antes de podérselos mostrar a los adultos. Una de sus respuestas fue “que cuatro personas podamos mirar una misma pantalla sin tener que estar sentados en una mesa y sillas”. Así acabamos con unos muebles tan icónicos como la isla verde.

Para los alumnos, no es nada difícil adaptarse a estos nuevos entornos –les emociona y motiva descubrir que aprender es divertido, y que también comporta estar tirado trabajando con un portátil, poder correr y socializar–. Ellos perciben estos entornos de manera natural, y la clara conexión entre la estructuración del espacio físico y las distintas situaciones de aprendizaje les da la posibilidad de comprobar de qué manera aprenden mejor. De esta manera, el espacio actúa como un tercer profesor. 

El cambio está a la vuelta de la esquina y es tarea de todos hacerlo posible.

Rosan BoschFundadora y directora creativa de Rosan Bosch Studio.

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